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16-5-2014 

"PINTARSE LOS LABIOS"

 

                     

                                                    

                                                     

     Correr con el viento en la cara. Galopar sin miedo. Probarse vestidos de su madre. Pintarse los labios y usar escotes. Ya era grande y no tenía porqué ocultarlo.

     Ese verano había sido distinto. Su prima Margarita no había venido y los días se arrastraban lentos, acalorados y sedientos. Nada los agotaba. Otros años, ella conducía su verano: organizaba correrías por el monte, atracones de fruta caliente y creaba ficciones en las que todos podían ser lo que quisieran. Princesas, piratas, indios valerosos, soldados, sólo bastaba imaginarlo. Pero ahora había crecido y no quería jugar a nada de eso. La mandaron a la playa, a la casa de una tía paterna, en busca de otra clase de diversión.

     Clara había crecido mucho este año y ya casi tenía la altura de su prima. Su cuerpo también había empezado a cambiar y ella lo consideraba como un buen augurio. De a ratos fantaseaba con un verano distinto, irse a otro lado lejos de su padre y su abuela, aunque sabía que la playa le estaba aún vedada.

    El teléfono sonó a mediados de enero. Josefina, amiga del colegio, la invitaba unos días a Córdoba. Un verano lejos. En Ascochinga. Sabía que allá había sierras pero nunca las había visto, sólo podía ubicarlas en el mapa como le había enseñado la profesora de geografía. Sabía que los familiares de Josefina jugaban al polo y cazaban palomas, y las dos cosas le parecieron horribles. Pero deseaba conocer ese mundo nuevo como pocas cosas en la vida.

     Tenía que viajar a Buenos Aires donde la esperaba el papá de su amiga. Hizo la valija con la supervisión de su abuela: nada apretado ni muy escotado, un par de trajes de baño enteros y un libro. Viajaba sola por primera vez. Su seriedad marcaba el ritmo del viaje. Miraba por la ventana, fijando la atención en cada pueblo por el que pasaba, en cada ciudad, tratando de retenerlo todo. Llevaba una libreta para anotar los detalles y tenía pensando escribir un diario. Su abuela le había regalado uno para su cumpleaños que todavía no había empezado.

   En Buenos Aires la esperaba el padre de Josefina. Era un hombre alto y de pocas palabras.

    - ¡Qué bueno que viniste! -dijo. Y agregó -Vamos a buscar a mi tía y salimos. ¿Querés tomar algo? Tenemos tiempo.

  Clara estaba muerta de hambre después de la noche en el ómnibus. Apenas había dormido por la excitación. Aceptó la oferta y pidió un té con un tostado de jamón y queso.

   Buscaron a la tía y a ella le pareció que debía ser amiga de su abuela. Al fin y al cabo, hablaban y vestían igual. La saludó como acostumbraba a hacerlo con la gente de mayor edad. Nada de Clari, ni Clarita, era Clara Solís de Tierras, y le sostuvo la mirada hasta que terminó de hablarle.

    La salida de Buenos Aires estaba muy congestionada como siempre. Los autos cambiaban de carril constantemente. Los peores eran los autos pequeños, como si necesitaran demostrar la agilidad que les daba su tamaño. Los paredones de los barrios cerrados dieron paso a extensiones de campo más abiertas, a alambrados y tranqueras, a avenidas de árboles que anunciaban estancias.

    Clara vio el maíz victorioso de febrero, los girasoles derrotados con sus cabezas amarronadas y vacías. No había mucho que hacer salvo mirar por la ventanilla. La conversación de tía y sobrino no le interesaba demasiado. El auto avanzaba despaciosamente y el olor a cuero de los asientos la adormecía. Se quedó dormida.

    Cuando despertó, estaban llegando a la ciudad de Córdoba. El aire resplandecía brillante y orgulloso como el interior de un diamante. ¡Qué diferencia con aquel de Buenos Aires, opaco y entristecido! Cruzaron la ciudad, pasaron por la Catedral y su casco histórico para que ella pudiera admirarlos.

   Ya en Ascochinga, a Clara le llamó la atención que la ciudad no creciera por el costado de la ruta como la mayoría de las ciudades, sino que la cruzara a medida que se desplegaba por las sierras. El pueblo parecía apenas un punto donde se encontraba un viejo almacén con lo imprescindible, la impecable estación del Automóvil Club, un hotel que recordaba a los de fin de siglo, y enseguida, el final. Mientras la camioneta subía, se dio vuelta para mirar hacia abajo y empezó a ver las casas entre alamedas y parques que se fundían con el paisaje. La  estancia a la que iban también apareció así, inesperadamente pero sin estridencias, como una de esas tormentas de verano que nadie espera. Lo que vio fue una casa colonial, con galerías que se erguían majestuosas entre columnas. Le gustaron las rejas negras y gruesas que resguardaban las ventanas.

    Josefina la esperaba en la puerta. Apenas entraron, la acompañó al cuarto para que dejara sus cosas, una habitación con grandes ventanas que daban al parque. Desde allí se podía ver la pileta y gran parte del potrero más cercano, donde el resplandor del atardecer flotaba en la laguna. Clara admiró las camas con dosel y el tocador antiguo con su sillita tapizada con un género de rosas. Josefina le dijo que quedaba tiempo antes de la cena para que se bañara y se cambiara de ropa. Todo en la habitación -los muebles de madera, la suavidad de las toallas, el aire que flotaba como un perfume- irradiaba placidez.

    Cuando bajó después del baño, la familia se encontraba reunida en el escritorio. Una mesita rodante con bebidas y algunos snacks estaban cerca de ellos. El padre de Clara le ofreció una coca-cola que ella aceptó enseguida. En las paredes que rodeaban la habitación había una enorme biblioteca: había clásicos encuadernados en verdes y azules, policiales del Séptimo Círculo, una colección de cuentos de Borges y Bioy Casares, alguna que otra enciclopedia, todo en el armonioso desorden habitual en las bibliotecas de campo que cada vez se visitan menos.

    Se sentó cerca del hermano de Josefina y dos de sus primos que hacían bromas que todos festejaban. Aunque estaban más lejos, oía el parloteo de tía y sobrino. Sólo un instante más tarde, la tía se dio vuelta para preguntarle algo.

    -Vos, ¿cómo te llamabas?

    -Clara Solís de Tierras -contestó.

    -¿Y qué sos de aquella Clara Solís de Tierras que hace unos diez años se suicidó en el baño de su casa mientras todos almorzaban?

    Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas. Miró por la ventana sin decir una sola palabra. Su llanto silencioso brotaba de sus ojos como un río caudaloso que acababa de recibir la bendición del deshielo. La verdad tiene la virtud de ser infinita, y ella la había confrontado de la forma más aberrante. El silencio de toda su familia durante tantos años había sido roto en un instante por una mujer chismosa y sin escrúpulos.

    Pensó en todas las mentiras que le habían dicho, en todas las veces que, quizá intuyendo algo, había preguntado una y otra vez por la muerte de su madre. Su mirada nublada se perdió detrás de las sierras cordobesas. Buscó el horizonte y lo vio interrumpido por formaciones que provocaban largas sombras como centinelas vigilantes en las laderas y en los campos.

    Esa tarde, ante la insistencia de Josefina, salió a caballo. Al volver, después del baño, un cierto dolor físico, un retorcijón más fuerte que lo normal, le anunciaron que   se había quebrado dentro de ella una delicada ampolla. Y así, silenciosamente y sin aviso, su infancia se fue por su entrepierna. Ya no quedaban dudas. Clara entendió que ahora era una mujer, y que esto poco tiene que ver con pintarse los labios o usar escotes.

 

 

 

 

 

 

   
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