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 Juan Raitzin
26-3-2014 

"EL FEMENINO", POR JUAN RAITZIN

 

(Este cuento está dedicado a Norma  Gladys Barros.

 Si la casualidad o la causalidad quieren que ella lo lea,

entenderá por qué)

 

 

 

El ciclo del Misterio se cerró,

ya recorrí el espiral.

 

Esto terminó!

 

Ahora se que la vida,

es un detalle de la existencia.

 

 

..........

 

Yo estaba muy tranquila, en este lugar que los humanos llaman cielo. Sin saber de dónde, apareció un ser extraño, ordenándome en forma insolente que me presentara ante los señores del Karma.

 

Mi susto y sorpresa, fueron evidentes. El extraño también se sorprendió  cuando le pregunté, -  ¿qué quieren ahora?

 

Irritado, el mensajero dijo que no tenía tiempo para explicar, que me presentara en forma inmediata, eso era lo más conveniente, y tal como llegó, despareció.  

 

Como no tenía nada mejor que hacer y me convenía, acudí a la cita.

 

De pronto, sin saber cómo, me encontré frente a cuatro personajes que mutaban incesantemente de humanos a animales. Me ubiqué en algo que vendría a ser el centro y uno de ellos, en tono solemne me dijo.

- Norma, vamos al grano, tu alma, ya está vieja. Llegó el momento de hacer tu último viaje a un cuerpo humano.

 -Cuando termine éste -agregó- ya te quedas con nosotros. Hay muchos que deben seguir el camino de la reencarnación y no tenemos humanos suficientes para todos... ¿entendiste?

 

-Y esta vez, ¿adonde voy? contesté insolente. Enseguida me di cuenta de mi error. Este no era lugar para hacer preguntas.

 

Los señores se pusieron molestos. Uno de ellos vociferó, -Normita, te la hago corta, volvés a Buenos Aires, a una familia de judíos ortodoxos, muy buena gente. Ya están buscando un hijo. Vas a ser mujer y la época, es más o menos la que viviste antes.

 

Como un acto reflejo, me dispuse a pelear esta decisión. No correspondía que mi última reencarnación fuera tan dura como las anteriores. Sabía que la vida entre los ortodoxos no iba a ser fácil para una mujer como yo.

 

_ Pero ustedes están locos, exploté. ¿Se acuerdan a que me dedicaba muchachos? Yo era puta, yiro.

 

_Que es esto, continué, ¿el castigo final por todas las cagadas que me mandé antes? No pensaron ni un instante que esta pobre gente quiere una hijita totalmente distinta a mí?

 

Imperturbable, otro de Sres. manifestó, -otro lugar no hay ... que pase el que sigue .

 

Miró a sus compañeros y a mí me pareció que les guiñaba un ojo. Así, nuevamente sola, me encontré frente al precipicio al que me había tirado tantas veces.

 

Sabía que me iba a lanzar, a cumplir con el  destino elegido para mí. La verdad es que conocía todo lo que seguía hasta el momento de mi renacimiento. También sabía que en ese instante, olvidaría todo, por un tiempito claro ... en algún momento, lo que fuiste, viste y aprendiste, reaparece.

 

 

La caída al fondo del precipicio, en términos terrenales, duró más o menos nueve meses. La verdad es que yo estaba muy cómoda en la panza de mi mamá. También había reflexionado y sacado conclusiones muy importantes de mi vida anterior. No iba a cometer los mismos errores. Incluso pensé, que para esta nueva etapa y para enmendarme, ser judía ortodoxa no estaba tan mal.

 

Desde adentro de la panza se sentía que el ambiente de mi casa nueva era  tranquilo, se escuchaba música y todo era muy placentero.

 

Igual, y por más que yo lo quisiera, esta paz no iba a ser duradera. De golpe, este paraíso se transformó en infierno. La panza de mamá se puso dura, me apretaba, ella empujaba, yo también, había que salir de ese lugar y no se veía por dónde, hasta que descubrí un agujerito que parecía ser la salida y arremetí para allá. Me agarraron unas manos firmes, escuché tremendos gritos de mamá y me encontré afuera ... sorprendida!, -¿que es esta cosita que tengo entre las piernas?

 

Lo último que escuche en ese traumático trance, fue una voz que dijo, ¨It´s a boy!¨

 

Inmediatamente me olvidé de todo pero tenía la sensación de que algo no encajaba. En realidad, esa cosita entre mis piernas, sobraba.

 

Mis papas eran muy cariñosos. Enseguida entendí que me llamaban Joe. También y a puro instinto, comprendí que lo que se venía era estupendo. El calorcito de mi casa, los cantos de mami, la panza llena de cosas ricas, las caricias de una señora que estaba todo el día conmigo, todo era maravilloso. Nada que ver con lo que había pasado antes.

 

Más tarde comprendí que todo esto se debía a que mis padres eran muy buenas personas y además ricos. También supe que yo era norteamericano, protestante y vivía en un lujoso departamento de la Quinta Avenida de Nueva York.

 

Podría contarles con detalle cómo fue mi crianza y crecimiento. No vale la pena extenderme mucho. Fui a los mejores colegios, viajé, tenía clases de música, arte, equitación. Me destacaba en deportes, en especial hockey sobre hielo. Tenía muy buenos amigos de todas las clases sociales, ya que por suerte mis padres no eran los típicos ricachones norteamericanos elitistas. Todo el mundo era bienvenido a mi casa y a mi vida. 

 

Había sí un tema crucial. Las mujeres. Me fascinaban y tenía mucho éxito con ellas, pese a no ser particularmente buen mozo ni tener la ridícula actitud ganadora anglosajona. No se trataba de una fascinación maníaca, simplemente todas me gustaban y ellas se sentían atraídas por mí. Desde muy joven tuve amigas, novias y amantes. Ellas decían que había algo en mí distinto al resto de los hombres. Mis sentidos captaban cosas que mis congéneres no podían ni siquiera imaginar. 

 

De muy joven, cuando las hormonas galopaban como caballos salvajes en  mi cuerpo, nada de eso me importaba, por el contrario, me dediqué a disfrutar ese don que me había sido dado. La pasé muy bien, pero igual sentía que algo me faltaba. Lo que tenía era solo sexo. De emoción, amor, ni hablar.

 

Hubo un momento en el cual dudé sobre mi orientación sexual. Hice psicoanálisis durante bastante tiempo para indagar si yo era homosexual y negaba mi condición. Esa posibilidad no me preocupaba si el descubrimiento me permitía amar a alguien. Tras mucho escarbar entendí algo muy simple. Yo era varón, nada más.  

 

Lo que sigue, es lo clásico para un hombre joven y rico. Me recibí de médico en Harvard y me especialicé en pediatría. Tuve algunas relaciones serias con mujeres magníficas. Las quise mucho, pero nunca las amé. Incluso me casé, pero al poco tiempo, de muy buen modo, decidimos divorciarnos. No tuve hijos y tampoco quería tenerlos. No sentía la necesidad. Con algo de sensatez, me di cuenta de que ninguna mujer, pese a sentirse atraída por mí, había decidido que yo era "su hombre".

 

Lo único que yo hacía con devoción, era viajar. Buscaba un lugar en el mundo para mí.

 

Cuando me divorcié, mi ex se fue a pintar cuadros a Londres. Ella sabía lo que quería. Yo, en cambio, con una inmensa sensación de vacío, no quise ir a ninguna parte. A esa altura, la única certeza que tenía, era que una parte de mí, estaba en otro lugar. A los 33 años, rico y muy querido por buena gente, no sabía qué hacer conmigo.

 

 

 

 

Un día cualquiera, por accidente, en un canal de noticias, vi algo que me impresionó. En la Argentina, el país de la carne y de la comida, hordas de personas asaltaban camiones de ganado y carneaban reses para comerlas, como si fueran animales carroñeros. La imagen primero me aterró, pero cuando me calmé, algo muy extraño sacudió mi cuerpo, supuse que mi misión en esta vida era  ir a ese país a ayudar.

 

Entonces, cerré el consultorio, me despedí de mis padres y amigos, y con un pasaje de ida, emprendí el viaje.

 

Buenos Aires me atrapó enseguida. Todo me resultaba familiar. No tardé en hacer amigos y tener amoríos. Me gustaban mucho las argentinas y los hombres me caían muy bien. Es innecesario contarles que debido a la buena vida que llevaba, el plan original de ayudar a aquella pobre gente quedó en la nada.

 

Pasó un tiempo y decidí radicarme allí. Conocí casi todo el país, pero Buenos Aires era mi lugar. Conseguí trabajo como pediatra atendiendo niños angloparlantes y me instalé en un departamento magnífico. Tanto disfrutaba mi nueva vida que se esfumó la sensación de que algo me faltaba. Sin embargo, ese algo, no se olvidó de mí.

 

 

 

 

 

Una noche, tomando cerveza en un bar de Palermo, uno de mis amigos me dijo que quería ir a un prostíbulo. A él le parecía divertido. A mí, novedoso. Nunca había ido a uno ni imaginaba como era.

 

Guiados por los avisos de un diario, caímos en un departamento del barrio de Belgrano. Allí, una señorona tan patética como el negocio que regenteaba, nos prometió que sus chicas harían lo que les pidiéramos y que alcanzaríamos niveles de placer jamás imaginados.

 

La rufiana organizó inmediatamente un desfile humano, como aquellos en los que se vendían esclavos. Aparecieron algunas chicas y la señorona nos conminó a que eligiéramos alguna.

 

Mi amigo eligió una chica paraguaya, muy bonita.

 

Mi caso fue totalmente distinto. Yo no pude elegir, una morocha de aspecto salvaje, mezcla de gitana y amazona decidió que me iba con ella. No era bonita y ella lo sabía. Su atractivo radicaba en algo muy simple. Hera una tremenda mujer. Se llamaba Norma.

 

Llevaba puesto un ridículo y minúsculo uniforme de enfermera. Jugaba con lo kitch de su aspecto. Por profesionalidad, sabía que esa ordinariez generaba en sus clientes deseos ... digamos ... perversos, y ella, por buena plata, no tenía problema en satisfacerlos.

 

Como no tuve opciones, decidí seguir el juego. No tenía nada que perder. La morocha me agarró de la mano con mucha seguridad y me llevó a un cuartucho con olor neutro. Se suponía que allí iba a conocer el  ¨rien va plus¨ en materia de sexo. Desde el principio, estaba claro que todo quedaba bajo el control de Norma. Me preguntó pícaramente que quería y se apresuró a aclarar que si lo que buscaba era dominación, eso me costaría más. Según ella, era muy buena en eso de humillar y hacer sufrir. En mi afectado angloporteño le dije que la dominación no me interesaba. Entonces me  explicó que a ella tampoco, que solo lo hacía por la plata, igual que tener relaciones lésbicas o con parejas.

 

La función debía comenzar. Ella se paró frente a mí y se suponía que yo debía actuar, hacer algo, abrazarla o manosearla obscenamente. Lo cierto es que no se me ocurría nada. Me resultaba simpática, curiosa, pero pulsión sexual, cero. Pensé, -me voy, no da para más. Viendo mi vacilación, Norma se acercó y me dijo que no tuviera vergüenza, que la abrazara. Decidí hacerle caso y en el preciso instante en que acomodé su cuerpo junto al mío, empecé a llorar repitiendo sin parar, - por fin, por fin, por fin llegaste ... Mis manos la aferraban, mi cuerpo temblaba y mis lágrimas, mezcladas con su maquillaje, ensuciaban su uniforme de enfermerita y mi camisa. Muy profesional, Norma me sentó en la cama. Mientras me acariciaba la cabeza, me preguntó si me sentía mal, si tenía algún problema, si quería un vaso de agua. Me contó que a muchos hombres les pasaba, no les gusta tener relaciones sexuales con una puta,  iban por curiosidad y eso era muy fuerte para ellos. En su interior, pensaba que yo era un chiflado más, de aquellos que buscan amor en el lugar equivocado. Nos pusimos a conversar de naderías, ella en pose de psicoanalista. Pasó el tiempo pactado y nos despedimos.

               

Al otro día, tuve necesidad de volver a ver a Norma. Esta vez, arreglé con la matrona una cita mucho más larga, fuera del departamento. Quise ir a un bar a conversar, pero Norma me dijo que las reglas del establecimiento no lo permitían.

 

Fuimos a un hotel y allí, durante varias horas, Norma se dedicó a escuchar, con paciencia profesional, mis aburridos monólogos sobre lo vacía que estaba mi vida. Muerta de aburrimiento, no pudo evitar algunos bostezos y hasta quedarse un rato dormida. Así, en este escenario, transcurrieron varios meses, solo charlando.

 

 

Tal como el Yin no existe sin el Yan, en algún momento lo femenino tenía que jugar una carta más. Norma empezó a cuestionarse porque yo no me excitaba con ella. De a poco, las caricias suaves y profesionales, se transformaron en tiernas y sensuales. Noté en el brillo de sus ojos que necesitaba provocar alguna reacción en mí. Estaba claro que me había transformado en un desafío para ella.

 

Yo disfrutaba cada vez más estos encuentros, me animo a decir que con un poco de sadismo. Me excitaba ver como Norma se intranquilizaba.

 

Finalmente, llegó el día en que la amazona gitana, explotó. Cuando llegamos al hotel, en el momento que le iba a pagar, siempre lo hacía por adelantado, me dijo furiosa:

- ¡guardá esa plata boludo, hoy no pagás, te voy a coger yo!

 

Enojada, excitada, la amazona cabalgó su corcel. Desde el comienzo, quedó claro que no era una cuestión de orgullo profesional. Ella quería demostrarse que me podía excitar. Goce muchísimo con su posesión. Sentí que el cuerpo se relajaba con tiempos y ritmos desconocidos hasta ese momento. Norma lo hacía como un hombre y yo me entregaba como una mujer. Por primera vez en mi vida, el sexo me hacía feliz. Llegó un momento en el que cansada, como un hombre, ella se dejó caer a mi lado, apoyó su cabeza sobre mí  pecho, se acurrucó y me pidió que la abrazara.

 

Pasamos un largo rato en silencio, buscando en nuestros ojos respuestas imposibles para preguntas inexistentes. Nos quedamos dormidos. Al despertar, nuestros cuerpos excitados se deseaban con desesperación.  Esta vez frágil, Norma se acostó sobre su espalda y abrió sus piernas para que yo entrara en ella. Sus ojos, como en blanco, reflejaban que se dejaba ir, llevar. Sobrevino otro momento de locura y luego agotados, traspirados, quedamos pegados, el uno al otro, rogando que ese encuentro jamás terminara.

 

Entre lágrimas y risas, Norma susurró a mi oído, -tonto, esto nunca me pasó.  Sonreí con los ojos y ella comprendió que a mí tampoco me había pasado algo igual. 

 

 

Después de ese día nos vimos varias veces más hasta que Norma decidió que había llegado el momento de vernos fuera de su trabajo.

 

Una noche tranquila, tomados de la mano en el balcón de mi casa, me contó  dos cosas muy importantes.

 

La primera era que me amaba y que sabía que iba a pasar el resto de su vida conmigo. No me sorprendió. Yo sabía lo mismo, simplemente no se lo había dicho por temor a asustarla y que se alejara de mí.

 

Lo segundo, fue absolutamente inesperado.

 

Su verdadero nombre era Hana y sus padres eran Aron y Rachel, judíos ortodoxos del barrio de Barracas. Cuando tenía seis años, fueron secuestrados por un grupo comando y nunca más se supo de ellos. Ella se salvó porque su mamá, antes del secuestro, la había dejado en la casa de María Rosa y José, sus vecinos. María Rosa y José la ocultaron, la cuidaron y amaron como a su propia hija. Pasado un tiempo, con el consentimiento de la niña, la adoptaron y por razones de seguridad, le pusieron Norma. Le hicieron jurar a Hana, ahora Norma, que lo sucedido, jamás se le contaría a nadie.  Ella los amó cuidó hasta el último día de sus vidas.

 

Durante un tiempo, la familia vivió  razonablemente bien, hasta que José fue despedido de la fábrica en la que trabajaba. Nunca llegaron a la pobreza, pero el esfuerzo por llevar adelante la familia fue enorme. A los 20 años, Norma conoció al padre de Laly, su primera hija. Enseguida quedó embarazada, pero el tipo, incapaz de asumir la responsabilidad de ser padre, las abandonó ni bien nació la nena. Como la plata era escasa y Norma tenía responsabilidades que cubrir, necesitó buscar trabajos bien pagos. Para ello debió recurrir a aquellos donde su aspecto fuera un elemento a tener en cuenta. Fue secretaria de un estudio jurídico importante, luego encargada de un local en un shopping para terminar como  como gerente de una agencia de turismo. Conocedora de su sensualidad, la utilizó para conseguir algunos beneficios, mejores sueldos, flexibilidad horaria, cosas así. Tuvo aventuras con hombres y se divirtió bastante, pero el placer y los sentimientos, habían desaparecido. Afirmaba que para ella, el amor estaba mutilado. Un día, una compañera de trabajo le dijo que un gringo pagaba por acostarse con ella, lo que le pidieran. Norma vio al gringo, no le pareció desagradable, lo pensó, sonrió y se dijo,  - ¿por qué no?

 

Tras este cliente, vinieron varios más. Junto con ellos la inevitable decadencia que acompaña a la prostitución. Cansada y con resultados económicos muy por debajo de sus expectativas, recaló en el departamento de la señorona patética donde buscaban una diosa del placer. Ya en la fase más dura de la profesión, tuvo toda clase de clientes. Uno de ellos, bastante rico, le ofreció obsesivamente instalarla en un departamento, con la condición de que fuera exclusiva para él. Ella se negaba rotundamente. No quería perder su supuesta libertad. Una noche, la cosa con este señor se puso pesada. El empezó a gritarle y le quiso pegar, ella, guerrera al fin, se defendió. Tomó una botella de whisky y se la partió en la cabeza. El cliente murió en el acto. Gracias a un comisario, socio del prostíbulo, la muerte se disfrazó como un accidente ocasionado por la ingesta excesiva de cocaína. Este favor significó que Norma se convirtiera en esclava del comisario. 

 

En esta parte de su historia, Norma y yo nos conocimos. Nos  enamoramos y decidimos poner fin a nuestras historias personales para escribir una sola.

 

La fortuna de mis padres sirvió para terminar con su esclavitud. Se pagó por Norma un rescate que saldaba cualquier deuda que pudiera tener con el comisario. .

 

Nosotros nos fuimos a vivir juntos y nunca tuvimos hijos propios. Los dos sentíamos que no hacía falta.

 

Nuestra vida, a partir de ahí, fue muy cómoda. Yo trabajaba de médico y Norma, fiel a sus ideas y su carácter combativo, dirigía comedores populares.  De ellos, también rescataba de la trata a niñas y niños.

 

 

Pasaron así años. No recuerdo cuantos.

 

Una tarde, mi mujer apareció en el consultorio gritando con la cara desencajada, - me la robaron esos hijos de puta! No sé dónde está carajo!

 

La tranquilicé y me contó que se trataba de Charito, una chica de 17 años que asistía a uno de los comedores. Sabía que Charito estaba encerrada en un departamento desde hacía varios días, donde unos degenerados la violaban. La chica le había avisado donde estaba por un celular que pudo usar en un momento de descuido de sus captores. Norma me pidió que fuéramos a rescatarla. Sin pensar, obedecí.

 

Yo nunca había visto en acción a la amazona, la salvaje, la furia. Al llegar al departamento, golpeó la puerta con autoridad. Uno de los degenerados, sorprendido, abrió. Entonces Norma y yo entramos, ella gritando,  - ¡vení Charito, nos vamos!

 

Junto con la chica apareció un hombre viejo, desagradable. Sus ojos reflejaban la podredumbre de su alma. Era el comisario al que compramos la libertad de Norma. Al verla, le gritó, -hija de puta, no me olvidé de vos, acordate que lo sé todo, larga a la putita o hago mierda a tu familia.

 

Pasó algo muy extraño, Norma se paralizó, no tenía reacción. Entonces, yo me transformé en un animal. Tenía que defender a mi hembra y eso era lo único que me importaba. Me convertí en el guerrero que Norma había dejado de ser. Agarré al comisario por el cuello y lo estrangulé. Con pasmosa tranquilidad saqué a Norma y Charito del tugurio. Cuando salíamos, ambos  escuchamos al otro tipo gritar, - ¡ustedes son boleta!

 

Una vez que Charito estuvo a resguardo, Norma, aún asustada, agarró mi mano y me dijo, - ¡Joe, fue la última, no puedo ni quiero más, ya está!.

 

Por temor a la venganza de los rufianes partimos inmediatamente con Laly  a vivir a NY. Allí no nos encontrarían.

 

En Argentina, dejamos todo, como si nunca hubiésemos existido.

 

 

De ahí en más con la comunión que había entre mi mujer y yo, vivimos muchos años felices.

 

 

 

 

Una tarde de otoño, siendo viejitos, Norma se presentó bellísima. Me dio un beso muy tierno en los labios y me miró sonriente a los ojos, como la primera vez que hicimos  el amor. Esta vez, teníamos todas las respuestas.

 

Me susurró, casi como un canto:

-¡Amor, llegó el momento de irnos!.

 

Subimos juntos al dormitorio, nos acostamos agarrados de la mano para que todo nuestro amor entrara en el mismo sueño. Así, los dos en uno, partimos.

 

 

 

 

 

Desde aquí, junto a mis hermanos eternos, los ángeles, vi a Laly dispersar en el mar las cenizas de Norma y Joe, contenidas en una sola urna. 

 

 

Antes de terminar, les cuento que al llegar al cielo, los señores del Karma me recibieron a las carcajadas. No paraban de reír y me contagiaron. Sólo por costumbre quería pelear y enojarme por la broma que me habían jugado, pero todo eso ya era pasado.

 

 - ¡Che Normita, gracias, dijo uno de ellos, hace mucho que no nos divertíamos tanto con una reencarnación! 

                    

              

 

   
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