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 Mariana Blousson
15-10-2014 

"TRES MUJERES", POR MARIANA BLOUSSON

 

 

                 

 

                                               Tres mujeres

 

 

       -¿Me pasás la lana verde por favor?

       -Ahí va. ¿Ya empezaste con el fondo?

       -Sí. Al fin pude hacerlo.

   Se había hecho tarde y las tres mujeres seguían empeñadas en terminar el trabajo que les había encargado una de las señoras: la que construyó una casa lujosa en la parte nueva del pueblo, donde los terrenos son más grandes y hay una plaza en la esquina con toboganes y sube y bajas para los chicos. A pesar de que el pueblo era pequeño, había comenzado a crecer gracias a la suba internacional de los cultivos. La gente se había lanzado a la producción de soja hasta en lugares impensados: en los bordes de los caminos, en el espacio entre un alambrado y otro, dejando prácticamente nada libre para que pasten animales o se improvise un asadito o una mateada.

   La más vieja era la que llevaba la voz cantante y organizaba el trabajo. Era una mujer que parecía tener más de setenta años, pero es sabido que en el campo la gente se avejenta más rápido y quizá tenía menos; su frente estaba surcada de arrugas profundas que se intensificaban alrededor de su ceño. Debajo, sus ojos se abrían grandes y oscuros, observando atentos el desarrollo del trabajo de punto cruz  que estaban haciendo.  

 

     -¿Qué me decís de lo que dijo ayer, Mirta?

      -¿Lo que dijo quién?

      -El viejo Yepes. Dijo que ella había vuelto.

      -¿Eso dijo?

      -Sí. ¿Vos qué pensás?

    -Chicas, basta -dijo Irene. Me gustaría que entreguemos alguno hoy.

     -Pongámonos de acuerdo entonces. ¿Cuál hacemos primero?

     -Yo digo que el de flores grandes. Es el que está más adelantado.

     -Está bien. Cuando termines tu parte dámelo así le pongo la tapa. Vos, Silvia, ocupate del cierre.

 

      Por la puerta se veía la lluvia que caía incesante, borroneando todo. En la vereda de enfrente, el cartel de la farmacia se distinguía apenas, y de a ratos, parecía más una ilusión que otra cosa. A Silvia no le gustaba cuando la lluvia era tan fuerte. Habitualmente estas tormentas no traían nada bueno, cuando eran eléctricas había peligro de que alguien muriera electrocutado en el medio del campo, otras veces, la lluvia era tanta que todo el pueblo y hasta los alrededores se inundaban. Que el agua bajara llevaba mucho tiempo. La última vez, la inundación había durado meses, muchos animales se habían muerto, y la gente que vivía en los bajos había perdido su mobiliario, su ropa y los pocos electrodoméstico que tenían.

    Mirta se acercó con una taza de café caliente que olía espléndidamente bien e Irene aceptó agradecida. Pensó que era una buena compañera de trabajo, se levantaba a hacer el café a media tarde, silenciosamente, y lo traía servido, acompañado con una lechera pequeña de cerámica floreada que le había regalado su suegra y unas masitas secas que hacía en su casa. Era una chica bastante joven: su cuerpo, un poco fofo para su edad, pero su pasión por los chocolates y el dulce de leche no permitían que fuera de otra manera. Por más recomendaciones que le hacían para que bajara de peso, no parecía interesada en hacerlo y ya todos nos habíamos encariñado con su cara redonda y su sobrepeso. Tenía un pelo brillante que caía por su espalda hasta la cintura y que cuando se movía despedía un aroma parecido al de la flor de los ligustros que abundaban en la plaza del pueblo.

  Después del café, Irene le alcanzó un nuevo ovillo a Mirta para que comenzara a quitar las lanas que utilizaría para su bordado, un almohadón que tenía un  fondo con predominancia del color negro, donde unos pequeños ramos de nomeolvides se destacaban por su fuerte tonalidad. No hacía mucho que estaba con ella, le gustaba porque lo hacía bien, sus puntadas tenían la tensión perfecta y las terminaciones era impecables, pero había cierta tendencia en ella a hablar demasiado y a hacerse eco de infinitas habladurías sobre la gente que vivía en el pueblo o en los campos vecinos.

 

   -Según el viejo Yepes hoy hacen quince años.

    -¿Ya quince años?

     -Y sí. Liliana apenas tenía dos, y mirá lo que es ahora.

     -¡Pobre gente! ¿No?

     -Y...la verdad que sí. Fue terrible.

     -El padre siguió yendo a misa los domingos pero nadie le creía nada. A los hijos no se los vio más.

 

    La lluvia seguía cayendo cuando Silvia terminó de coser la tapa del almohadón. El ruido de los truenos era estremecedor y el refucilo de los relámpagos les hicieron temer un corte de luz. Habitualmente, cuando había tormentas, la cortaban durante un par de horas que a veces se extendía por varios días. A Silvia las tormentas la atemorizaban, el ruido de los truenos y del agua desplomándose sobre los techos la enervaba hasta el punto de tener que ponerse los tapones que se usan en los aviones, y odiaba el barro pegajoso que quedaba después cuando el agua se retiraba. Su casa estaba al lado de unos terrenos baldíos donde se juntaba y no se escurría sola, por lo tanto, había que hundirse en ese magma pestilente y, con las palas, comenzar a echarla hacia la calle.

  

     -¿Vos creés que...?

     -No sé. Son cosas que se dicen.

     -Chicas, ¿Por qué no hablan de otro tema? No hay que despertar a los malos espíritus.

     -Tenés razón. Ya me falta poco. Termino y te lo doy, así lo cosés. ¿Empiezo otro?

     -Sí. Empezá el de los pájaros.

     -Por suerte ahora ya no pasa nada raro en este barrio. Es toda gente tranquila.

     -Verdad, pero a veces un poco de novedad es bueno.

     -No llamarás a eso novedad.

     -Es una forma de decir.

     -Todavía la recuerdo.

     -Yo también. Tan linda que era.

     -Una mujer muy agradable.

     -¿Ella?

     -Sí, ella.

    -¿Y cuándo la vieron por última vez?

    -Hace dos días. Por la tarde.

 

        El viento abrió la ventana sobresaltando a Silvia que se puso blanca como si hubiera visto al propio diablo. Los relámpagos iluminaban el cielo con sus chicotazos azules, dándole al entorno una apariencia espectral. A unos quinientos metros vieron caer un rayo sobre un árbol que estuvo ardiendo un buen rato con llamas anaranjadas que se imponían a la lluvia y anticipaban un triste final. Vieron la cara de una mujer iluminada por los relámpagos que parecía estar acercándose, cuando se oyó un estruendo y la luz se cortó dejándolas a oscuras. Mientras Silvia temblaba de terror, Mirta caminó como pudo hasta la minúscula cocina que había al fondo y buscó unos paquetes de velas que estaban viejas y amarillentas de tanto estar guardadas. Encendió unas cuantas y las repartió por el lugar. Se volvieron a sentar calladas, mirándose con los ojos bajos, las bocas apenas entreabiertas, sin decir absolutamente nada. Apareció una gotera cerca de la puerta y pusieron una cacerolas y la dejaron allí, el agua golpeaba el metal y por lo menos ese ruido, que no era ni de trueno ni de relámpago las acompañaba, y hacía la espera un poco menos lenta. Por la ventana entreabierta no se veía nada. Todo estaba negro salvo los momentos en los que temblaban los relámpagos. Entonces tampoco era posible ver nada porque la intensidad de la luz era tan fuerte que todo se ponía completamente blanco. Se quedaron mudas durante un largo rato, Mirta empezó a hacerse sonar los nudillos mientras Silvia disimuladamente rezaba un rosario o algo que iba marcando con los dedos de su mano que doblaba y estiraba al mismo tiempo que murmuraba algo en voz tan baja que no se distinguía bien. Irene no parecía tener miedo.

  Varios minutos más tarde, la luz volvió, y también el color a la cara de Silvia que finalmente dejó en paz sus dedos, y se acercó a la ventana del frente intentando ver lo que había ocurrido a través del vidrio salpicado de barro que habían dejado los autos que pasaron por allí. El silbido de la pava de agua caliente la sacó de sus pensamientos y se acercó a ayudar a Irene con las tazas y cucharas para el té. Un suave aroma a cedrón se esparció por todo el lugar.

 

 

    -El padre subió a todos a la camioneta y se los llevó.

    -¿Adónde?

    -Nadie sabe. Supongo que a un pueblo vecino.

    -¿Y?

    -Nada. Nunca más supimos nada.

    -Hasta ayer.

    -¿Cómo hasta ayer? ¿Vos la viste?

    -El viejo Yepes la vio. La vio pasar en auto por la calle principal.

    -¿En serio? No lo puedo creer. ¿Y para qué habrá venido?

    -Ni idea.

    -Chicas, a ver si dejan de chismorrear y se concentran en el trabajo. Hay que terminar estos almohadones para pasado mañana. La clienta dijo que iba a venir a buscarlos.

    -¿Con qué color sigo? En el dibujo no está muy claro.

    -¿Terminaste con el verde?

    -Sí, hace rato.

    -Seguí con negro entonces.

    -¿Y yo?

      -Vos empezá a coser las partes. Planchalos bien antes.

 

     El grueso de la tormenta eléctrica había pasado: a los flashes anaranjados seguía el rugir apagado de los truenos. El viento también había amainado pero la lluvia persistía, densa, fuerte. Cuando salimos seguía cayendo impertérrita, empapando a los que habían salido sin paraguas o impermeable y trataban de llegar a sus casas hundiéndose en las calles inundadas de barro, con el viento imparable enredándoles el pelo o tironeando de las carpetas o las bolsas con compras de verduras o artículos de almacén. El agua caía tan rápido que se amontonaba con fuerza debajo de sus pies, empapando los zapatos y los bordes de los pantalones que se ponían pesados y empujaban hacia el suelo dificultando aún más la caminata en esa tierra mojada y gredosa que pegoteaba todo.

   Al día siguiente en la radio no se hablaría de otra cosa. Voladura de techos, inundación, destrozos en los sembrados, animales muertos, víctimas humanas quizá. Seguramente. Siempre moría alguien porque se caía un poste de luz, se cortaban cables, alguien se electrocutaba. Primero el castigo de la sequía y luego el de la lluvia.

  Hicieron una cuadra caminando debajo de los fresnos, enterrrándose en el barro, y luego pareció que iban por una parte baja porque los pies desaparecían bajo una mancha oscura, enorme, que debía ser agua pero que en la oscuridad era imposible de discernir.

    

     -¿Y cómo estaba la chica?

     -Igual que antes. Envejecida, los rasgos endurecidos por el rencor y la desesperación. Yepes dijo que no era la primera vez que venía.

     -Ah ¿no?

     -No. Hace un mes que empezó a venir.

     -¿Y qué hace?

     -No se baja nunca del auto. Pasa por la calle principal y dobla donde está su casa. Allí estaciona y se queda mirando.

     -¿Mirando qué?

     -No sé. Mira su casa supongo.

     -¡Qué cosa más rara! Para mí que quedó medio tocada.

     -No es para menos.

     -¿Y por qué mirará la casa?

     -Ni idea. El padre ya no vive acá. Así que ésa no es la razón.

      -Lo mataron de un tiro una noche oscura. Nunca encontraron al asesino.

     -Adelina dice que la chica está loca y viene a buscar a la madre.

     -Puede ser. Después de lo que pasó, cualquiera se volvería loco. Dicen que fueron celos.

    -¿Celos? ¿En serio dicen eso?

     -Y ¿por qué no? Hay muchos crímenes por amor.

     -Me parece muy fuerte.

      -Chicas, ¿quieren callarse? Si siguen así, no van a terminar.

 

 

 

 

 

 

 

       Mariana Blousson                  Octubre 2014

   

  

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

                                            

       -¿Me pasás la lana verde por favor?

       -Ahí va. ¿Ya empezaste con el fondo?

       -Sí. Al fin pude hacerlo.

   Se había hecho tarde y las tres mujeres seguían empeñadas en terminar el trabajo que les había encargado una de las señoras: la que construyó una casa lujosa en la parte nueva del pueblo, donde los terrenos son más grandes y hay una plaza en la esquina con toboganes y sube y bajas para los chicos. A pesar de que el pueblo era pequeño, había comenzado a crecer gracias a la suba internacional de los cultivos. La gente se había lanzado a la producción de soja hasta en lugares impensados: en los bordes de los caminos, en el espacio entre un alambrado y otro, dejando prácticamente nada libre para que pasten animales o se improvise un asadito o una mateada.

   La más vieja era la que llevaba la voz cantante y organizaba el trabajo. Era una mujer que parecía tener más de setenta años, pero es sabido que en el campo la gente se avejenta más rápido y quizá tenía menos; su frente estaba surcada de arrugas profundas que se intensificaban alrededor de su ceño. Debajo, sus ojos se abrían grandes y oscuros, observando atentos el desarrollo del trabajo de punto cruz  que estaban haciendo.  

 

     -¿Qué me decís de lo que dijo ayer, Mirta?

      -¿Lo que dijo quién?

      -El viejo Yepes. Dijo que ella había vuelto.

      -¿Eso dijo?

      -Sí. ¿Vos qué pensás?

    -Chicas, basta -dijo Irene. Me gustaría que entreguemos alguno hoy.

     -Pongámonos de acuerdo entonces. ¿Cuál hacemos primero?

     -Yo digo que el de flores grandes. Es el que está más adelantado.

     -Está bien. Cuando termines tu parte dámelo así le pongo la tapa. Vos, Silvia, ocupate del cierre.

 

      Por la puerta se veía la lluvia que caía incesante, borroneando todo. En la vereda de enfrente, el cartel de la farmacia se distinguía apenas, y de a ratos, parecía más una ilusión que otra cosa. A Silvia no le gustaba cuando la lluvia era tan fuerte. Habitualmente estas tormentas no traían nada bueno, cuando eran eléctricas había peligro de que alguien muriera electrocutado en el medio del campo, otras veces, la lluvia era tanta que todo el pueblo y hasta los alrededores se inundaban. Que el agua bajara llevaba mucho tiempo. La última vez, la inundación había durado meses, muchos animales se habían muerto, y la gente que vivía en los bajos había perdido su mobiliario, su ropa y los pocos electrodoméstico que tenían.

    Mirta se acercó con una taza de café caliente que olía espléndidamente bien e Irene aceptó agradecida. Pensó que era una buena compañera de trabajo, se levantaba a hacer el café a media tarde, silenciosamente, y lo traía servido, acompañado con una lechera pequeña de cerámica floreada que le había regalado su suegra y unas masitas secas que hacía en su casa. Era una chica bastante joven: su cuerpo, un poco fofo para su edad, pero su pasión por los chocolates y el dulce de leche no permitían que fuera de otra manera. Por más recomendaciones que le hacían para que bajara de peso, no parecía interesada en hacerlo y ya todos nos habíamos encariñado con su cara redonda y su sobrepeso. Tenía un pelo brillante que caía por su espalda hasta la cintura y que cuando se movía despedía un aroma parecido al de la flor de los ligustros que abundaban en la plaza del pueblo.

  Después del café, Irene le alcanzó un nuevo ovillo a Mirta para que comenzara a quitar las lanas que utilizaría para su bordado, un almohadón que tenía un  fondo con predominancia del color negro, donde unos pequeños ramos de nomeolvides se destacaban por su fuerte tonalidad. No hacía mucho que estaba con ella, le gustaba porque lo hacía bien, sus puntadas tenían la tensión perfecta y las terminaciones era impecables, pero había cierta tendencia en ella a hablar demasiado y a hacerse eco de infinitas habladurías sobre la gente que vivía en el pueblo o en los campos vecinos.

 

   -Según el viejo Yepes hoy hacen quince años.

    -¿Ya quince años?

     -Y sí. Liliana apenas tenía dos, y mirá lo que es ahora.

     -¡Pobre gente! ¿No?

     -Y...la verdad que sí. Fue terrible.

     -El padre siguió yendo a misa los domingos pero nadie le creía nada. A los hijos no se los vio más.

 

    La lluvia seguía cayendo cuando Silvia terminó de coser la tapa del almohadón. El ruido de los truenos era estremecedor y el refucilo de los relámpagos les hicieron temer un corte de luz. Habitualmente, cuando había tormentas, la cortaban durante un par de horas que a veces se extendía por varios días. A Silvia las tormentas la atemorizaban, el ruido de los truenos y del agua desplomándose sobre los techos la enervaba hasta el punto de tener que ponerse los tapones que se usan en los aviones, y odiaba el barro pegajoso que quedaba después cuando el agua se retiraba. Su casa estaba al lado de unos terrenos baldíos donde se juntaba y no se escurría sola, por lo tanto, había que hundirse en ese magma pestilente y, con las palas, comenzar a echarla hacia la calle.

  

     -¿Vos creés que...?

     -No sé. Son cosas que se dicen.

     -Chicas, ¿Por qué no hablan de otro tema? No hay que despertar a los malos espíritus.

     -Tenés razón. Ya me falta poco. Termino y te lo doy, así lo cosés. ¿Empiezo otro?

     -Sí. Empezá el de los pájaros.

     -Por suerte ahora ya no pasa nada raro en este barrio. Es toda gente tranquila.

     -Verdad, pero a veces un poco de novedad es bueno.

     -No llamarás a eso novedad.

     -Es una forma de decir.

     -Todavía la recuerdo.

     -Yo también. Tan linda que era.

     -Una mujer muy agradable.

     -¿Ella?

     -Sí, ella.

    -¿Y cuándo la vieron por última vez?

    -Hace dos días. Por la tarde.

 

        El viento abrió la ventana sobresaltando a Silvia que se puso blanca como si hubiera visto al propio diablo. Los relámpagos iluminaban el cielo con sus chicotazos azules, dándole al entorno una apariencia espectral. A unos quinientos metros vieron caer un rayo sobre un árbol que estuvo ardiendo un buen rato con llamas anaranjadas que se imponían a la lluvia y anticipaban un triste final. Vieron la cara de una mujer iluminada por los relámpagos que parecía estar acercándose, cuando se oyó un estruendo y la luz se cortó dejándolas a oscuras. Mientras Silvia temblaba de terror, Mirta caminó como pudo hasta la minúscula cocina que había al fondo y buscó unos paquetes de velas que estaban viejas y amarillentas de tanto estar guardadas. Encendió unas cuantas y las repartió por el lugar. Se volvieron a sentar calladas, mirándose con los ojos bajos, las bocas apenas entreabiertas, sin decir absolutamente nada. Apareció una gotera cerca de la puerta y pusieron una cacerolas y la dejaron allí, el agua golpeaba el metal y por lo menos ese ruido, que no era ni de trueno ni de relámpago las acompañaba, y hacía la espera un poco menos lenta. Por la ventana entreabierta no se veía nada. Todo estaba negro salvo los momentos en los que temblaban los relámpagos. Entonces tampoco era posible ver nada porque la intensidad de la luz era tan fuerte que todo se ponía completamente blanco. Se quedaron mudas durante un largo rato, Mirta empezó a hacerse sonar los nudillos mientras Silvia disimuladamente rezaba un rosario o algo que iba marcando con los dedos de su mano que doblaba y estiraba al mismo tiempo que murmuraba algo en voz tan baja que no se distinguía bien. Irene no parecía tener miedo.

  Varios minutos más tarde, la luz volvió, y también el color a la cara de Silvia que finalmente dejó en paz sus dedos, y se acercó a la ventana del frente intentando ver lo que había ocurrido a través del vidrio salpicado de barro que habían dejado los autos que pasaron por allí. El silbido de la pava de agua caliente la sacó de sus pensamientos y se acercó a ayudar a Irene con las tazas y cucharas para el té. Un suave aroma a cedrón se esparció por todo el lugar.

 

 

    -El padre subió a todos a la camioneta y se los llevó.

    -¿Adónde?

    -Nadie sabe. Supongo que a un pueblo vecino.

    -¿Y?

    -Nada. Nunca más supimos nada.

    -Hasta ayer.

    -¿Cómo hasta ayer? ¿Vos la viste?

    -El viejo Yepes la vio. La vio pasar en auto por la calle principal.

    -¿En serio? No lo puedo creer. ¿Y para qué habrá venido?

    -Ni idea.

    -Chicas, a ver si dejan de chismorrear y se concentran en el trabajo. Hay que terminar estos almohadones para pasado mañana. La clienta dijo que iba a venir a buscarlos.

    -¿Con qué color sigo? En el dibujo no está muy claro.

    -¿Terminaste con el verde?

    -Sí, hace rato.

    -Seguí con negro entonces.

    -¿Y yo?

      -Vos empezá a coser las partes. Planchalos bien antes.

 

     El grueso de la tormenta eléctrica había pasado: a los flashes anaranjados seguía el rugir apagado de los truenos. El viento también había amainado pero la lluvia persistía, densa, fuerte. Cuando salimos seguía cayendo impertérrita, empapando a los que habían salido sin paraguas o impermeable y trataban de llegar a sus casas hundiéndose en las calles inundadas de barro, con el viento imparable enredándoles el pelo o tironeando de las carpetas o las bolsas con compras de verduras o artículos de almacén. El agua caía tan rápido que se amontonaba con fuerza debajo de sus pies, empapando los zapatos y los bordes de los pantalones que se ponían pesados y empujaban hacia el suelo dificultando aún más la caminata en esa tierra mojada y gredosa que pegoteaba todo.

   Al día siguiente en la radio no se hablaría de otra cosa. Voladura de techos, inundación, destrozos en los sembrados, animales muertos, víctimas humanas quizá. Seguramente. Siempre moría alguien porque se caía un poste de luz, se cortaban cables, alguien se electrocutaba. Primero el castigo de la sequía y luego el de la lluvia.

  Hicieron una cuadra caminando debajo de los fresnos, enterrrándose en el barro, y luego pareció que iban por una parte baja porque los pies desaparecían bajo una mancha oscura, enorme, que debía ser agua pero que en la oscuridad era imposible de discernir.

    

     -¿Y cómo estaba la chica?

     -Igual que antes. Envejecida, los rasgos endurecidos por el rencor y la desesperación. Yepes dijo que no era la primera vez que venía.

     -Ah ¿no?

     -No. Hace un mes que empezó a venir.

     -¿Y qué hace?

     -No se baja nunca del auto. Pasa por la calle principal y dobla donde está su casa. Allí estaciona y se queda mirando.

     -¿Mirando qué?

     -No sé. Mira su casa supongo.

     -¡Qué cosa más rara! Para mí que quedó medio tocada.

     -No es para menos.

     -¿Y por qué mirará la casa?

     -Ni idea. El padre ya no vive acá. Así que ésa no es la razón.

      -Lo mataron de un tiro una noche oscura. Nunca encontraron al asesino.

     -Adelina dice que la chica está loca y viene a buscar a la madre.

     -Puede ser. Después de lo que pasó, cualquiera se volvería loco. Dicen que fueron celos.

    -¿Celos? ¿En serio dicen eso?

     -Y ¿por qué no? Hay muchos crímenes por amor.

     -Me parece muy fuerte.

      -Chicas, ¿quieren callarse? Si siguen así, no van a terminar.

 

 

 

 

 

 

 

       Mariana Blousson                  Octubre 2014

   

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   
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