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 Mariana Blousson
02-10-2014 

"ESTELA", POR MARIANA BLOUSSON

 

     

 

   Estela no paraba de tocarse el pelo un momento, sin decir nada, los dedos obedientes acariciándolo mientras escuchaba la radio AM 105.4 con las últimas noticias del día y la música de los noventa que le gustaba, mientras ordenaba la caja registradora. La interrumpí para decirle algo, pero a ella parecía que nada le interesaba demasiado, ni lo que le decía yo, habitué de este bar de mala muerte, ni lo que le decían otros que venían por las tardes en busca de la distracción que era tan difícil encontrar en  este pueblo.

  Su marido se había tomado una temporada de descanso a base de anti-psicóticos y terapias ocupacionales en diferentes hospitales psiquiátricos. Se había internado hacía un mes en Bahia Blanca, lejos de todo para estar más tranquilo y desde allí controlaba lo que hacía su mujer sin involucrarse demasiado. Cada tanto le permitían llamarla por teléfono, de manera que aprovechaba para hacerle mil preguntas y recomendaciones, y de esa manera ella quedaba convencida de que lo mejor que podía pasar era que él siguiera allí, en ese sanatorio pulcro y descolorido con patios de plantas añejas y un par de jueguitos de metegol. Franco, que sabía un montón sobre las enfermedades de los locos y de los trucos de los psiquiatras para mantener a los enfermos internados durante largo tiempo, había pasado dos o tres meses en el hospital psiquiátrico del pueblo vecino. Aunque en el último tiempo las cosas habían cambiado, porque las obras sociales se resistían a pagar esas internaciones en las cuales los enfermos eran prácticamente abandonados por sus familias, y obligaban a los sanatorios a dar el alta lo antes posible. Así que, cuando  a él le venía bien, se fabricaba todos los motivos que hacían falta tener para que los médicos se interesaran en su caso, y lo alojaran en los pabellones que contaban con los mejores equipos y personal preparado para contener enfermos graves. Empezaba por adquirir alguna costumbre estrafalaria. A veces le había gustado dedicarse a coleccionar encendedores viejos, y lo vimos abalanzarse sobre mesas en los bares, o revisar tachos de basura en los restaurantes convenciendo a los mozos de que su madre había olvidado su dentadura postiza en la mesa ese mediodía. Otra de sus manías era la de levantarse a abrir la puerta a toda la gente que se detenía a mirar el menú que consistía básicamente en algunos cortes vacunos para la parrilla con ensaladas o puré de papas, y a saludarlos amigablemente aún sin estar seguro de que entrarían. El efecto que causaba en la gente era de lo más diverso: algunos agradecían, otros se sentían invadidos y molestos por aquella invitación tácita que habían preferido evitar.

   Cuando lo mandaron a casa la vez pasada, lo primero que Ricardo y yo notamos fue que estaba más gordo, tenía una panza que hacía que el último botón de la camisa se viera como estrangulado y en la papada, dos o tres pliegues nuevos anunciaban unos cuantos kilos de más.

    -Estás mucho más gordo -le dijimos.

    -Puede ser, pero no me importa. De la azotea ando mucho mejor.   

    Esa noche no quiso quedarse en su casa y nos fuimos caminando hacia la costanera que quedaba cerca y que con las luces de la noche tenía cierta magia que siempre nos había gustado. El restaurante que frecuentábamos quedaba al final de la avenida, después del puente colgante, a la derecha, frente al Club de Pesca. Desde nuestra mesa, en la terraza sobre el río, por entre los  árboles floridos, podía verse la silueta de la ciudad iluminada. El olor a río llegaba hasta donde estábamos. No debe haber habido mejores noches que las que pasamos de jóvenes, deambulando por esa costanera durante noches enteras, pasando por plazas arboladas con juegos infantiles, bares concurridos en los que a la noche, a veces, se podía encontrar alguna mujer fácil para entretenerse, charlando un poco de todo, de fútbol y algo de actualidad, sintiéndonos si no felices, porque la felicidad es difícil de conseguir, por lo menos invadidos por una sensación de bienestar que nos hacía la vida más soportable. Recordábamos a menudo aquella época.

    A Franco lo conocimos en la escuela primaria, y los dos siempre pensamos que era medio raro, un poco sapo de otro pozo. No hay duda de que le faltaba algo, o le sobraba, no lo tengo muy claro, y también cabía la posibilidad de que esa carencia fuera una pretensión nuestra, de quererlo perfecto y que en realidad eso fuera no sólo imposible sino absurdo.

   Años más tarde, supimos que se había ennoviado con Estela, aquella chica tímida que estuvo con nosotros en el secundario, de cara blanda que daban ganas de acariciar porque las mejillas, bastante abultadas, le daban un aire de esponja de mar. Venía de un pueblito tan pequeño que no tenía más de tres cuadras y apenas contaba con lo necesario: una farmacia, una iglesia y un almacén de ramos generales que tenía un poco de todo, y que se había convertido en punto de encuentro nocturno porque además de cigarrillos se vendían algunas bebidas de bajo contenido de alcohol que se consumían al abrigo de un toldo verde con rayas blancas que se extendía desde la puerta de entrada hasta la pared medianera. No era eso lo que me molestaba de Estela, sino ese aspecto de colegiala llena de remilgues, su aire de primera de la clase que la habían convertido en algo casi sacro, intocable, en virgen inconfundible para la gente como nosotros. Porque ni Ricardo ni yo habíamos sido buenos alumnos, ni siquiera Franco.

    Todavía me acuerdo del primer día del secundario, cuando hicimos la fila para arriar la bandera y la vimos, parada delante nuestro, primera en la fila, su espalda algo hundida pero firme, flexible y corta, su pelo atado en una cola que le llegaba hasta la cintura. A Franco le gustó desde el primer momento a pesar de que  nosotros nunca entendimos la razón. No era fea, lo que se dice verdaderamente fea, pero esas mejillas y aquellos ojos diminutos que te esquivaban la mirada debajo de unas cejas un poco  abultadas y demasiado juntas, no la favorecían en lo más mínimo.

   Esa noche Estela parecía más nerviosa que de costumbre, a sus tics habituales se sumaba el de sonarse los huesos de la mano indefinidamente, y nos preguntábamos si sería porque Franco había llamado esa tarde. El bar estaba lleno de sus habituales parroquianos que venían después del trabajo a relajarse un poco o escuchar algo de música,  y la situación no era propicia para acercarse a hacerle preguntas que pudieran distraerla de su trabajo que era cobrar las cervezas, whiskys o ron  que bebía cada cliente. La vi mirar la hora muchas veces, como si estuviera esperando algo o quisiera apurar el tiempo para terminar su trabajo. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, había entrado un tipo que yo no había visto nunca. Pasó de largo del lugar donde estaba el pianista que siempre tocaba las mismas cosas, un par de tangos de Piazzolla, los más fáciles, y dos o tres temas de Frank Sinatra, y se sentó en una mesa chica que tenía cuatro sillas, levantando su brazo derecho para pedir una cerveza. El otro lo dejó descansando sobre el respaldo de la silla, mientras que marcaba el ritmo con los pies.

    -Los mareados, por favor.

   En el escenario los músicos, el violín, el bandoneón y el piano, terminaron de acomodarse quedando inmóviles por un momento: el primero estaba de pie en el otro lado del escenario y el bandoneonista se había sentado enfrente de él. Alguno dio dos golpes en el piso de madera y empezaron a tocar.

    Sin embargo, el tipo no bailó. Apenas el tango comenzó a escucharse miró hacia el infinito y se quedó inmóvil por un instante, moviéndose solamente para llenar su copa y beberla de a tragos cortos. Se quedo así un largo rato, marcando el ritmo con sus pies mientras empezó, o por lo menos así me pareció, a mirar a Estela con ganas, de abajo a arriba, minuciosamente, como si estuviera calculando el momento perfecto para acercarse. Pensé en Franco, en su habitación inmaculada donde ahora estaría descansando en una cama terapeútica ubicada lejos de la ventana que daba al patio central, y decidí pedir otra cerveza.

   Cuando se acercó ya era tarde, la mayoría de la gente que frecuentaba el bar se había ido a sus casas y sólo dos o tres personas seguían tomando o fumando o perdiendo el tiempo sentados a una mesa hasta que la noche se hiciera tan negra y espesa que no habría más remedio que retirarse a donde quiera que fuese, para algunos su casa, para otros, menos afortunados, una pensión o habitación descolorida y mal iluminada de hotel barato. Ella no pareció demasiado sorprendida, sólo vaciló un instante, lo miró a pesar del olor acre que le habían dejado la bebida y el cigarrillo, y le ofreció un café. Yo conocía ese costado de samaritana que había ejercido desde muy temprano, y no pensé nada más salvo que debía estar aburrida de pasar tanto tiempo sola, y que un poco de conversación le venía bien. El tipo se acodó en el mostrador mientras tomaba el café, acomodando la cuchara al costado de la taza de porcelana blanca que Estela ofrecía a los clientes que gastaban más, mientras lo miraba hablar todo el tiempo como si hubiera ido solo para eso, sin dejar traslucir mucho interés, yendo y viniendo con el paño absorbente para un lado y otro de la mesada. Un rato después, los vi empezar a conversar bastante animadamente, él hablaba primero, haciendo gestos ampulosos con los cuales describiría algo que para él era o había sido importante, y ella escuchaba con interés a pesar de que no dejaba de mover sus manos sobre el mostrador. Cada tanto, le llenaba la copa de un líquido color caramelo rosado que no pude saber qué era, pero que claramente no tenía mucho alcohol por la cantidad que ambos tomaban. Puede ser, o no, que eso haya terminado de aflojar a Estela y que le haya permitido disfrutar tanto, reírse a carcajadas limpias y sonoras que provocaron la sorpresa de los pocos que todavía seguíamos allí a pesar de que la primera luz del alba había comenzado a filtrarse por entre las ventanas del lugar.

   Antes de que el bar cerrara lo vi pasar a Sergio que tiempo atrás le había echado el ojo a Estela, vestido con aquel saco que le quedaba enorme y le colgaba por atrás. Echó una mirada compungida a la pareja mientras guardaba su billetera y se acercaba a la puerta. Pensé que era hora de irse, y haciendo un ademán hacia donde estaba Estela, anuncié mi partida. Ella me dirigió una sonrisa luminosa que se extendía debajo de sus diminutos ojos que brillaban de forma impensable, mientras agitaba una mano diciéndome que ya me traía la cuenta. Poco después, el hombre se paró y se fue, dejando un perfume a cigarrillos negros en el aire viciado del bar. Me fui tranquilo, al fin y al cabo si Estela decidía tirarse una canita al aire era cuestión suya, ya bastante debía haber sufrido con un marido como Franco y sus comportamientos bizarros, y con esa costumbre de internarse cada vez que se le ocurría descansar, dejándola sola con todo el trabajo del bar.

    Durante toda la semana, el tipo repitió su visita. Y así supe que se llamaba Clavel; venía directamente después del trabajo, siempre con su caja de cigarrillos llena, sus camisas de colores claros y su colonia barata que dejaba a su paso un aroma dulzón. Contaba historias que Estela escuchaba cada vez más embobada mientras desde mi mesa creía oír anécdotas que había vivido en Uruguay, en un pequeño pueblo que quedaba cerca del Río Negro.

   Se quedó un par de semanas, y una noche que volví al bar a buscar un paquete de cigarrillos importados en la mesa donde me había sentado, que no era la habitual, me los encontré en la calle probablemente en dirección del hotel donde él se alojaba. Me di cuenta de que Estela se sentía un poco incómoda pero hice como que no advertía la situación, y que simplemente los tomaba como una pareja más que salía a tomar el fresco de una noche de verano. Él me saludó con acento uruguayo y se limitó a soltar el brazo que rodeaba la cintura de Estela. Los vi cruzar la bocacalle. Sin darse cuenta, aceleraron un poco, y vistos desde afuera se diría que, apurados, estaban yendo a un lugar preciso al que llegarían a tiempo, mientras el ritmo y la expresión de sus caras denotaban satisfacción y un vestigio de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

  

  

 

     

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

   Estela no paraba de tocarse el pelo un momento, sin decir nada, los dedos obedientes acariciándolo mientras escuchaba la radio AM 105.4 con las últimas noticias del día y la música de los noventa que le gustaba, mientras ordenaba la caja registradora. La interrumpí para decirle algo, pero a ella parecía que nada le interesaba demasiado, ni lo que le decía yo, habitué de este bar de mala muerte, ni lo que le decían otros que venían por las tardes en busca de la distracción que era tan difícil encontrar en  este pueblo.

  Su marido se había tomado una temporada de descanso a base de anti-psicóticos y terapias ocupacionales en diferentes hospitales psiquiátricos. Se había internado hacía un mes en Bahia Blanca, lejos de todo para estar más tranquilo y desde allí controlaba lo que hacía su mujer sin involucrarse demasiado. Cada tanto le permitían llamarla por teléfono, de manera que aprovechaba para hacerle mil preguntas y recomendaciones, y de esa manera ella quedaba convencida de que lo mejor que podía pasar era que él siguiera allí, en ese sanatorio pulcro y descolorido con patios de plantas añejas y un par de jueguitos de metegol. Franco, que sabía un montón sobre las enfermedades de los locos y de los trucos de los psiquiatras para mantener a los enfermos internados durante largo tiempo, había pasado dos o tres meses en el hospital psiquiátrico del pueblo vecino. Aunque en el último tiempo las cosas habían cambiado, porque las obras sociales se resistían a pagar esas internaciones en las cuales los enfermos eran prácticamente abandonados por sus familias, y obligaban a los sanatorios a dar el alta lo antes posible. Así que, cuando  a él le venía bien, se fabricaba todos los motivos que hacían falta tener para que los médicos se interesaran en su caso, y lo alojaran en los pabellones que contaban con los mejores equipos y personal preparado para contener enfermos graves. Empezaba por adquirir alguna costumbre estrafalaria. A veces le había gustado dedicarse a coleccionar encendedores viejos, y lo vimos abalanzarse sobre mesas en los bares, o revisar tachos de basura en los restaurantes convenciendo a los mozos de que su madre había olvidado su dentadura postiza en la mesa ese mediodía. Otra de sus manías era la de levantarse a abrir la puerta a toda la gente que se detenía a mirar el menú que consistía básicamente en algunos cortes vacunos para la parrilla con ensaladas o puré de papas, y a saludarlos amigablemente aún sin estar seguro de que entrarían. El efecto que causaba en la gente era de lo más diverso: algunos agradecían, otros se sentían invadidos y molestos por aquella invitación tácita que habían preferido evitar.

   Cuando lo mandaron a casa la vez pasada, lo primero que Ricardo y yo notamos fue que estaba más gordo, tenía una panza que hacía que el último botón de la camisa se viera como estrangulado y en la papada, dos o tres pliegues nuevos anunciaban unos cuantos kilos de más.

    -Estás mucho más gordo -le dijimos.

    -Puede ser, pero no me importa. De la azotea ando mucho mejor.   

    Esa noche no quiso quedarse en su casa y nos fuimos caminando hacia la costanera que quedaba cerca y que con las luces de la noche tenía cierta magia que siempre nos había gustado. El restaurante que frecuentábamos quedaba al final de la avenida, después del puente colgante, a la derecha, frente al Club de Pesca. Desde nuestra mesa, en la terraza sobre el río, por entre los  árboles floridos, podía verse la silueta de la ciudad iluminada. El olor a río llegaba hasta donde estábamos. No debe haber habido mejores noches que las que pasamos de jóvenes, deambulando por esa costanera durante noches enteras, pasando por plazas arboladas con juegos infantiles, bares concurridos en los que a la noche, a veces, se podía encontrar alguna mujer fácil para entretenerse, charlando un poco de todo, de fútbol y algo de actualidad, sintiéndonos si no felices, porque la felicidad es difícil de conseguir, por lo menos invadidos por una sensación de bienestar que nos hacía la vida más soportable. Recordábamos a menudo aquella época.

    A Franco lo conocimos en la escuela primaria, y los dos siempre pensamos que era medio raro, un poco sapo de otro pozo. No hay duda de que le faltaba algo, o le sobraba, no lo tengo muy claro, y también cabía la posibilidad de que esa carencia fuera una pretensión nuestra, de quererlo perfecto y que en realidad eso fuera no sólo imposible sino absurdo.

   Años más tarde, supimos que se había ennoviado con Estela, aquella chica tímida que estuvo con nosotros en el secundario, de cara blanda que daban ganas de acariciar porque las mejillas, bastante abultadas, le daban un aire de esponja de mar. Venía de un pueblito tan pequeño que no tenía más de tres cuadras y apenas contaba con lo necesario: una farmacia, una iglesia y un almacén de ramos generales que tenía un poco de todo, y que se había convertido en punto de encuentro nocturno porque además de cigarrillos se vendían algunas bebidas de bajo contenido de alcohol que se consumían al abrigo de un toldo verde con rayas blancas que se extendía desde la puerta de entrada hasta la pared medianera. No era eso lo que me molestaba de Estela, sino ese aspecto de colegiala llena de remilgues, su aire de primera de la clase que la habían convertido en algo casi sacro, intocable, en virgen inconfundible para la gente como nosotros. Porque ni Ricardo ni yo habíamos sido buenos alumnos, ni siquiera Franco.

    Todavía me acuerdo del primer día del secundario, cuando hicimos la fila para arriar la bandera y la vimos, parada delante nuestro, primera en la fila, su espalda algo hundida pero firme, flexible y corta, su pelo atado en una cola que le llegaba hasta la cintura. A Franco le gustó desde el primer momento a pesar de que  nosotros nunca entendimos la razón. No era fea, lo que se dice verdaderamente fea, pero esas mejillas y aquellos ojos diminutos que te esquivaban la mirada debajo de unas cejas un poco  abultadas y demasiado juntas, no la favorecían en lo más mínimo.

   Esa noche Estela parecía más nerviosa que de costumbre, a sus tics habituales se sumaba el de sonarse los huesos de la mano indefinidamente, y nos preguntábamos si sería porque Franco había llamado esa tarde. El bar estaba lleno de sus habituales parroquianos que venían después del trabajo a relajarse un poco o escuchar algo de música,  y la situación no era propicia para acercarse a hacerle preguntas que pudieran distraerla de su trabajo que era cobrar las cervezas, whiskys o ron  que bebía cada cliente. La vi mirar la hora muchas veces, como si estuviera esperando algo o quisiera apurar el tiempo para terminar su trabajo. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, había entrado un tipo que yo no había visto nunca. Pasó de largo del lugar donde estaba el pianista que siempre tocaba las mismas cosas, un par de tangos de Piazzolla, los más fáciles, y dos o tres temas de Frank Sinatra, y se sentó en una mesa chica que tenía cuatro sillas, levantando su brazo derecho para pedir una cerveza. El otro lo dejó descansando sobre el respaldo de la silla, mientras que marcaba el ritmo con los pies.

    -Los mareados, por favor.

   En el escenario los músicos, el violín, el bandoneón y el piano, terminaron de acomodarse quedando inmóviles por un momento: el primero estaba de pie en el otro lado del escenario y el bandoneonista se había sentado enfrente de él. Alguno dio dos golpes en el piso de madera y empezaron a tocar.

    Sin embargo, el tipo no bailó. Apenas el tango comenzó a escucharse miró hacia el infinito y se quedó inmóvil por un instante, moviéndose solamente para llenar su copa y beberla de a tragos cortos. Se quedo así un largo rato, marcando el ritmo con sus pies mientras empezó, o por lo menos así me pareció, a mirar a Estela con ganas, de abajo a arriba, minuciosamente, como si estuviera calculando el momento perfecto para acercarse. Pensé en Franco, en su habitación inmaculada donde ahora estaría descansando en una cama terapeútica ubicada lejos de la ventana que daba al patio central, y decidí pedir otra cerveza.

   Cuando se acercó ya era tarde, la mayoría de la gente que frecuentaba el bar se había ido a sus casas y sólo dos o tres personas seguían tomando o fumando o perdiendo el tiempo sentados a una mesa hasta que la noche se hiciera tan negra y espesa que no habría más remedio que retirarse a donde quiera que fuese, para algunos su casa, para otros, menos afortunados, una pensión o habitación descolorida y mal iluminada de hotel barato. Ella no pareció demasiado sorprendida, sólo vaciló un instante, lo miró a pesar del olor acre que le habían dejado la bebida y el cigarrillo, y le ofreció un café. Yo conocía ese costado de samaritana que había ejercido desde muy temprano, y no pensé nada más salvo que debía estar aburrida de pasar tanto tiempo sola, y que un poco de conversación le venía bien. El tipo se acodó en el mostrador mientras tomaba el café, acomodando la cuchara al costado de la taza de porcelana blanca que Estela ofrecía a los clientes que gastaban más, mientras lo miraba hablar todo el tiempo como si hubiera ido solo para eso, sin dejar traslucir mucho interés, yendo y viniendo con el paño absorbente para un lado y otro de la mesada. Un rato después, los vi empezar a conversar bastante animadamente, él hablaba primero, haciendo gestos ampulosos con los cuales describiría algo que para él era o había sido importante, y ella escuchaba con interés a pesar de que no dejaba de mover sus manos sobre el mostrador. Cada tanto, le llenaba la copa de un líquido color caramelo rosado que no pude saber qué era, pero que claramente no tenía mucho alcohol por la cantidad que ambos tomaban. Puede ser, o no, que eso haya terminado de aflojar a Estela y que le haya permitido disfrutar tanto, reírse a carcajadas limpias y sonoras que provocaron la sorpresa de los pocos que todavía seguíamos allí a pesar de que la primera luz del alba había comenzado a filtrarse por entre las ventanas del lugar.

   Antes de que el bar cerrara lo vi pasar a Sergio que tiempo atrás le había echado el ojo a Estela, vestido con aquel saco que le quedaba enorme y le colgaba por atrás. Echó una mirada compungida a la pareja mientras guardaba su billetera y se acercaba a la puerta. Pensé que era hora de irse, y haciendo un ademán hacia donde estaba Estela, anuncié mi partida. Ella me dirigió una sonrisa luminosa que se extendía debajo de sus diminutos ojos que brillaban de forma impensable, mientras agitaba una mano diciéndome que ya me traía la cuenta. Poco después, el hombre se paró y se fue, dejando un perfume a cigarrillos negros en el aire viciado del bar. Me fui tranquilo, al fin y al cabo si Estela decidía tirarse una canita al aire era cuestión suya, ya bastante debía haber sufrido con un marido como Franco y sus comportamientos bizarros, y con esa costumbre de internarse cada vez que se le ocurría descansar, dejándola sola con todo el trabajo del bar.

    Durante toda la semana, el tipo repitió su visita. Y así supe que se llamaba Clavel; venía directamente después del trabajo, siempre con su caja de cigarrillos llena, sus camisas de colores claros y su colonia barata que dejaba a su paso un aroma dulzón. Contaba historias que Estela escuchaba cada vez más embobada mientras desde mi mesa creía oír anécdotas que había vivido en Uruguay, en un pequeño pueblo que quedaba cerca del Río Negro.

   Se quedó un par de semanas, y una noche que volví al bar a buscar un paquete de cigarrillos importados en la mesa donde me había sentado, que no era la habitual, me los encontré en la calle probablemente en dirección del hotel donde él se alojaba. Me di cuenta de que Estela se sentía un poco incómoda pero hice como que no advertía la situación, y que simplemente los tomaba como una pareja más que salía a tomar el fresco de una noche de verano. Él me saludó con acento uruguayo y se limitó a soltar el brazo que rodeaba la cintura de Estela. Los vi cruzar la bocacalle. Sin darse cuenta, aceleraron un poco, y vistos desde afuera se diría que, apurados, estaban yendo a un lugar preciso al que llegarían a tiempo, mientras el ritmo y la expresión de sus caras denotaban satisfacción y un vestigio de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

  

  

 

     

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

   Estela no paraba de tocarse el pelo un momento, sin decir nada, los dedos obedientes acariciándolo mientras escuchaba la radio AM 105.4 con las últimas noticias del día y la música de los noventa que le gustaba, mientras ordenaba la caja registradora. La interrumpí para decirle algo, pero a ella parecía que nada le interesaba demasiado, ni lo que le decía yo, habitué de este bar de mala muerte, ni lo que le decían otros que venían por las tardes en busca de la distracción que era tan difícil encontrar en  este pueblo.

  Su marido se había tomado una temporada de descanso a base de anti-psicóticos y terapias ocupacionales en diferentes hospitales psiquiátricos. Se había internado hacía un mes en Bahia Blanca, lejos de todo para estar más tranquilo y desde allí controlaba lo que hacía su mujer sin involucrarse demasiado. Cada tanto le permitían llamarla por teléfono, de manera que aprovechaba para hacerle mil preguntas y recomendaciones, y de esa manera ella quedaba convencida de que lo mejor que podía pasar era que él siguiera allí, en ese sanatorio pulcro y descolorido con patios de plantas añejas y un par de jueguitos de metegol. Franco, que sabía un montón sobre las enfermedades de los locos y de los trucos de los psiquiatras para mantener a los enfermos internados durante largo tiempo, había pasado dos o tres meses en el hospital psiquiátrico del pueblo vecino. Aunque en el último tiempo las cosas habían cambiado, porque las obras sociales se resistían a pagar esas internaciones en las cuales los enfermos eran prácticamente abandonados por sus familias, y obligaban a los sanatorios a dar el alta lo antes posible. Así que, cuando  a él le venía bien, se fabricaba todos los motivos que hacían falta tener para que los médicos se interesaran en su caso, y lo alojaran en los pabellones que contaban con los mejores equipos y personal preparado para contener enfermos graves. Empezaba por adquirir alguna costumbre estrafalaria. A veces le había gustado dedicarse a coleccionar encendedores viejos, y lo vimos abalanzarse sobre mesas en los bares, o revisar tachos de basura en los restaurantes convenciendo a los mozos de que su madre había olvidado su dentadura postiza en la mesa ese mediodía. Otra de sus manías era la de levantarse a abrir la puerta a toda la gente que se detenía a mirar el menú que consistía básicamente en algunos cortes vacunos para la parrilla con ensaladas o puré de papas, y a saludarlos amigablemente aún sin estar seguro de que entrarían. El efecto que causaba en la gente era de lo más diverso: algunos agradecían, otros se sentían invadidos y molestos por aquella invitación tácita que habían preferido evitar.

   Cuando lo mandaron a casa la vez pasada, lo primero que Ricardo y yo notamos fue que estaba más gordo, tenía una panza que hacía que el último botón de la camisa se viera como estrangulado y en la papada, dos o tres pliegues nuevos anunciaban unos cuantos kilos de más.

    -Estás mucho más gordo -le dijimos.

    -Puede ser, pero no me importa. De la azotea ando mucho mejor.   

    Esa noche no quiso quedarse en su casa y nos fuimos caminando hacia la costanera que quedaba cerca y que con las luces de la noche tenía cierta magia que siempre nos había gustado. El restaurante que frecuentábamos quedaba al final de la avenida, después del puente colgante, a la derecha, frente al Club de Pesca. Desde nuestra mesa, en la terraza sobre el río, por entre los  árboles floridos, podía verse la silueta de la ciudad iluminada. El olor a río llegaba hasta donde estábamos. No debe haber habido mejores noches que las que pasamos de jóvenes, deambulando por esa costanera durante noches enteras, pasando por plazas arboladas con juegos infantiles, bares concurridos en los que a la noche, a veces, se podía encontrar alguna mujer fácil para entretenerse, charlando un poco de todo, de fútbol y algo de actualidad, sintiéndonos si no felices, porque la felicidad es difícil de conseguir, por lo menos invadidos por una sensación de bienestar que nos hacía la vida más soportable. Recordábamos a menudo aquella época.

    A Franco lo conocimos en la escuela primaria, y los dos siempre pensamos que era medio raro, un poco sapo de otro pozo. No hay duda de que le faltaba algo, o le sobraba, no lo tengo muy claro, y también cabía la posibilidad de que esa carencia fuera una pretensión nuestra, de quererlo perfecto y que en realidad eso fuera no sólo imposible sino absurdo.

   Años más tarde, supimos que se había ennoviado con Estela, aquella chica tímida que estuvo con nosotros en el secundario, de cara blanda que daban ganas de acariciar porque las mejillas, bastante abultadas, le daban un aire de esponja de mar. Venía de un pueblito tan pequeño que no tenía más de tres cuadras y apenas contaba con lo necesario: una farmacia, una iglesia y un almacén de ramos generales que tenía un poco de todo, y que se había convertido en punto de encuentro nocturno porque además de cigarrillos se vendían algunas bebidas de bajo contenido de alcohol que se consumían al abrigo de un toldo verde con rayas blancas que se extendía desde la puerta de entrada hasta la pared medianera. No era eso lo que me molestaba de Estela, sino ese aspecto de colegiala llena de remilgues, su aire de primera de la clase que la habían convertido en algo casi sacro, intocable, en virgen inconfundible para la gente como nosotros. Porque ni Ricardo ni yo habíamos sido buenos alumnos, ni siquiera Franco.

    Todavía me acuerdo del primer día del secundario, cuando hicimos la fila para arriar la bandera y la vimos, parada delante nuestro, primera en la fila, su espalda algo hundida pero firme, flexible y corta, su pelo atado en una cola que le llegaba hasta la cintura. A Franco le gustó desde el primer momento a pesar de que  nosotros nunca entendimos la razón. No era fea, lo que se dice verdaderamente fea, pero esas mejillas y aquellos ojos diminutos que te esquivaban la mirada debajo de unas cejas un poco  abultadas y demasiado juntas, no la favorecían en lo más mínimo.

   Esa noche Estela parecía más nerviosa que de costumbre, a sus tics habituales se sumaba el de sonarse los huesos de la mano indefinidamente, y nos preguntábamos si sería porque Franco había llamado esa tarde. El bar estaba lleno de sus habituales parroquianos que venían después del trabajo a relajarse un poco o escuchar algo de música,  y la situación no era propicia para acercarse a hacerle preguntas que pudieran distraerla de su trabajo que era cobrar las cervezas, whiskys o ron  que bebía cada cliente. La vi mirar la hora muchas veces, como si estuviera esperando algo o quisiera apurar el tiempo para terminar su trabajo. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, había entrado un tipo que yo no había visto nunca. Pasó de largo del lugar donde estaba el pianista que siempre tocaba las mismas cosas, un par de tangos de Piazzolla, los más fáciles, y dos o tres temas de Frank Sinatra, y se sentó en una mesa chica que tenía cuatro sillas, levantando su brazo derecho para pedir una cerveza. El otro lo dejó descansando sobre el respaldo de la silla, mientras que marcaba el ritmo con los pies.

    -Los mareados, por favor.

   En el escenario los músicos, el violín, el bandoneón y el piano, terminaron de acomodarse quedando inmóviles por un momento: el primero estaba de pie en el otro lado del escenario y el bandoneonista se había sentado enfrente de él. Alguno dio dos golpes en el piso de madera y empezaron a tocar.

    Sin embargo, el tipo no bailó. Apenas el tango comenzó a escucharse miró hacia el infinito y se quedó inmóvil por un instante, moviéndose solamente para llenar su copa y beberla de a tragos cortos. Se quedo así un largo rato, marcando el ritmo con sus pies mientras empezó, o por lo menos así me pareció, a mirar a Estela con ganas, de abajo a arriba, minuciosamente, como si estuviera calculando el momento perfecto para acercarse. Pensé en Franco, en su habitación inmaculada donde ahora estaría descansando en una cama terapeútica ubicada lejos de la ventana que daba al patio central, y decidí pedir otra cerveza.

   Cuando se acercó ya era tarde, la mayoría de la gente que frecuentaba el bar se había ido a sus casas y sólo dos o tres personas seguían tomando o fumando o perdiendo el tiempo sentados a una mesa hasta que la noche se hiciera tan negra y espesa que no habría más remedio que retirarse a donde quiera que fuese, para algunos su casa, para otros, menos afortunados, una pensión o habitación descolorida y mal iluminada de hotel barato. Ella no pareció demasiado sorprendida, sólo vaciló un instante, lo miró a pesar del olor acre que le habían dejado la bebida y el cigarrillo, y le ofreció un café. Yo conocía ese costado de samaritana que había ejercido desde muy temprano, y no pensé nada más salvo que debía estar aburrida de pasar tanto tiempo sola, y que un poco de conversación le venía bien. El tipo se acodó en el mostrador mientras tomaba el café, acomodando la cuchara al costado de la taza de porcelana blanca que Estela ofrecía a los clientes que gastaban más, mientras lo miraba hablar todo el tiempo como si hubiera ido solo para eso, sin dejar traslucir mucho interés, yendo y viniendo con el paño absorbente para un lado y otro de la mesada. Un rato después, los vi empezar a conversar bastante animadamente, él hablaba primero, haciendo gestos ampulosos con los cuales describiría algo que para él era o había sido importante, y ella escuchaba con interés a pesar de que no dejaba de mover sus manos sobre el mostrador. Cada tanto, le llenaba la copa de un líquido color caramelo rosado que no pude saber qué era, pero que claramente no tenía mucho alcohol por la cantidad que ambos tomaban. Puede ser, o no, que eso haya terminado de aflojar a Estela y que le haya permitido disfrutar tanto, reírse a carcajadas limpias y sonoras que provocaron la sorpresa de los pocos que todavía seguíamos allí a pesar de que la primera luz del alba había comenzado a filtrarse por entre las ventanas del lugar.

   Antes de que el bar cerrara lo vi pasar a Sergio que tiempo atrás le había echado el ojo a Estela, vestido con aquel saco que le quedaba enorme y le colgaba por atrás. Echó una mirada compungida a la pareja mientras guardaba su billetera y se acercaba a la puerta. Pensé que era hora de irse, y haciendo un ademán hacia donde estaba Estela, anuncié mi partida. Ella me dirigió una sonrisa luminosa que se extendía debajo de sus diminutos ojos que brillaban de forma impensable, mientras agitaba una mano diciéndome que ya me traía la cuenta. Poco después, el hombre se paró y se fue, dejando un perfume a cigarrillos negros en el aire viciado del bar. Me fui tranquilo, al fin y al cabo si Estela decidía tirarse una canita al aire era cuestión suya, ya bastante debía haber sufrido con un marido como Franco y sus comportamientos bizarros, y con esa costumbre de internarse cada vez que se le ocurría descansar, dejándola sola con todo el trabajo del bar.

    Durante toda la semana, el tipo repitió su visita. Y así supe que se llamaba Clavel; venía directamente después del trabajo, siempre con su caja de cigarrillos llena, sus camisas de colores claros y su colonia barata que dejaba a su paso un aroma dulzón. Contaba historias que Estela escuchaba cada vez más embobada mientras desde mi mesa creía oír anécdotas que había vivido en Uruguay, en un pequeño pueblo que quedaba cerca del Río Negro.

   Se quedó un par de semanas, y una noche que volví al bar a buscar un paquete de cigarrillos importados en la mesa donde me había sentado, que no era la habitual, me los encontré en la calle probablemente en dirección del hotel donde él se alojaba. Me di cuenta de que Estela se sentía un poco incómoda pero hice como que no advertía la situación, y que simplemente los tomaba como una pareja más que salía a tomar el fresco de una noche de verano. Él me saludó con acento uruguayo y se limitó a soltar el brazo que rodeaba la cintura de Estela. Los vi cruzar la bocacalle. Sin darse cuenta, aceleraron un poco, y vistos desde afuera se diría que, apurados, estaban yendo a un lugar preciso al que llegarían a tiempo, mientras el ritmo y la expresión de sus caras denotaban satisfacción y un vestigio de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

  

    

 

    

 

   Estela no paraba de tocarse el pelo un momento, sin decir nada, los dedos obedientes acariciándolo mientras escuchaba la radio AM 105.4 con las últimas noticias del día y la música de los noventa que le gustaba, mientras ordenaba la caja registradora. La interrumpí para decirle algo, pero a ella parecía que nada le interesaba demasiado, ni lo que le decía yo, habitué de este bar de mala muerte, ni lo que le decían otros que venían por las tardes en busca de la distracción que era tan difícil encontrar en  este pueblo.

  Su marido se había tomado una temporada de descanso a base de anti-psicóticos y terapias ocupacionales en diferentes hospitales psiquiátricos. Se había internado hacía un mes en Bahia Blanca, lejos de todo para estar más tranquilo y desde allí controlaba lo que hacía su mujer sin involucrarse demasiado. Cada tanto le permitían llamarla por teléfono, de manera que aprovechaba para hacerle mil preguntas y recomendaciones, y de esa manera ella quedaba convencida de que lo mejor que podía pasar era que él siguiera allí, en ese sanatorio pulcro y descolorido con patios de plantas añejas y un par de jueguitos de metegol. Franco, que sabía un montón sobre las enfermedades de los locos y de los trucos de los psiquiatras para mantener a los enfermos internados durante largo tiempo, había pasado dos o tres meses en el hospital psiquiátrico del pueblo vecino. Aunque en el último tiempo las cosas habían cambiado, porque las obras sociales se resistían a pagar esas internaciones en las cuales los enfermos eran prácticamente abandonados por sus familias, y obligaban a los sanatorios a dar el alta lo antes posible. Así que, cuando  a él le venía bien, se fabricaba todos los motivos que hacían falta tener para que los médicos se interesaran en su caso, y lo alojaran en los pabellones que contaban con los mejores equipos y personal preparado para contener enfermos graves. Empezaba por adquirir alguna costumbre estrafalaria. A veces le había gustado dedicarse a coleccionar encendedores viejos, y lo vimos abalanzarse sobre mesas en los bares, o revisar tachos de basura en los restaurantes convenciendo a los mozos de que su madre había olvidado su dentadura postiza en la mesa ese mediodía. Otra de sus manías era la de levantarse a abrir la puerta a toda la gente que se detenía a mirar el menú que consistía básicamente en algunos cortes vacunos para la parrilla con ensaladas o puré de papas, y a saludarlos amigablemente aún sin estar seguro de que entrarían. El efecto que causaba en la gente era de lo más diverso: algunos agradecían, otros se sentían invadidos y molestos por aquella invitación tácita que habían preferido evitar.

   Cuando lo mandaron a casa la vez pasada, lo primero que Ricardo y yo notamos fue que estaba más gordo, tenía una panza que hacía que el último botón de la camisa se viera como estrangulado y en la papada, dos o tres pliegues nuevos anunciaban unos cuantos kilos de más.

    -Estás mucho más gordo -le dijimos.

    -Puede ser, pero no me importa. De la azotea ando mucho mejor.   

    Esa noche no quiso quedarse en su casa y nos fuimos caminando hacia la costanera que quedaba cerca y que con las luces de la noche tenía cierta magia que siempre nos había gustado. El restaurante que frecuentábamos quedaba al final de la avenida, después del puente colgante, a la derecha, frente al Club de Pesca. Desde nuestra mesa, en la terraza sobre el río, por entre los  árboles floridos, podía verse la silueta de la ciudad iluminada. El olor a río llegaba hasta donde estábamos. No debe haber habido mejores noches que las que pasamos de jóvenes, deambulando por esa costanera durante noches enteras, pasando por plazas arboladas con juegos infantiles, bares concurridos en los que a la noche, a veces, se podía encontrar alguna mujer fácil para entretenerse, charlando un poco de todo, de fútbol y algo de actualidad, sintiéndonos si no felices, porque la felicidad es difícil de conseguir, por lo menos invadidos por una sensación de bienestar que nos hacía la vida más soportable. Recordábamos a menudo aquella época.

    A Franco lo conocimos en la escuela primaria, y los dos siempre pensamos que era medio raro, un poco sapo de otro pozo. No hay duda de que le faltaba algo, o le sobraba, no lo tengo muy claro, y también cabía la posibilidad de que esa carencia fuera una pretensión nuestra, de quererlo perfecto y que en realidad eso fuera no sólo imposible sino absurdo.

   Años más tarde, supimos que se había ennoviado con Estela, aquella chica tímida que estuvo con nosotros en el secundario, de cara blanda que daban ganas de acariciar porque las mejillas, bastante abultadas, le daban un aire de esponja de mar. Venía de un pueblito tan pequeño que no tenía más de tres cuadras y apenas contaba con lo necesario: una farmacia, una iglesia y un almacén de ramos generales que tenía un poco de todo, y que se había convertido en punto de encuentro nocturno porque además de cigarrillos se vendían algunas bebidas de bajo contenido de alcohol que se consumían al abrigo de un toldo verde con rayas blancas que se extendía desde la puerta de entrada hasta la pared medianera. No era eso lo que me molestaba de Estela, sino ese aspecto de colegiala llena de remilgues, su aire de primera de la clase que la habían convertido en algo casi sacro, intocable, en virgen inconfundible para la gente como nosotros. Porque ni Ricardo ni yo habíamos sido buenos alumnos, ni siquiera Franco.

    Todavía me acuerdo del primer día del secundario, cuando hicimos la fila para arriar la bandera y la vimos, parada delante nuestro, primera en la fila, su espalda algo hundida pero firme, flexible y corta, su pelo atado en una cola que le llegaba hasta la cintura. A Franco le gustó desde el primer momento a pesar de que  nosotros nunca entendimos la razón. No era fea, lo que se dice verdaderamente fea, pero esas mejillas y aquellos ojos diminutos que te esquivaban la mirada debajo de unas cejas un poco  abultadas y demasiado juntas, no la favorecían en lo más mínimo.

   Esa noche Estela parecía más nerviosa que de costumbre, a sus tics habituales se sumaba el de sonarse los huesos de la mano indefinidamente, y nos preguntábamos si sería porque Franco había llamado esa tarde. El bar estaba lleno de sus habituales parroquianos que venían después del trabajo a relajarse un poco o escuchar algo de música,  y la situación no era propicia para acercarse a hacerle preguntas que pudieran distraerla de su trabajo que era cobrar las cervezas, whiskys o ron  que bebía cada cliente. La vi mirar la hora muchas veces, como si estuviera esperando algo o quisiera apurar el tiempo para terminar su trabajo. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, había entrado un tipo que yo no había visto nunca. Pasó de largo del lugar donde estaba el pianista que siempre tocaba las mismas cosas, un par de tangos de Piazzolla, los más fáciles, y dos o tres temas de Frank Sinatra, y se sentó en una mesa chica que tenía cuatro sillas, levantando su brazo derecho para pedir una cerveza. El otro lo dejó descansando sobre el respaldo de la silla, mientras que marcaba el ritmo con los pies.

    -Los mareados, por favor.

   En el escenario los músicos, el violín, el bandoneón y el piano, terminaron de acomodarse quedando inmóviles por un momento: el primero estaba de pie en el otro lado del escenario y el bandoneonista se había sentado enfrente de él. Alguno dio dos golpes en el piso de madera y empezaron a tocar.

    Sin embargo, el tipo no bailó. Apenas el tango comenzó a escucharse miró hacia el infinito y se quedó inmóvil por un instante, moviéndose solamente para llenar su copa y beberla de a tragos cortos. Se quedo así un largo rato, marcando el ritmo con sus pies mientras empezó, o por lo menos así me pareció, a mirar a Estela con ganas, de abajo a arriba, minuciosamente, como si estuviera calculando el momento perfecto para acercarse. Pensé en Franco, en su habitación inmaculada donde ahora estaría descansando en una cama terapeútica ubicada lejos de la ventana que daba al patio central, y decidí pedir otra cerveza.

   Cuando se acercó ya era tarde, la mayoría de la gente que frecuentaba el bar se había ido a sus casas y sólo dos o tres personas seguían tomando o fumando o perdiendo el tiempo sentados a una mesa hasta que la noche se hiciera tan negra y espesa que no habría más remedio que retirarse a donde quiera que fuese, para algunos su casa, para otros, menos afortunados, una pensión o habitación descolorida y mal iluminada de hotel barato. Ella no pareció demasiado sorprendida, sólo vaciló un instante, lo miró a pesar del olor acre que le habían dejado la bebida y el cigarrillo, y le ofreció un café. Yo conocía ese costado de samaritana que había ejercido desde muy temprano, y no pensé nada más salvo que debía estar aburrida de pasar tanto tiempo sola, y que un poco de conversación le venía bien. El tipo se acodó en el mostrador mientras tomaba el café, acomodando la cuchara al costado de la taza de porcelana blanca que Estela ofrecía a los clientes que gastaban más, mientras lo miraba hablar todo el tiempo como si hubiera ido solo para eso, sin dejar traslucir mucho interés, yendo y viniendo con el paño absorbente para un lado y otro de la mesada. Un rato después, los vi empezar a conversar bastante animadamente, él hablaba primero, haciendo gestos ampulosos con los cuales describiría algo que para él era o había sido importante, y ella escuchaba con interés a pesar de que no dejaba de mover sus manos sobre el mostrador. Cada tanto, le llenaba la copa de un líquido color caramelo rosado que no pude saber qué era, pero que claramente no tenía mucho alcohol por la cantidad que ambos tomaban. Puede ser, o no, que eso haya terminado de aflojar a Estela y que le haya permitido disfrutar tanto, reírse a carcajadas limpias y sonoras que provocaron la sorpresa de los pocos que todavía seguíamos allí a pesar de que la primera luz del alba había comenzado a filtrarse por entre las ventanas del lugar.

   Antes de que el bar cerrara lo vi pasar a Sergio que tiempo atrás le había echado el ojo a Estela, vestido con aquel saco que le quedaba enorme y le colgaba por atrás. Echó una mirada compungida a la pareja mientras guardaba su billetera y se acercaba a la puerta. Pensé que era hora de irse, y haciendo un ademán hacia donde estaba Estela, anuncié mi partida. Ella me dirigió una sonrisa luminosa que se extendía debajo de sus diminutos ojos que brillaban de forma impensable, mientras agitaba una mano diciéndome que ya me traía la cuenta. Poco después, el hombre se paró y se fue, dejando un perfume a cigarrillos negros en el aire viciado del bar. Me fui tranquilo, al fin y al cabo si Estela decidía tirarse una canita al aire era cuestión suya, ya bastante debía haber sufrido con un marido como Franco y sus comportamientos bizarros, y con esa costumbre de internarse cada vez que se le ocurría descansar, dejándola sola con todo el trabajo del bar.

    Durante toda la semana, el tipo repitió su visita. Y así supe que se llamaba Clavel; venía directamente después del trabajo, siempre con su caja de cigarrillos llena, sus camisas de colores claros y su colonia barata que dejaba a su paso un aroma dulzón. Contaba historias que Estela escuchaba cada vez más embobada mientras desde mi mesa creía oír anécdotas que había vivido en Uruguay, en un pequeño pueblo que quedaba cerca del Río Negro.

   Se quedó un par de semanas, y una noche que volví al bar a buscar un paquete de cigarrillos importados en la mesa donde me había sentado, que no era la habitual, me los encontré en la calle probablemente en dirección del hotel donde él se alojaba. Me di cuenta de que Estela se sentía un poco incómoda pero hice como que no advertía la situación, y que simplemente los tomaba como una pareja más que salía a tomar el fresco de una noche de verano. Él me saludó con acento uruguayo y se limitó a soltar el brazo que rodeaba la cintura de Estela. Los vi cruzar la bocacalle. Sin darse cuenta, aceleraron un poco, y vistos desde afuera se diría que, apurados, estaban yendo a un lugar preciso al que llegarían a tiempo, mientras el ritmo y la expresión de sus caras denotaban satisfacción y un vestigio de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

  

  

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   
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