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 Fernando Sánchez Sorondo
17-9-2013 

"ME PREGUNTO POR QUÉ", POR MARTHA KREUTZER

 

 

 

Con Lisa fuimos compañeras de colegio. Había entrado a mitad de año, nadie le hablaba en los recreos y  fui la única que la  invitó a jugar y a  incorporarse al grupo de amigas.

De adolescentes, cuando íbamos  a una fiesta, solía cambiarse en mi casa. Como tenía mi  talle, yo le prestaba mis vestidos. Ella odiaba la ropa ostentosa que elegía su madre, una mujer mandona y violenta que nunca se enteró del asunto. De saberlo, habría  armado un escándalo.

Nuestra amistad se enfrió  después de su casamiento con un militar, al que trasladaron  a una provincia  norteña. En esa época me gradué y, con ayuda de mi familia,  abrí un estudio contable al que dediqué muchas horas de trabajo. Pasé años sin ver a Lisa, pero cuando me casé con Mario, ella vino de Jujuy. Aún la recuerdo en la ceremonia con su enorme panza. Ya tenía cuatro chicos y esperaba el quinto de los once que dio a luz. Como médico y psicólogo, a Mario le pareció riesgoso que Lisa pariera así, hijo tras hijo sin intervalo. Recuerdo que en ese tono mesurado, siempre tan profesional, mi marido  afirmó: "No es bueno para la salud de la madre, ni para la estabilidad emocional del niño".

Preocupada por ella, con la mayor delicadeza le hablé de la conveniencia de espaciar los embarazos. En un tono superior, muy parecido al de su madre, me respondió que ellos tendrían cuantos hijos el Señor les mandara y cuando Él lo dispusiera.

A los pocos días recibí una carta que leí con perplejidad. Dando rodeos, ella me daba a entender que con su marido se preguntaban si nosotros, por egoísmo o miedo, no éramos aptos para procrear o estábamos eludiendo nuestras responsabilidades. En resumen, nos instaban a iniciar cuanto antes  la fecunda tarea que ellos cumplían con tanto éxito en su paraíso cordillerano, lejos del stress  dañino de la ciudad.

Que mencionara una posible esterilidad de nuestra parte me pareció una terrible indiscreción.  Mario, en cambio, largó una risita condescendiente.

-Está claro, querida Ana, estamos ante un típico caso de narcisismo colectivo, un trastorno que tiene raíces en la primera infancia y lleva  a imponer compulsivamente las propias estructuras fijas compartidas con los de un grupo...  

Contesté la carta de Lisa varios años después. En ella le informaba  que podía descartar sus temores sobre nuestra salud reproductiva. En efecto, una vez que me asocié a otros dos contadores para asegurarme más tiempo libre y  Mario se asentó en su profesión, dejamos de cuidarnos y me embaracé. Primero nació el varón, Marito, y dos años después, Anita.  No hubo más. Dos chicos nos parecieron suficientes y, en aquel tiempo (estábamos cerca de los cuarenta) la medicina nos consideraba padres añosos. Dudamos entre dos posibilidades: hacerme ligar las trompas o una vasectomía para Mario.  Acordamos  practicarnos las dos. Nos gusta estar  seguros.

La infancia de nuestros hijos transcurrió sin problemas. Seguí trabajando. Entonces no era difícil conseguir una buena niñera y además, contábamos con mi madre viuda, una mujer de buen carácter que siempre vivió cerca de casa.  Mis suegros también nos ayudaron con generosidad.

Los chicos se criaron tal como planeamos: dentadura cuidada, huesos calcificados, comiendo sólo carnes desgrasadas, pescados y verduras, siempre bajo el control de un excelente pediatra y contenidos por los dos mejores psicólogos infantiles de la escuela de Melanie Klein.  Así han crecido sanos y fuertes. En su momento los orientamos para que no se sintieran obligados a seguir nuestras carreras, sino aquellas hacia la cual sintiesen una genuina vocación. Pese a ello, Marito es psiquiatra y  Anita, contadora.  Los dos completaron un postgrado. Les gusta competir, pero no son conflictivos. Sobre todo, ante los caprichosos vaivenes de la política de nuestro país, han evitado comprometerse manteniendo, como nosotros, una prudente neutralidad, siempre  inclinada al oficialismo. Algunos lo califican de actitud acomodaticia, en cambio yo más bien le llamo "tener cintura". Los chicos ya no viven en casa, ambos están en pareja y planean casarse. En cuanto a Mario y a mí,  no nos sentimos solos, ni en su momento nos afectó el  "sindrome del nido vacío". Trabajamos, tenemos buenos amigos, hacemos turismo y asistimos a un taller de cine europeo y a otro de estimulación cognoscitiva.

Hoy por la mañana recibí un llamado de Lisa. Se hospedaba en lo de una prima, en las afueras, y vendría al centro por unos trámites. Me alegró oír su voz y en el acto la invité a almorzar.

Se retrasó unos minutos. Yo la esperaba con ansiedad.  Había imaginado una mujer juvenil a la que habrían sentado bien los muchos años de aire puro, de vida tranquila.  Encontré una mujer demasiado robusta, avejentada, de pelo desteñido y manos curtidas de gruesos dedos, enrojecidos: me costó reconocerla. Mi desconcierto debió fastidiarla y por un buen rato la conversación se desarrolló penosamente. Hablamos de trivialidades y durante  la sobremesa le pregunté por su marido. Dijo que prefería no hablar de él; sin embargo, después de la copita de cognac que pedí para  acompañar el café, soltó la lengua.

Un año atrás su marido había sido trasladado a Buenos Aires y hasta que no hallara un nuevo alojamiento el resto de la familia seguiría viviendo en Jujuy, donde la ausencia del capitán no impidió que la numerosa prole siguiera creciendo, doblemente aumentada con el  imprevisto arribo de mellizos, fruto de los "desahogos furtivos" de los  hijos mayores con la empleada doméstica  (no se sabía a cuál de ellos atribuir la paternidad).  Mientras el capitán buscaba en vano una casa accesible que pudiera albergar a tanta gente, le había surgido otro inconveniente: su carrera militar colapsaba y le era difícil acceder a un nuevo empleo.

Lisa hablaba sin alterarse, como si expusiera dificultades ajenas, sin importancia. Yo la oía en silencio, admirada por su templanza,  cuando de pronto  cambió su expresión, y confesó que, además de lo que me había contado, estaba afrontando una grave  crisis matrimonial.

 -Él ha perdido la cabeza,  ya no se  interesa por  su familia.  

Conmovida, le tomé la mano. Ella la retiró y, enjugándose los ojos con la servilleta, agregó:

- Hace meses que no aporta un peso a la casa. Se enamoró de otra mujer, vive con ella y quiere divorciarse. Y bueno, no puedo  culparlo: siempre fue un hombre muy apasionado.

¡Apasionado! ¿No era el santurrón que predicaba sobre la familia numerosa y el comportamiento responsable?   Me indignó oír que Lisa seguía disculpándolo:

-Es que, cuando lo trasladaron, el pobre  no  supo estar solo.

Empecé a hablar, pero ella me interrumpió:

-Querida Ana, trata de comprender, aunque talvez  te sea difícil. Me casé con alguien fogoso, capaz de sentir intensamente -dijo como alardeando y repitió con aire soñador-: ¡Sí,  mi capitán siempre fue un hombre apasionado!

Sin respuesta a tanto delirio, hice una seña para llamar al mozo y ella tomó su cartera.

 -No, dejá. Es mi invitación y, querida Lisa, se me ha ocurrido una buena idea. Me gustaría mucho que vinieras a casa, el centro te será más cómodo para tus trámites, estaremos encantados de recibirte  y...estrenarás nuestro nuevo cuarto de huéspedes. Ahora l"fotocatalítas ventanas tienen cortinas automáticas y vidrios aislantes. En el departamento todo es electrónico: Mario es un entusiasta de las casas inteligentes. Estarás muy bien con nosotros, ya lo verás.

Esa noche durante la comida seguiríamos hablando y Mario ¿quién mejor que él?  le podría sugerir alguna solución razonable.

-Imposible, Ana -me contestó con cierta sequedad-. Esta noche dormiré en lo de mi prima y mañana viernes saldré de vuelta para Jujuy. Ahora debo comprar mi boleto en la central de ómnibus.

Me apiadé. A la pobre Lisa le esperaban nada menos que  mil seiscientos kilómetros de viaje. Le propuse volar con las millas que me sobraban del programa de viajero frecuente, pero ella no aceptó.  Aunque en media hora me aguardaría un cliente en el estudio, ofrecí llevarla hasta la terminal.  En cuanto subimos al auto, se disculpó:

-Perdóname, Ana, sólo hemos hablado de mis asuntos. Quisiera saber cómo te ha ido  en todo este tiempo. Es tu turno: te escucho.

Mientras conducía me esforcé en presentarle un resumen objetivo de esos años. Concluí  mi relato justo cuando llegamos a la estación de ómnibus.  Detuve la marcha y me volví hacia ella sonriendo, a la espera de un comentario apreciativo. Lisa había enrojecido y me observaba ceñuda.

-Maravilloso. Impecable. Por lo que me contás, en tu casa, son demasiado "perfectos". Llevan una vida aséptica  No parecen humanos,  ¿Qué son ustedes? ¿Robots? ¿Se mueven por control remoto?  -lanzó esa andanada de ironías como escupiendo las palabras.

No pude contestarle.  El asombro me había enmudecido y también ella quedó en silencio, mirándome con odio por unos segundos, hasta que se abalanzó sobre mí y con esas manos fuertes de dedos regordetes comenzó a apretarme el cuello.

-¡Y no me vengas con ese cuentito de hadas que  a nadie se  lo hacés  tragar!  ¡De cualquier manera, por mí, vos y tu pulcra familia, tan prolijita, se pueden ir todos a la mierda!  ¡Sí,  a la misma mierda!

Me empezaba a faltar el aire cuando dejó de gritar y me soltó, cerró de un golpe la puerta del auto  y  se perdió en el gentío.

Aturdida, incapaz de asimilar un ataque tan inesperado como inverosímil, tardé en recomponerme.

Ahora, todavía un poco temblorosa, estoy en mi escritorio frente a un formulario de declaración jurada. Intento disminuir el monto del  impuesto a las ganancias que pagará mi cliente. Es un hombre joven  que observa con curiosidad mi cuello. Noto que disimula una sonrisa, talvez imagina que los machucones se han originado de forma más placentera. Por desgracia estas marcas rojizas me durarán unos cuantos días.

Mientras calculo las deducciones, no puedo dejar de preguntarme por qué ella me odia. Al menos esta noche Mario interpretará para mí   esa conducta patológica. Imagino a mi marido, con la pipa apagada entre los labios, diciendo en ese tono suave, tan suyo, tan profesional: "...hay en tu amiga un componente neurótico,  fruto de su típico narcisismo colectivo, fuente de agresividad según Fromm;  la respuesta compulsiva a un supuesto ataque, una regresión al estado ano-objetal, propio de  la vida intrauterina, donde el Yo se convierte en su propio objeto...."

 Y mientras él hace la exégesis psicoanalítica de la conducta de Lisa,  me tomaré un ansiolítico y para disimular los moretones me ataré al cuello un pañuelo, el de seda rosa que hace juego con la camisola. Hoy es jueves, el día que nos toca hacer el amor, pero no sé,  estoy muy cansada.  Por suerte, Mario no es un hombre apasionado.                               

                                                                                        

 

   
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