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 A. Tarsitano
05-12-2013 

"ANA Y MIGUEL", POR ALBERTO TARSITANO

 

                                                       

                                                                          

 

 -Miguelito, estás igual a tu papá.

 

   A sus espaldas, las palabras  de la tía Mirta pretendían darle ánimo, aunque el tono no disimulaba la compasión.

 

   El muchachito no podía pensar en su padre. Paralizado frente al espejo, intentaba reconocer la cara deformada por dos lentes culos de botella,  engarzados en un grueso marco negro. Se compadeció de su suerte: empezar las clases, el secundario, con semejante imagen.  Anticipaba las cargadas de sus compañeros. Y peor aún: el encuentro con Ana, después de las vacaciones. Recordó la tarde en que el pizarrón fue una mancha, el día en que prefirió soportar la reprimenda a admitir que sus ojos le servían de poco.  Ahora -como decía la tía-, se parecía a su papá. El espasmódico rescate del parentesco lo llevó a pasar largo tiempo ensimismado, con la mirada fija en el portarretrato colocado sobre la mesita de luz, como si  allí se escondiera algún otro dato genético que sirviera de consuelo. Hasta ese día, su padre no había sido más que eso: una foto en una mesita de luz y las lágrimas de su madre. Lágrimas de rabia, irreductible, de impotencia agria, camuflada en reproche al aire, por haberlos dejado tan pronto a causa de ese maldito hábito de prender un pucho tras otro.  Por eso él no fumaba como el resto de sus compañeros. Solamente una que otra  pitada, para no parecer un pusilánime en las rabonas.

 

   Iluminados por un sol bien alto, los varones se amontonaban en el patio central compartiendo las hazañas del verano y reconociéndose con algo de malicia.  La llegada de cualquiera provocaba un estruendo:

-¡Pucha, che!, miralo, el  "Rata" pegó un estirón. Ahora hay que decirle

"Canguro" -el que hablaba era Centeno,  un grandote pendenciero, siempre rodeado por dos o tres alcahuetes que le festejaban sus chabacanerías. Los meses no habían disminuido ni su vozarrón ni su obscenidad:

-Ruso, era hora de que te pusieras los largos, sino, ibas a caminar en tres patas -, Indiferentes, las chicas formaban una rueda entre sí,  y coqueteaban a la distancia, riéndose de todo.  

 

   Miguel  andaba cabizbajo. Saludaba sin entusiasmo a medida que aparecían los viejos compañeros. Todos parecían obstinados en saber qué le había pasado.

   -Tenés la mirada como vidriosa -le descerrajó uno, y él recibió la hilaridad de los que escucharon.

   Definitivamente, esos anteojos eran un drama que amenazaba convertirlo en el centro de todas las cargadas. Para colmo, Centeno pareció encontrar una explicación inobjetable:

   -Yo te dije que darle tanto a la "Manuela" te iba a dejar ciego.

 

   Sin embargo, lo que más temía no eran las bromas, sino el encuentro con Ana. En el picnic del Día de la Primavera, el año anterior, el azar lo había favorecido sentándolos juntos en la "bañadera" rumbo a los bosques de Ezeiza.  El trayecto había servido para ratificar que esa chica rubia, de cuerpo impalpable,  la "Polaquita", como le decían, le gustaba más que nunca. ¡Y cómo! Los deportes de la tarde los encontró juntos, y ya de regreso, medio muertos de cansancio, él le dibujó un solcito  y fue correspondido por una sonrisa, que hizo aflorar, entre los labios entreabiertos, unos dientes blancos y desparejos. Fue casi una declaración de amor, ratificada  por alguna que otra caminata después del colegio y por una salida a solas (la única), al cine, un sábado a la tarde. Allí quedó el romance, suspendido hasta el año próximo.

 

   Pero las cosas habían cambiado desde entonces. El comienzo de primer año de la secundaria, la adopción definitiva de los pantalones largos, una voz menos aguda y algunos pelitos más (allí abajo) anunciaban que, aunque no fuera un hombre aún, tampoco era ya un chico. Lástima los anteojos...  se lamentaba.

 

   La aparición de Ana fue distante. Llegada casi sobre la hora del canto a la bandera con que se iniciaba cada jornada, apenas levantó la mano con timidez para registrar la presencia de él. Un gesto que parecía  esconder un incrédulo "¿sos vos?". Creyó entonces advertir la desaprobación en el rostro de la chica, como si contemplara un recuerdo deshilachado. Era absurdo ver con tanta nitidez a Ana gracias a esos anteojos detrás de los que ocultaba su vergüenza.

 

   En el recreo se lavó la cara para despabilarse un poco. La falta de hábito le producía fatiga en los ojos. Además, lo había devastado escuchar inmóvil, durante cincuenta minutos, al profesor de matemáticas. Como si no padeciera lo suficiente, le asignaron el primer asiento, pese al reclamo entre dientes: ¿para qué, si ahora veía bien? El agua fresca le proporcionó una sensación agradable. Casi sin mirar, buscó a tientas los anteojos que había dejado apoyado en un costado de la pileta, pero no los encontró. Volvió a mirar a su alrededor, por el suelo, y nada. Tuvo en sentimiento ambivalente. Volvía a ser él. Pero de inmediato, pensó en lo que le habían costado a su madre. En un rincón del baño, Centeno fascinaba a dos incautos. El pedido sonó a súplica:

  -Chicos, ¿no vieron unos anteojos...?

 

 

   Decidió volver al aula sin decir nada. La profesora de dibujo llegaría en cualquier momento, y había escuchado que no dejaba entrar a nadie detrás de ella. Tenía fama de brava. O quizá era una estrategia para ocultar el poco interés que despertaba dibujar el jarrón y la sandía que ya esperaban sobre el escritorio. Como no quería parecer quejoso, dudó si contárselo a su nuevo compañero de banco, total, seguro que alguien los encontraría y se los entregaría al preceptor.

 

   Mientras esperaban a la profesora, que se demoraba conversando animadamente con otra docente, comenzó un cotilleo que se deshizo en risitas socarronas primero y en irreprimibles carcajadas, después. Un alboroto que solo terminó cuando el preceptor entró al aula y pegó el grito: "¡De pie y en silencio!".

 

   Ana se abrió paso desde el fondo, por entre los que estaban parados a cada lado de los bancos.  Tomó la sandía con naturalidad, la manipuló unos segundos, la volvió a poner sobre el escritorio, y se dirigió hasta donde estaba Miguel:

 

    -Tomá, ponételos, que te no te quedan tan mal.

 

   Miguel se los calzó con seguridad. Fue la primera vez que se los puso con ganas. El resto del grupo permaneció en silencio como concediéndoles el centro de la escena. En ese momento, entró la profesora y la clase recuperó su ritmo. En cuanto pasó inadvertido, Miguel  giró la cabeza buscando a Ana. Le acababa de mandar un papelito doblado.  La chica alzó la vista y le sonrió. Con los labios sellados, dobló el papelito y se lo guardó en el bolsillo. Volvió a mirar a Miguel que la contemplaba inmóvil, fascinado. Entonces no pudo reprimir una sonrisa amplia,  franca, cómplice, ofreciendo una hilera de dientes que disimulaban su blancura detrás del metal que los cubría.

 

 

 

 

 

 

 

   
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