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 Fernando Sánchez Sorondo
07-2-2014 

"LA OTRA MEJILLA", POR MARIA DEL CARMEN SANTAMARÍA

 

 Gustavo está trasgrediendo el límite: demasiado alcohol. Ella sabe que luego comienza un camino tortuoso, donde ambos -cada cual a su manera- resultan dañados. Por eso, conciliadora, le propone un buen café.

Sin esperar respuesta se levanta del sillón y va rumbo a la cocina. Él se para de inmediato, como si un resorte lo expulsara del asiento; son pocos pasos que recorre en un segundo; y la intercepta.

- Ni se te ocurra; no quiero! -afirma con tono intenso.

Los ojos se le oscurecen; la enfrenta seguro de su poder. Y sin que medien más palabras, le da una cachetada que retumba en ese living que abre su ventana al atardecer. Ella se queda inmóvil. 

No es la primera vez.

Lo conoce en una reunión de la empresa; el objetivo es estimulante: analizar un proyecto que debe ponerse en marcha antes que finalice el año Gustavo llega a la sala apenas unos minutos después de la hora de inicio. Aunque la mayoría de los participantes tiene ya, experiencia en trabajos compartidos, para él es una novedad.

Cuando se concentran en la tarea, muestra rápido sus habilidades: genera ideas y estimula la creatividad de los otros. Aunque la relación es de pares, pronto aparece su liderazgo; es carismático y el grupo lo acepta sin retaceos.

Gabriela también.

Concluye el primer informe y deciden ir a festejar. Eligen un bar de la calle Reconquista, al que suelen concurrir en la fiesta de San Patricio. El calendario dista del día de la celebración, pero igual corre cerveza de excelente calidad. Se ubican sin un orden predeterminado; ella lo busca con la mirada: está del otro lado de la mesa, en diagonal; ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Se decepciona un poco, esperaba- sin reconocérselo aún,- poder charlar.

 En un momento sus ojos se cruzan;  los de Gustavo tienen una niebla acuosa que le evoca memorias que prefiere olvidar.

- Parece que tomó de más, -le dice la colega que tiene sentada a su lado.

- Todos se pasaron de raya- contesta. Y borra el comentario; y su propia impresión.

En el próximo encuentro, Gabriela tiene conciencia ya, del impacto que le produce. Sentirse frustrada actuó como despertador.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

Se prepara especialmente; anhela brillar; hacerse notar. En parte lo consigue.

Atenta a su mirada, se da cuenta que algunas de sus intervenciones le producen fastidio; gestos en la cara -que esfuma rápido bajando la cabeza- y más tarde, algunas críticas que tienden a opacarla.

No quiere confrontar; muy por el contrario. Por eso, modera su actuación. El resultado del trabajo -y su aporte- cuentan menos que el efecto adverso que está produciendo en él. Desestima también, la advertencia que recibe; la ofrenda a un deseo que puede más. 

El cambio obra; Gustavo valora esa especie de rendición. Lo huele en el aire; es experto. Y actúa en consecuencia.

La tarea termina y esta vez, la salida tiene carácter de fiesta. Gabriela logra entonces, su momento. Él se acerca, brinda con ella y se queda a su lado. Cuando concluye la noche ofrece acompañarla a su casa; y en la despedida le propone comer juntos alguna vez. Promete llamarla.

Ella acepta con visible entusiasmo. Aguarda luego, con ansiedad, la invitación. No sucede rápido. Cuando al fin llega, se distiende; temió que la idea se hubiera evaporado.

Empiezan a salir con una relativa frecuencia. Él la deslumbra; calza en sus expectativas y todo le resulta perfecto.

El primer quiebre se produce cuando ella debe viajar por encargo de la compañía. Gustavo, más que pedirle, le reclama que se comunique ni bien esté instalada. Suena raro.

Durante su breve ausencia, las llamadas son insistentes. Aunque registra esta conducta, opta por una interpretación riesgosa, pero que la tranquiliza: "prueba- se dice- que le importo mucho"

Con su regreso a Buenos Aires, este tipo de reacciones se incrementa; hay, en el medio, buenos momentos.  En ellos, Gustavo ejercita su seducción; y las cosas vuelven a un inestable equilibrio. Recién están conociéndose.

Con la excusa de mirar unos papeles, hace pie en la casa de Gabriela. Establece así, una suerte de dominio; marca territorio. Vibra, latente, que no le perdona haberse ido sin decir que lo lamentaba; que hubiera preferido quedarse. Desafió las reglas implícitas.

De a poco, y por ráfagas, se dispara su agresividad verbal. Y más aún.

Un día, después de una discusión sin sentido, se atreve a levantarle la mano. Gabriela, que no lo esperaba, reacciona dolorida y le exige que se vaya; que no vuelva nunca más.  

Hay, entre ambos, una pausa silenciosa. Las semanas transcurren y ella recorre un camino escarpado. Acepta al fin, cuánto le cuesta renunciar a su ilusión. Apostó a que él pueda cambiar, ser lo que imagina; lo que aspira y pretende. No quiere perderlo; no quiere que él deje de estar en su vida

Gustavo, como atraído por sus pensamientos, regresa pidiendo disculpas.

La historia se repite. Ella tiene una conciencia discontinua del lugar en que está ubicándose; que una parte suya se pliega y participa del juego. Es una mujer inteligente y conoce bastante-en teoría- de estas situaciones

-"¡Cómo se queda!", afirmó muchas veces con enojo, al escuchar a mujeres que permanecían al lado de parejas destructivas. "Ahora soy yo a la que le cuesta arrancar"-reconoce. "No es fácil, necesito ayuda" -concluye

Los dos la necesitan.

sa noche Gustavo la invita a su departamento. La comida estuvo impecable y accede; tiene curiosidad por ingresar en su blindado mundo, en su intimidad.

Al rato y sin preverlo, discrepancias que suben de tono, copas de más y la mención de un café,  vuelven a provocar esa furia que parecía acallada. Y él desencadena la agresión.

Luego de consumarla, sale rumbo al baño. En cualquier momento puede volver.

Gabriela queda clavada en un punto de dolor. Y en ese living que se abre al atardecer, vibra en el aire, una exhortación: "Vuelve  la otra mejilla"

Esa voz, que resuena cálida, con autoridad -no sabe si adentro o afuera - lo repite otra vez; sabe de donde provienen esas palabras. Y en instantes, que se hacen eternos, -como el mensaje- algo se sacude, repara y cierra. Es mucho más que lo literal.

Toca su mejilla derecha; está ardiendo. Y quizás porque tiene tanta fe, por primera vez, entiende. No se le pide poner la mejilla de siempre; resignarse; someterse a  que caigan más y más golpes en la herida abierta.

Sin miedo ni culpa; sin sed de castigo, ni de revancha -como en un ritual- gira a conciencia, la cabeza. Y al poner de frente la otra mejilla, la que está limpia de agravios, despierta. Con el movimiento, cambia también, la dirección de su mirada; se amplía su visión.

Sus ojos, entonces, pueden ver -en libertad- la luz rojiza que se filtra a través de la ventana. 

Y la puerta de salida.

 

   
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