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 Maricarmen Santamaria
14-3-2014 

"EN EL NOMBRE DEL PADRE", POR MARIA DEL CARMEN SANTAMARIA

  

   Sale de su casa inhalando noche; tiene que reconocer a su hijo. Sale también, de su vida tal como es hasta que recibe la noticia. Emigra, además, sin quererlo, de ese profesional próspero y seguro, rodeado de solidez y previsibilidad.

   Todo tiembla; no sabe si es el piso, su cuerpo, o el cielo -distante y plano-. Tampoco le importa.

   Su mujer se queda en casa en medio de una inmanejable alteración. Espera que él regrese y le diga que todo fue un error; que su hijo va a volver, como siempre, antes que concluya esta  madrugada lacerante.

   Encara los trámites en una especie de sopor. Se lo hacen bastante sencillo; no tienen dudas con la identidad: Ezequiel lleva los documentos encima y están para acreditarlo, sus amigos que permanecen desconcertados en el  mismo lugar.

   Su cuñado lo acompaña para organizar lo que resta. Resuelve los trámites uno a uno; actúa con una calma ajena, prestada por los años de tribunales; su ser está en un lugar indescifrable.

   La hermana cuida a la esposa; pero es él -padre y marido- quien tiene que certificar ante ella, que su hijo ha muerto en una pelea absurda; que no queda nada más por hacer.

 - Tenemos que apoyarla mucho; no hay dolor como el de una madre.

   Asiente ante quienes lo dicen -y repiten- ese día; y los que siguen. No cuestiona la medida del dolor.

 

 

   Comienza un arduo sendero; el desconcierto inicial van dando paso a la desolación; lo empuja la realidad: Ezequiel no está en la mesa; no se escucha su música a todo volumen; tampoco sus pasos, fuertes y apurados, entrando a casa. La ausencia se toca; se huele; vibra en vocablos sueltos que quiere retener en vano.

   Lo atormenta una idea: no haber hecho lo necesario para  impedir la tragedia.

   Se pregunta, sin cesar, para qué su hijo se acercó a una chica que estaba acompañada por otro hombre; cómo no pudo parar cuando se desató la agresión; y sobre todo, qué hacía en ese boliche distante -en muchos sentidos- de su propio  mundo.

   No comparte estos interrogantes con su mujer. Cuando un día intenta tocar el tema, ella lo corta con una violencia inusitada. El está cuestionándose a sí mismo como padre; ella entiende que culpa al hijo; y salta con rabia, defendiendo a su cría.

   Retoma el estudio. Poner su mente en papeles lo alivia; por un rato. Al atardecer, invariablemente, hace un corte, se pone de pie, saluda y se va.

Parece responder a un invisible llamado; o a una orden: regresar con su mujer.

   La mutua compañía, sin embargo, tiene fronteras. Si bien mantienen los gestos  habituales, lo no dicho resuena con vigor; se corre a otros espacios.

   El rostro de Ezequiel se le aparece, noche tras noche, en esa habitación en la que duerme solo. Cuando el desafortunado comentario separó aguas, aceptó la decisión de ella. Sufre dormir en cuartos separados. No es algo más; discurre en un proceso donde, en tanto se angosta la intimidad se ensancha el dolor de la pérdida.

   - "Qué notable - se dice-  algo así une a muchas parejas" - "Debe ser un cimbronazo inicial -se consuela enseguida- -Tal vez algún día, podamos recomponer lo nuestro".

   Por ese débil intersticio se proyecta hacia adelante.

 

   Incómodo en su cuerpo y en sus emociones, en parte desplaza lo que siente hacia una férrea voluntad por indagar.

   Una mañana avisa al estudio que llega más tarde y enfila hacia ese boliche que crea en su imaginación Se sorprende de la zona, tiene casas bajas con pequeños jardines; el típico perfil suburbano.

   Pregunta en una esquina por el local bailable; está a unas cuadras, un poco alejado del centro. Ve el portón -verde y cerrado- y un cartel con luces que rodea desde lo alto, la pared del frente; nada especial. Se decepciona; esperaba rojos violentos, imágenes oscuras e inscripciones transgresoras.

   -"Algo tiene que ocurrir cuando abre"  -razona-.

 

   Descifrar qué buscaba allí su hijo empieza a convertirse en una idea recurrente. Ese espacio, sin respuesta, pasa a simbolizar todas las pequeñas ausencias que, en su infinita soledad de padre, reconoce ahora.

   Vuelve en varias ocasiones, se queda en el auto y mira. La escasa distancia lo pone en actitud de espectador; aguarda que haya un indicio; alguna  clave.

   Cuando después de varias idas inútiles acepta que no saca nada en limpio, se lo cuenta a su socio. Este- que intuye qué late en el fondo - le señala:

- Cuando alguien muere siempre hay una culpa flotando; no la tomés  para vos.

   Imposible seguir su consejo; tiene que saber primero qué más desconoce de su hijo; qué avisos no registró a tiempo; qué necesidades no se detuvo a ver y a escuchar. Solo así -siente- puede pretender ir conquistando, paso a paso, un poco de paz.

 

   En medio de sus elucubraciones salta el nombre de Ale, el amigo de Ezequiel. Fue quien le contó -midiendo las palabras- como ocurrieron las cosas.

   -"Debe saber lo que yo ignoro" -concluye. Entonces, decide llamarlo.

   Quedan en tomar un café en la esquina del estudio. En el lapso que lo separa del encuentro su mente lógica acude en ayuda; está dolorosamente ansioso. Elabora así, posibles preguntas; quiere no perder la oportunidad.

   Cuando lo tiene adelante se desarma; su mirada fluye limpia y todos los hábiles interrogatorios se disuelven sin llegar a expresarse. Ale es solo un chico que tuvo la sinceridad de hacerle una descripción de esa noche. Y él no busca evidencias que carguen más sobre el culpable -que ya tiene juicio y pena-

   Ahora se trata de él.

 

   Se interesa al comienzo de la charla, por pequeñas anécdotas que involucran a su hijo; quiere recuperar momentos; historias. Si bien ambos se conocen poco, Ezequiel es un polo en común que facilita la comunicación.

   Quedan en volver a verse. Se establece, naturalmente, una cierta rutina. Observarlos en la mesa de café da la idea de un padre con un hijo; es el tono de los gestos, de las palabras y hasta de las pausas.

   Sin proponérselo, su radio de interés se amplía, incluyéndolo. Descubre así, vulnerabilidades, tímidos pedidos- muchas veces encubiertos- Y algo se le devela de esa periferia donde a veces quedan los chicos mientras enfrentan  al desafío de  crecer.

   No le cuenta esta experiencia a su esposa; prefiere mantener -todavía- una cierta reserva. Elige actuar con prudencia,

  -"No hay dolor como el de una  madre" -acepta- mientras carga con el suyo; inconmensurable.

   

   Ale en tanto,  circula por su tristeza. Se siente a gusto cuando se encuentra con el padre de su amigo; admira ese interés por conocer más de su hijo. Cuánto daría por que alguien se ocupara así de  él!

   Responde a interrogantes y proporciona datos. Lo hace con filtros; incorpora y descarta, casi automáticamente, cuidando la memoria de su amigo. Hay, eso sí, un límite preciso: los motivos reales que esa noche los llevaron al local.

   Después de la muerte de Ezequiel el grupo ingresa en una profunda conmoción. No cuestionan a quien los incitó a esa aventura nocturna; fueron ellos -reconocen- quienes se tentaron con la promesa de un contacto que podía proveerles de cocaína; tanto  para empezar.

   Algunos comentarios sueltos parecen estar reactivando la idea. Si bien la venta alrededor de la escuela es frecuente, la compra es riesgosa: pueden  ser descubiertos. Ellos desean experimentar ese mundo; les resulta alucinante. Y  planean organizarse y volver al  mismo lugar.

  Un miedo inconfesable lo traspasa entonces: miedo de decir que si y miedo de negarse; el clan juvenil que los agrupa, tiene sus códigos.

 

   Él se da cuenta, preocupado, de la mezcla de desasosiego y temor que aparece en Ale cada vez que formula preguntas sobre el boliche; o le hace comentarios que bordean el tema. No sabe bien -todavía- de qué se trata, pero percibe en el silencio esquivo, una zona de riesgo.

   Es un alerta: le está advirtiendo un peligro; tal vez el mismo que, con un tajo irremediable, fracturó su vida en dos. Esta vez lo capta y se hace cargo. Pasado y presente se acoplan; por un instante ve en esa mirada tan joven y asustada, los ojos adolescentes de Ezequiel.

   Y en el nombre del Padre que está en lo alto; y del suyo, terrenal e inolvidable, pronuncia desde su lugar -y  a conciencia- esas palabras que no alcanzó a decir a tiempo a su propio hijo:

    

 - Cuando quieras hablarlo,  aquí estoy.

   
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