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 Franco Martini
09-9-2011 

juan del pombo, vida y obra (extracto)

Juan del Pombo. Vida y Obra (Corrientes 1952-Buenos Aires 2008)

 

La vida de Juan del Pombo estuvo llena de matices.

Su historia fué una sucesión de hechos diversos y aparentemente inconexos que parecían no guardar entre sí relación alguna ni seguir una línea clara, pero que llegado el momento de su muerte y bajo una mirada que abarcaba el pasado y el futuro a la vez, formaron una lógica que antes era invisible.

 

Siempre tuvo que soportar la liviana acusación de ser un diletante, un  absoluto confundido. Su vida fué errática: había cambiado innumerables veces de oficio, de mujer y de amigos. A pesar de nunca aguantar vivir en el mismo lugar por mucho tiempo siempre se mantuvo, sin embargo, fiel a las fronteras de su país, alternando en su deambular toda la amplia gama de los paisajes argentinos. Hizo casa en la llanura, en la selva, en islas fluviales, en las montañas, al borde del mar y en muchas ciudades de diversos tamaños, para terminar en Buenos Aires, donde murió de neumonía. Nunca salió de la Argentina, y de eso se ufanaba con un nacionalismo más poético que ideológico.

 

Él mismo, a través de su personaje Leopoldo en su novela póstuma “El tiempo del Recuerdo” (donde quienes le conocimos pudimos adivinar una autobiografía enmascarada por el aciago relato de un maestro de provincias) declaraba: “Todos los actos de una vida, de cualquier vida, tienen un sentido, y aunque este se nos escape al principio, aunque por lo general, muchas veces, el tiempo transcurrido nos parezca lleno de momentos pueriles que podrían suprimirse sin cambiar nada, es en el final cuando las piezas se acomodan…” Sabemos luego de leerla, y de leer su diario que nunca abandonó, que cuando la muerte lo sorprende Del Pombo ya se ha reconciliado con su pasado errante y vagabundo, y que muere contento de haberse mantenido fiel a algo que podría ser, finalmente, él mismo.

 

Juan del Pombo nace en el seno de una familia correntina acomodada. Su padre es un reconocido abogado, su madre Ercilia, una bella mujer con algo de guaraní en sus rasgos y en su alegría, su abuelo paterno es dueño de un campo ganadero en Mercedes y de su abuela paterna, Apolonia. Este grupo, diverso y tan homogéneo a la vez, lo rodea como un lazo humano que enseguida comienza a cerrarse gradual pero inexorable como una boa sobre su temprana vocación de poeta. Es la abuela en principio  la que más  lo protege, quizás por reconocer en su nieto su misma sensibilidad, exacerbada y sufriente.

 

Sus amigos de la infancia lo describen como un niño tímido, aunque atento y curioso. Todo le impresiona. Participa en los juegos infantiles, pero enseguida le distrae la maravilla del mundo. Tiene solo quince años cuando gana su primer concurso de poesía en la escuela con “El aljibe falso”, un poema que habla del desencanto de descubrir que lo que prometía ser un pozo profundo con un lejano fondo de agua no es otra cosa que un receptáculo cerrado, pequeño y mezquino, lleno de objetos abandonados. Esta inquietud por el hecho de que las cosas no siempre sean lo que parecen le lleva a escribir al poco tiempo su primer cuento: “Romero, el gaucho”, donde trata de explicarse la desilusión que le provoca un peón de la estancia de su abuelo, quien detrás de una figura brava y heroica de domador, esconde a un pusilánime dominado por una mujer diez años mayor.

 

Se recibe de bachiller y con la excusa de estudiar una carrera universitaria abandona el ámbito de su familia, que ya lo asfixia, para dirigirse a Santo Tomé, donde comienza, sin saber bien porqué, medicina. Solo aguanta un año. La sangre le impresiona demasiado para ser un buen médico. A través del padre de un amigo consigue un trabajo como cadete en un estudio jurídico de Rosario. Su padre, abogado de cierto renombre en Corrientes, se escandaliza por su abrupta decisión de dejar los estudios pero, paradójicamente, reacciona con una indiferencia que al poeta le inspira su primer poema publicado: “Desacuerdo”. Sin lograr entender la sorpresa de sus padres por su nueva vida, se aleja aún más de los suyos para acercarse a grupos literarios rosarinos más afines con su sentir. Dentro de este ambiente conoce a Inés del Bianco, quién será su primera novia y su primer amor, la musa inspiradora del poema inicial de su época santafecina: “Dime que me quieres”, poema que, salvo para su novia, pasa desapercibido. Esta falta de entusiasmo de sus pares  no lo amilana, y sigue escribiendo apasionadamente. Escribe sobre el puerto de Rosario, sobre los atardeceres en el Paraná, sobre los vecinos de su barrio, sobre las nubes luminosas que surcan la noche rosarina. Su poesía no es influenciada por otros, porque, salvo el diario, Del Pombo no lee nada. Leer le aburre, y descubre que solo le gusta escribir. De sus incursiones por las islas cercanas a Rosario surgen cuentos costumbristas que recuerdan a Quiroga, escritor que por supuesto Del Pombo sí ha leído en el colegio. Pero, a diferencia del uruguayo, del Pombo despliega una atmósfera inocente, casi optimista, en un lenguaje demasiado simple que tampoco impresiona a sus colegas.

 

Por razones que permanecen misteriosas, pero que algunos afirman que tienen que ver con una mutua falta de fe, rompe la relación con su novia. Abandona  su trabajo de cadete y parte hacia el sur de la provincia. Desciende del ómnibus en un caserío llamado Las Parejas, atraído  por un nombre que le suena a promesa de nuevos encuentros. Se aloja en una pensión familiar y enseguida la dueña, quizás por verlo tan joven, le toma cariño y le ofrece una sustanciosa rebaja si decide quedarse un tiempo. Promete también ayudarle a conseguir un empleo digno en alguna de las muchas carpinterías del lugar. Del Pombo acepta gustoso, y a los dos días ya está trabajando en una fábrica de muebles. Muy pronto aprende los gajes del oficio: cortar, pulir, usar la sierra circular y el formón. Le fascina la ductilidad de la madera y su transformación en objetos útiles. Y como  poeta  lo seducen las  palabras que designan las herramientas que utiliza: el tupí, la gubia, la garlopa.

Pero este entusiasmo tan intenso no le dura. Enseguida su sensibilidad de artista lo lleva a pensar en el árbol vivo antes de convertirse en mueble. Todo lo que fabrica le parece de repente feo y vulgar. Siente que al trabajar la madera está mutilando a seres que de alguna manera también tienen espíritu, seres que por su intervención perderán su alma vegetal para convertirse en algo útil pero inerte. Se le viene encima un nuevo poema: “Dolor de Árbol”,  donde oscila entre una identificación confusa con las plantas en general y su culposa condición de humano enemistado con la naturaleza. Su rendimiento en el trabajo decrece y al poco tiempo termina por renunciar.

 

Como ha juntado unos pesos decide a manera de expiación  internarse en la selva misionera solo y sin demasiadas referencias. Su objetivo es tratar de reconectar con la veta espiritual que había presentido en su contacto con la madera, pero esta vez junto a árboles en pie. Toma el tren hasta Posadas, luego un colectivo que para en todos los pueblos. Ve muchachas rubias, seguramente descendientes de polacos o alemanes, que parecen devolverle la mirada con una valentía que él admira en silencio, miradas azules que, sin embargo, lo fijan en su asiento. El ómnibus se detiene al final del viaje. Toma sus pocas cosas y se baja. Por todos lados lo rodea el verde.

 

En total vive casi un año y medio en la selva. No lo imaginemos en el desamparo total, ya que se instala a unos cinco kilómetros de un caserío donde circula gente. Pero la mayor parte del tiempo lo pasa en una cabaña de madera abandonada, metido en el monte y muy lejos de otras personas. Duerme solo, come solo, y posiblemente habla solo. Pero  sigue escribiendo, y hoy podemos saber por sus poemas de esa época que no sufre la soledad. Todo lo contrario: en el bosque se siente rodeado de una multitud apabullante. Cada árbol es para él una presencia  que lo reclama y a la que debe responder. Es en este ambiente, que él considera mágico, donde surgen los catorce poemas que conforman “Grito vegetal”,  poemario que tiempo más tarde Del Pombo calificaría de psicodélico y presuntuoso pero que es el envión que su lírica necesita para afirmarse en su progreso.

 

Su poesía crece en la selva, buscando la luz con un vigor y una naturalidad nueva. En los poemas rosarinos había todavía un cierto tono de duda. Eran  el lamento de un adolecente que pretendía tener un derecho a desilusionarse del mundo. Lo que aparece en el monte misionero es un universo paralelo a su propia personalidad que una explota en imágenes alucinadas donde lo lírico se impone sobre lo narrativo.

 

Como si el lenguaje le quedara estrecho, Del Pombo necesita inventar palabras. Influenciado seguramente por el canto de los pájaros y por los extraños sonidos de la noche, nos dice en “El Alma del Musgo”:

 

“Barracuto horas de languideces turbias

atravesando las babas naranja

de la tarde”

 nos dice, y lo imaginamos cavilando con la mente en blanco, desnudo como un duende, al borde de un arroyo que apenas se escucha entre las hojas. En el poema “Savia”  habla de una “glaxa escandencia de las ramas” y sin entender mucho nos dejamos llevar por el sonido de estas palabras  que nunca encontraremos en el diccionario. Lo musical se impone  en un vocabulario que se aleja del sentido.

 

Una vez por semana camina hasta el almacén de ramos generales para adquirir lo exclusivamente necesario. Casi no habla con nadie, y todo anda bien. Llega entonces el invierno, frío y llovedor. Del Pombo cae enfermo, seguramente de gripe, y queda postrado por una fiebre que lo hace delirar en medio de visiones espantosas. Ve serpientes y arañas cruzar por el piso desde todos los ángulos. Le parece que en la oscuridad  del techo hay un murciélago enorme e inmóvil que espera a que se duerma para chuparle toda la sangre. Se las arregla para aguantar el delirio febril con la paciencia de quien sabe que las imágenes que lo aterrorizan servirán en el futuro para expresar emociones.

La gripe pasa, llega la primavera y recupera fuerzas. El entusiasmo le vuelve. Toma papel y lápiz y escribe “La Membrana de la Noche”, un poema inspirado en las ranas que cantan en la oscuridad. Escribe “Suave Fulgor” y “Macundia”, donde asocia, entre otras cosas, la textura de los líquenes que tapizan los troncos con la suave caricia de una madre que, de seguro, todavía le hace falta entre tanto árbol. Se deja envolver por la selva en una epifanía donde poco a poco va perdiendo la noción del tiempo.

 

En medio de tanto éxtasis, siente de pronto surgir un abismo que lo separa de su comunión con las plantas. Algo más profundo aún que la naturaleza se abre bajos sus pies. En medio del día camina con ojos abiertos por una zona oscura. Presiente que si se sumerge en este abismo, que no deja de atraerle, perderá a la larga la capacidad de hablar, y luego, inexorablemente, la de escribir.

 

 Teme perder la razón sin darse cuenta.

 

Una luminosa mañana de verano, antes que el sol caliente el aire, junta de nuevo sus pocas cosas, se despide de la cabaña (que permanece casi idéntica a cuando la encontró), camina con paso decidido los kilómetros que lo separan del almacén, sube al destartalado colectivo en el que llegó hace diez y ocho meses, y regresa a la civilización con una sonrisa aliviada. Otro extraño capítulo de su vida transcurre. Ha gozado la expansión extática y padecido  la contracción del miedo.

 

Los  tres años siguientes lo encuentran  en una vorágine de movimientos y traslados. Sabemos que estuvo en Entre Ríos cosechando cítricos, que trabajó seis meses en una fábrica de dulce de leche, que aprendió a pescar en el río con la red y el espinel, y que, luego de construír su propia piragua, repite la experiencia de la soledad en las islas Lechiguanas. Siempre con su cuaderno a cuestas sigue escribiendo cuando puede. Su vocabulario, sin ser florido, logra la exactitud de quien aprende a decir lo que le pasa. Sus versos son escuetos, llenos de imágenes desnudas, a veces demasiado austeros. “Mansa Mañana” es un soneto redondo al que nada  le falta ni le sobra. La metáfora “…palabras como camalotes…”nos da la idea de un Del Pombo que no distingue entre la naturaleza que lo rodea y el lenguaje que lo acompaña siempre  y sobre el cual se deja fluír.

 

 En un baile conoce a una chica de Ramallo que lo entusiasma tanto como para abandonar la soledad de las islas. El padre de la chica, (es hija única y  se llama Noemí), le propone que le eche una mano con las vacas y los chanchos, y a cambio le ofrece una piecita detrás del galpón. Del Pombo acepta, un poco para no alejarse de Noemí, y otro poco porque le cae bien  esta familia que lo recibe sin asustarse por el aspecto salvaje y desarrapado  del poeta.

 Al principio trabaja con el impulso inicial de siempre. Arregla alambrados rotos, ordeña las vacas, da de comer a los chanchos; y hasta llega a aportar ideas nuevas para mejorar el manejo de la chacra, ideas que al padre de Noemí, aunque no se lo dice, le parecen descabelladas.

Sin embargo, luego de dos meses de vivir y laborar duramente en la chacra, su entusiasmo decrece rápidamente. La  atracción por Noemí sigue intacta, pero las tareas del campo comienzan a aburrirle. Alimentar a los animales, ordeñar todas las mañanas, carpir la tierra, son acciones que le provocan de repente un tedio insufrible que cree no poder soportar  mucho tiempo más. Harto ya de todo observa a las vacas que pastan monótonas y sospecha que entre su vida y la de un bovino ya no hay mucha diferencia. Ambas existencias están fijadas en lo elemental y se cierran sobre sí mismas.

 

Si  en su momento abandonó la selva por sentir un abismo que lo separaba de la naturaleza, aquí  el mismo abismo toma la forma de un corral lleno de animales domésticos y de rutinas que lo aplastan. Vuelve entonces a entregarse frenéticamente a la escritura, que es la puerta por la que siempre huye cuando la realidad se pone demasiado igual a sí misma.      

Escribe “Noemí”, una novelita romántica corta, cargada de un erotismo campechano y directo que puede parecer un poco crudo al principio, pero que no deja de ser original. Su lectura nos indica dos cosas: primero que Del Pombo está profundamente enamorado; y segundo que su amor es   carnal, desbocado y obsesivo. Tanto en sus poemas como en la vida real, pretende estar abrazado a su novia ininterrumpidamente, sin importarle ni la proximidad de los padres ni sus nuevas responsabilidades en la chacra. Cuando no está encerrado en la piecita con Noemí está en algún lugar apartado escribiendo sobre ella. Los padres de Noemí empiezan a preocuparse no solo de que embarace prematuramente a su única hija, si no porque además del Pombo descuida las tareas que le fueron encomendadas a cambio de la piecita del galpón.

Noemí solo cuenta con diez y siete años, pero ya ha tenido un  novio antes: Carlitos, quien aparece sorpresivamente, quizás porque sigue enamorado de Noemí, quizás por haber sido convocado en secreto por sus padres para que ahuyente a un tipo que solo piensa en sí mismo. El tal Carlitos amenaza a Del Pombo y le dice que se vaya por donde vino. Se traban en una lucha confusa en la que no hay un claro vencedor, pero es el ex novio el que en un momento  resbala y golpea su cabeza con el borde de una silla haciéndose un tajo profundo por donde sale mucha sangre. Noemí se abalanza sobre Del Pombo y lo insulta poniéndose del lado de quien considera más débil solo porque yace ensangrentado en el piso. A él, que apenas puede respirar de tan agitado que está, se le rompe el corazón en el acto al darse cuenta que el amor de Noemí no es lo que parecía. La rareza que él fuera para ella y que seguramente en su momento la atrajo, es ahora la causante del  fin de la relación. A la larga nadie soporta lo distinto. Siente que está de más, desencajado en una escena donde todo le es extraño. Noemí y sus dos padres, como si fueran un único ser, rodean al herido y le dan la espalda. Toma sus cosas y parte nuevamente.

 

Cuando llega a Ramallo tiene que decidirse. No le queda mucha plata, apenas para pagar el boleto que le permitirá salir de ese lugar por el que ya no siente ninguna simpatía. Un gran ómnibus con un cartel que dice: Buenos Aires detrás del vidrio, espera con el motor prendido. Sin pensarlo demasiado compra un boleto a la gran ciudad, que aún no conoce, y se sube.

 

La capital del país lo recibe, como es de esperar, con indiferencia. Al principio Del Pombo no sabe a dónde ir. No tiene dinero para pagarse un hotel, apenas para comer uno o dos días. Entra en una pizzería, pide una porción con una cerveza y se pone a reflexionar. Le viene a la mente la tía Susana, una prima de su madre que vino a Buenos Aires hace ya algunos años escapando de un matrimonio infeliz. La recuerda como una persona agradable. Busca su nombre en la guía de teléfonos y lo encuentra enseguida; la llama; ella contesta con una voz  que no recuerda de inmediato pero donde percibe un fondo de tonada correntina. Ambos se emocionan un poco, y quedan en encontrarse en una hora en casa de Susana, no muy lejos de la terminal.

 

El departamento de Susana es pequeño, pero está bien ubicado, y su tía enseguida le ofrece un cuarto en el que Juan podría quedarse el tiempo que estime necesario. Toman unos mates en la sala que da a una ruidosa avenida, rodeados de retratos amarillentos, viejas fotos en donde Del Pombo reconoce a sus familiares. Le impresiona no sentir más que una leve sensación de ternura. Su madre le sonríe desde una foto antigua coloreada artificialmente. Está muy joven al lado de sus dos hermanas mayores, seguramente en el estudio de un fotógrafo profesional de Corrientes. No debe tener más de quince años. Parece feliz.

Ante la insistencia de su tía se instala en el cuartito. De todas formas, por el momento no tiene otra opción. Susana es una mujer valiente que prefirió el vértigo de la soledad en la gran ciudad a permanecer con quien no quería en un ambiente más seguro. Trabaja en la Biblioteca Municipal, y esto a Del Pombo le parece una señal. Puede haber una oportunidad de trabajo allí si él quiere, le dice Susana. No pagan mucho, pero el trabajo es sencillo. Atender a la gente, buscar los libros solicitados, ordenar el fichero. Además podría leer, algo que Del Pombo necesita urgentemente para enriquecer un vocabulario que ya siente agotado.

A la semana está trabajando en la biblioteca. El trabajo es fácil, y como todo empleo público ofrece muchos espacios en donde no se hace nada. Mientras otros empleados  utilizan estos espacios vacantes para conversar, tomar café o simplemente mirar el vacío, del Pombo los aprovecha para leer todo lo que puede. Lee vorazmente, con la ansiedad de quien recupera tiempo perdido. No puede entender como antes le pudo aburrir algo tan intenso como la lectura. ¿Tanto ha cambiado? Empieza con la poesía española. Sigue con traducciones de poetas ingleses, franceses y alemanes. De la poesía romántica pasa a los modernistas, que aunque lo impresionan con revelaciones novísimas terminan por parecerle fríos y demasiado intelectuales. Los modernos lo llevan a descubrir los Haikus japoneses, que lo fascinan por su carácter enigmático y misterioso. Encara luego con indeclinable voluntad las novelas clásicas rusas y los cuentos que las antologías declaran imprescindibles.  Se  pone al día con la literatura argentina y latinoamericana en un promedio de tres novelas por semana. Una vez que se estabiliza en el trabajo y que organiza sus finanzas entra a un taller literario que le recomienda un compañero de la biblioteca con quien ha trabado amistad. Ahora, con tanta y tan variada lectura, las palabras bullen dentro suyo y necesita volcarlas al papel en un ambiente propicio. Enseguida se pone a escribir nuevamente.

 

En esta nueva etapa porteña su poesía se vuelve intrincada y confusa como la ciudad misma donde habita. Descubre que su mente es el producto de una educación de provincias, llena de dogmas gastados, de recurrencias remanidas que solo lo llevan a repetir las mismas ideas, y que si quiere liberarse de esta prisión cultural que lleva a cuestas tiene que romper los muros de su lógica anterior utilizando un verso más libre. Con endecasílabos de tono pretendidamente enérgico quiere retratar una realidad nueva que lo fascina y que se le escapa a la vez. Esta impotencia se le transforma en furia que no encuentra su cauce. La intencionalidad de sus versos se vuelve  misteriosa y el sentido primigenio de lo que escribe permanece oscuro. Desespera, y de esta desesperación surgen poemas áun más desgarrados.

 

 Incursiona en cuentos cortos muy originales. “Escapulario de Cemento”, que es el primer texto de esta época donde vuelve a lo narrativo, es el relato en espejo de dos vidas: la de un triste contador que vive en un departamento de un ambiente con la única compañía de una planta de interior y la de un albañil paraguayo que quiere tener una novia, un auto deportivo, y vacaciones en el mar. Ambas vidas, para Del Pombo, son la misma carrera hacia la nada, (aunque la del contador es más bien una caminata lenta), pero la frustración del albañil es mayor porque desea más que el contador, quien solo quiere lo que tiene o lo que merece.

Luego, a manera de contrapunto, escribe “Azar” la historia de un niño rico autodestructivo a quien la suerte le ofrece todo, inclusive el amor incondicional de sus padres. El niño no valora lo que le ha tocado, o no lo puede valorar, porque no siente nada por las cosas materiales ni por sus padres, a quienes considera unos extraños. Este relato, que tiene más de cien páginas, termina con una imagen surrealista  donde el niño se eleva al cielo rodeado de una vorágine de juguetes importados, bicicletas, mascotas, y muchas otras cosas, entre las que  también están sus padres. El final es abierto y deja una sensación de posible redención.

 

La tía Susana, quien sin ser una persona de letras algo ha leído por trabajar en una biblioteca,  apoya incondicionalmente a su sobrino, atraída más por la dignidad del oficio de poeta que por unos versos que apenas entiende. Del Pombo le muestra sus últimos cuentos y ella, horrorizada por lo retorcido de los argumentos, se cuida sin embargo de no manifestar su espanto fingiendo un entusiasmo sobreactuado. Su sobrino prefiere aceptar esta ficción con tal de no tener que tocar el tema del talento, tema siempre espinoso para el artista.

La  actitud de su tía le inspira “Falsos Cumplidos”, una serie de doce poemas donde pretende sintetizar la incomunicación que se instala entre el poeta y su familia burguesa. A diferencia de sus escritos adolecentes en estos versos no utiliza un tono furioso,  si no que más bien despliega una mirada fría y objetiva sobre un conflicto que parece tan universal como inevitable. De su lectura surge una segunda lectura en donde el poeta da a entender que acepta vivir a la vez en el mundo lírico y en el real, sin la ambición de que ambos coincidan. No pretende ser comprendido. Hay tantas lógicas como seres humanos. Hay tantos estilos como seres humanos. La comunicación es imposible. La soledad, inevitable.  Declama, sin embargo, que por la libertad hay que luchar toda la vida,  que el resultado  es incierto, y que esta lucha, seguramente, será solitaria como la muerte.

 

Escribe luego, en uno de sus tantos virajes literarios, una novela corta: “Versaglio”, la historia de un trovador medieval que sobrevive haciéndose el loco. Con su mandolina y sus canciones cínicas el trovador va de pueblo en pueblo, burlándose de aquellos que en definitiva lo alimentan y lo visten. No le canta al amor, ni a las hazañas de los grandes guerreros, si no que se mofa de los ricos, de los poderosos, de los artesanos, de los padres de familia, de los militares y de las mujeres. Nadie se enoja con él, nadie puede enojarse, porque disimula su desprecio por todos en bromas de efecto retardado que solo estallan cuando ya se ha ido. La esencia de “Versaglio” son las preguntas que el trovador se hace a sí mismo al final del tercer capítulo, luego de haber insultado a un populacho que no para de reírse de sus ocurrencias :

 

“¿Porqué la gente aguanta mis burlas y hasta las festeja?

¿El tedio debe llevar necesariamente al horror?

¿Acaso lo humano sólo puede acabar en lo ridículo?”

 

Por elevación en esta novela se plantea el tema del origen y la necesidad de lo cómico en un mundo teológico y cerrado, que necesita desesperadamente del humor. El trovador representa la grieta inevitable de un saber que se impone como monolítico.

Finalmente el protagonista es incinerado por la Inquisición, quién condena sus blasfemias sin esbozar sonrisa ni perdón. De este martirio, que se propone como una bisagra entre el arte y la religión, surgen grupos de  fanáticos que se organizan a su vez en subgrupos de teatro clandestino. Algunos de estos subgrupos degeneran hacia la acrobacia callejera, los juegos con fuego, o la magia. Otros, más extremistas, eligen la violencia revolucionaria, apartándose en comunidades cerradas que se burlan de todo menos de ellos mismos, comunidades supuestamente libres, pero cuyos integrantes se van poniendo cada vez más serios y dogmáticos hasta el punto de no tolerarse mutuamente, lo que lleva a múltiples traiciones y a una disgregación final que es menos sangrienta de lo que el lector podría esperar.

 

Del Pombo presenta “Versaglio” en un concurso municipal y obtiene solo una mención. Hubiera preferido un sexto o noveno lugar, algún número que le dé una referencia sobre la posición de su arte frente al cuerpo de la sociedad. Como en el jurado hay un obispo, y su novela es manifiestamente anticlerical, entiende que la decisión está contaminada por razones que no tienen que ver con la literatura. Esto lo consuela.

 

Comienza a colaborar en la gacetilla literaria del grupo del taller. Escribe un poema que gusta enseguida: “Bartolo”, la mirada sensiblera que un ciruja tiene sobre sí mismo contrastada con la mirada sensiblera que una ama de casa tiene sobre el mismo ciruja. Al final del poema no se puede distinguir quién está hablando, si  es el ciruja o la ama de casa. Ambas voces se amalgaman en una misma intención de agradar y de no ser agredidos.

Es en esa época cuando se acerca al mundo de los cirujas, y lo hace con una curiosidad que tiene mucho de admiración. Le fascina imaginarlos como una casta entregada de pies y manos al presente.

Encuentra una mañana  a un linyera tomando el sol en una plaza de su barrio y decide tratar de conversar con él, esperando lo peor. Es un hombre alto y flaco, con una  barba crística; la mirada torva pero intensa. Tiene el pelo largo y sucio atado en la nuca. Cuando del Pombo se le acerca le larga una mirada desenfocada, como si mirara algo que estuviera justo detrás de él. Se saludan.  Para su sorpresa el linyera es casi simpático y mantiene una conversación fluída, sin los molestos espacios de silencio que eran de esperarse. Piensa entonces, con un comienzo de preocupación, que quizás el ciruja lo acepta con tanta naturalidad porque ve en él a uno de sus pares, como si además de poeta él fuera en cierta forma un ciruja en potencia.

El linyera se llama Tomás y le presenta a otros linyeras que le parecen, más allá de la suciedad y el olor, bastante agradables. Comienza a juntarse con ellos en un promedio de cuatro veces por semana, siempre en la misma plaza céntrica próxima a su domicilio.  Con paciencia y mucha amabilidad logra conocerlos y conversar con casi todos. Su curiosidad, que es insaciable, busca definir las circunstancias que llevaron a personas supuestamente normales a entregarse a la vida vagabunda. Del Pombo se pone más indiscreto a medida que se acerca a lo que considera el nudo de la cuestión: el momento exacto del salto al vacío, el instante del acto aterrador que promete el paso a otra dimensión a cambio de la vida civilizada.  ¿Qué misterios o qué proyectos se esconden detrás de la mugre y de las miradas perdidas de esos subhumanos que lo obsesionan? ¿Cómo han tenido el valor de tomar esa decisión visceral  que puede llevarlos a la libertad o la muerte? Por las contestaciones lunáticas y delirantes que recibe por toda respuesta va descubriendo que ser linyera ni es una decisión ni tiene nada de libre, y que lo visceral lleva todas las de perder. Se da cuenta con tristeza, y con cierta desilusión, que entregarse a una vida de ciruja no puede ser el proyecto de alguien, si no más bien el resultado desastroso del conflicto entre un alma débil y un sistema implacable.

 

Inspirado por estos personajes, que para él son como ángeles caídos, escribe “Almas Perdidas”, un texto que se desliza en el borde entre la literatura y el ensayo, lleno de observaciones lúcidas, pero que por momentos se nos hace  empalagoso y hasta un poco cursi. Describe a los cirujas como  “pierrots urbanos”, o como “marionetas con los hilos cortados”, utilizando imágenes que paternalizan y disminuyen la figura heroica del ciruja, al que deja empequeñecido y vulnerable frente a una Sociedad con mayúscula. Del Pombo se apropia de la voz de la Sociedad y a través de ella toma el lugar del padre bueno, pero terrible, que observa desde una atalaya de compasión a sus hijos más descarriados. Por el tono de superioridad que imposta se percibe una intención de separarse del mundo linyera, como si quisiera marcar una línea divisoria o una distancia científica que lo proteja de este submundo de locura, que sospechamos es también el de su propio inconsciente. (En escritos posteriores  se referiría a su mente como “un pulular de cirujas ambulantes que monologan”).

En este relato, con la excusa de que el linyera vive dentro de una lógica propia, Del Pombo experimenta con la narración hasta hacerla imposible. Los diálogos son casi inexistentes: señas mínimas que se hacen los cirujas mientras comen juntos, miradas que interrogan y que reciben un simple movimiento de cabeza como toda respuesta, silencios que duran y que no llevan a nada. La voz de uno solo comienza a destacarse del resto. El texto abandona la tercera persona para introducirse  en el pensamiento de uno de los cirujas, quien sale del mutismo general para entregarse a un monólogo caótico. La mente del linyera deja de ser una superficie plana y vacía para poblarse profusamente de ideas. Estas ideas no funcionan como razonamientos lineales, si no más bien como la acumulación simultánea de imágenes que se agregan sin temor a contradecirse o a anularse mutuamente.  El ciruja repite las mismas frases, una y otra vez, hasta lograr un efecto poético. Las ideas nuevas que surgen se sueltan de un centro de coherencia argumental y  rebotan contra otras ideas de signo contrario en un movimiento que está más cerca de la fusión nuclear que de lo que debe ser una narración. Nuevamente estamos frente al Del Pombo surrealista de la selva rizomática, solo que esta vez es en la metástasis de una mente alterada por sus fantasmas donde se libera el sentido.

En “Almas Perdidas” se observa claramente lo que estaba germinal en sus obras anteriores y que es la causa por la que Del Pombo  ha preferido siempre la poesía a la narración: sus personajes son reales y se instalan en una normalidad precaria hasta que son tomados por una fuerza que los arranca de su verosimilitud para elevarlos, (o hundirlos), en una dimensión donde flotan enajenados sin lograr comunicarse. Son llevados primero a la omnipotencia y luego, quizás a modo de castigo trágico, a la confusión y la desintegración.

  

 Este relato-ensayo se publica en la gacetilla de su taller, y del Pombo lleva varias copias a sus amigos linyeras. Al tiempo deja de verlos, quizás porque ellos cambian de plaza para evitarlo, o quizás porque  es él quien pierde el interés.

 

Sigue trabajando y leyendo en la biblioteca. Por un tiempo deja de escribir, absorto en lecturas que le abren puertas a mundos desconocidos.

Un compañero del  taller literario lo conecta con un grupo de poetas autotitulado “Nueva Vanguardia”, escritores de orientación nacionalista y católica, liderados por el escritor Valerio Cid de Olazábal. Los neovanguardistas practican un estilo llano, enérgico y seguro de sí mismo.  Se oponen abiertamente a las nuevas tendencias de la poesía  y declaran a los posmodernos como el enemigo a vencer. Consideran que es el carácter difuso, relativo y amanerado de la poesía contemporánea lo que   envenena, no solo a la literatura, si no también a la cultura toda. El antídoto que proponen es un verso sencillo y puro, basado en el pasado clásico y en  unos valores nacionales que permanecen ajenos a las modas. Del Pombo se deja seducir por la convicción y el grado de compromiso del grupo. Su propia poesía está pasando justamente por una crisis de identidad. No logra definir hacia donde apunta lo que escribe. Sus últimos textos le parecen blandos, confusos y solitarios.

Comienza a asistir a los cenáculos del grupo, en donde luego de entonar el himno patrio, los asistentes rodean una mesa dispuesta como un altar central. Sobre la mesa, hay un pequeño mástil donde se iza una bandera Argentina junto al estandarte heráldico de la agrupación. Luego se leen poemas de autores nacionales consagrados, como Leopoldo Lugones, Hugo Wast, o César Palomares, para pasar inmediatamente a los poemas propios de los miembros presentes, versos que evocan a los consagrados con una fidelidad cercana al plagio. Lo que escucha le parece vacío y rimbombante, pero admira sin embargo el fanatismo y el tono con que son leídos, casi a los gritos, sin titubeos, sin falsas modestias, con la absoluta seguridad de estar aportando una verdad luminosa a un mundo oscurecido por sus propias dudas.

Participa de varios de estos encuentros, sobre todo para paliar su soledad en la ciudad anónima, y hasta concurre a algún asado dominguero en casa de Olazábal, donde no faltan las guitarras, el vino tinto y las empanadas. Comprueba con desilusión que lo que invariablemente sí falta en estas reuniones son mujeres, salvo la esposa de Olazábal, quien se ocupa calladamente de proveer bebidas y viandas como si fuera la madre de todos.

Le viene a Del Pombo en un sueño una imagen en donde los poetas neovanguardistas, caracterizados como guerreros espartanos, se agrupan en una falange compacta que avanza en línea recta por una llanura desértica. En el horizonte brilla un ideal de pureza, absoluto e indescifrable. Entre los guerreros y el ideal hacia el que avanzan se abre de pronto un profundo precipicio, en el fondo del cual se distinguen los huesos de miles de otros guerreros que recorrieron probablemente el mismo camino a través de los tiempos. Esta imagen, o este sueño, le genera una serie de poemas épicos, poemas que serían luego publicados  en la gacetilla “Aurora” a pedido de Olazábal. Son textos extraños, en donde se relatan minuciosamente  batallas entre ejércitos que funcionan como mónadas. Los motivos de estas guerras permanecen oscuros. Solo se nos indica que hay dos grupos que se enfrentan, y que fuera de ellos no hay nada que importe. No se hace referencia a  personajes que tengan una voz propia. El heroísmo de lo personal es rebajado frente a la solidaridad del grupo, que se yergue como la situación humana justa por excelencia. Luego de las batallas se sacrifican públicamente a los guerreros que han sobresalido en la lucha. Su actuación, aunque memorable, atenta contra la igualdad de todos, que es la garantía de la armonía general.

En los poemas los combates se libran bajo cielos refulgentes. Paisajes de una aridez calcárea, islas que se abisman sobre mares metálicos, todo nos lleva a la Grecia clásica, y sabemos que del Pombo lee ávidamente a Homero en esa época. Inevitablemente se desliza hacia una apología de lo masculino que intuímos toma prestada de los neovanguardistas sin darse cuenta. En sus poemas se habla de la espada, de los músculos tensionados, del sudor, y de los festejos entre hombres luego del triunfo. Las litis se escenifican en choques cuerpo a cuerpo en donde los guerreros, al mismo tiempo que luchan a matar o morir, parece que se erotizaran en el intercambio.

 La  imagen de la falange humana es retomada en su poema “Hoplitas”, texto complejo, en primera persona,  donde el narrador es un guerrero y a la vez es una voz colectiva de todos los integrantes de la falange. Cada guerrero agrega una palabra aislada a un monólogo grupal incesante previo a la batalla. Las palabras van adquiriendo sentido en frases terribles que son gritadas al unísono como arengas a la victoria. El tono es serio, marcial, varonil y finalmente, coral. Lo femenino no existe, ni siquiera en el paisaje, que es helado a pesar del sol que brilla en cada piedra. Las miradas entre los guerreros están cargadas de un sentimiento que supera la amistad para dirigirse a un centro cuya circunferencia es la patria, centro de verdad que le da sentido a la muerte y a la inmolación inevitable de los guerreros que marchan hacia ella.

 

Todos sus textos de esta época giran alrededor de los mismos temas: la patria, las guerras por la patria, el pecado o el absurdo de la individualidad, la verdad de lo social frente a la ficción del individuo aislado.

Curiosamente durante su vida escolar Del Pombo no recuerda haber formado parte de grupos o bandas de amigos. Todo lo contrario: su infancia es más bien la de un niño solitario y sensible que vive enfrascado en ensoñaciones. Muy pronto entiende que la primera condición de la inteligencia es poder estar triste mientras los demás están alegres. Su mirada de artista solo pudo desplegarse en un ambiente de soledad, alejado de las cofradías de otros niños que generalmente aplastan lo poético.  Sin embargo siente ahora, con retraso, que es lo grupal lo que le da sentido a la vida, y que el hombre que enfrenta su destino sin formar parte de algo mayor que lo contenga y que lo abarque ya ha sido derrotado de antemano.

 

Como siempre, hay razones psicológicas que justifican este cambio. Del Pombo, a pesar de vivir con su tía, siente un profundo desamparo.

Con ella solo comparte charlas superfluas sobre noticias policiales, o sobre personajes de la farándula que ni siquiera conoce. Su juventud lo presiona a salir, a buscar a otros, a abrirse al mundo.

Sospecha que el grupo neovanguardista está un poco del lado del ridículo, y lamenta que en cierta forma  sea su única opción de socializar, pero él está dispuesto a pasarse, aunque sea como un turista transitorio, a ese lado de la tontería si a cambio es recibido e integrado a algo más grande que sí mismo. Además, a pesar de sus excesos, la filosofía del grupo le parece atractiva. ¿Cómo no darse cuenta que el todo es más importante que una de las partes? Frente al funcionamiento y las necesidades de la sociedad los deseos individuales se convierten en los berrinches de un niño malcriado. Lo social es evidente, y logra lo que un hombre aislado no puede. El individuo es efímero. Lo social, eterno, ya que forma un espíritu infinito con la sumatoria de millones de espíritus finitos como el suyo. Solo los deseos y las pasiones compartidas  son reales y valen la pena.

 

Es en esta vena cuando comienza a buscar las aglomeraciones. Sus reuniones y cenáculos con los neovanguardistas le parecen insuficientes.

Coincide con ellos en pensar en términos de patria y en el encomio de lo nacional. Pero por otro lado le parece antiguo e ingenuo que no logren liberarse de un sentimiento de elite, sentimiento que a su entender no tiene ningún fundamento real.

Del Pombo quiere experimentar lo que se siente dentro de una masa humana, sumergirse en una multitud que comparte con pasión  una misma idea. Y contra más simple sea esta idea mejor.

Decide que es un partido de fútbol  el lugar indicado para el experimento. Ese domingo juega Boca, club que prefirió en su infancia porque era el que elegían todos.

Elige  la tribuna popular no solo por precio, que dinero no le sobra, si no también porque la imagina como el lugar de mayor concentración, donde está la verdadera hinchada que grita, canta y salta al mismo tiempo.

Inmediatamente, con el primer gol de Boca, que es el primer gol en una cancha profesional que ha visto en toda su vida, logra emocionarse como si su ser-de-boca lo hubiera acompañado siempre. Se emociona de emocionarse. Siente que está vivo y unido al resto de los boquenses que lo rodean y que saltan enloquecidos haciendo temblar las gradas bajo sus pies.

Con el segundo gol de Boca se le humedecen los ojos y se abraza con las dos personas que tiene a los costados.

 

 El primer abrazo es con un anciano de pelo blanco que está a su izquierda. Es más alto que él a pesar de su espalda encorvada por la edad. Lleva una camisa blanca muy manchada de comida y pantalones de  franela gris, lustrosa por los años. Luego de abrazarlo el anciano lo mira largamente a los ojos, como escudriñándolo, como si Del Pombo fuera un marciano dentro del cuerpo de un hombre y no un hincha de boca común y corriente. Por unos segundos ambos desatienden el partido, que en ese momento se trata solamente de los festejos del gol. Todos los jugadores de Boca están en el suelo abrazados. Enseguida la mirada del viejo se dulcifica, como si finalmente reconociera o prefiriera reconocer en Del Pombo a un semejante. Le dedica una amplia sonrisa desdentada. A pesar de su fuerte aliento a vino no parece estar borracho.

 

Del otro lado, a la derecha, lo espera el segundo abrazo. Esta vez es con un morocho bajito y bastante gordo. Tiene puesta una camiseta de Boca  demasiado chica para él, una camiseta para un niño y no para un adulto, piensa Del Pombo. Debajo de la camiseta de Boca asoma una panza que sobresale como la proa de un barco y que es lo primero que siente en el contacto del abrazo. El morocho parece simpático y le ofrece compartir la botella de cerveza que está tomando del pico, y que Del Pombo acepta por no parecer mal educado. Le pregunta algo que no escucha, o que escucha pero no entiende. Del Pombo sonríe asintiendo con la cabeza. El morocho se da por satisfecho pero sabe que su pregunta se ha perdido para siempre y se queda mirándolo con la leve sonrisa de quien todavía espera una respuesta. Vuelven luego ambos al partido, evitando una conversación que parece imposible.

 

  Ya de vuelta en la tranquilidad de su cuarto escribe “Soy de Boca”, un poema que es triste a pesar de ser el canto agradecido de un hincha a su club victorioso. Lo trágico se plantea en un movimiento doble y contradictorio: al mismo tiempo que el sentir de toda la hinchada se expande como una bandera gigante, el sentir del boquense como individuo se contrae hasta convertirse en una partícula perdida en la inmensidad de la tribuna. El hincha sabe que después del partido retornará indefectiblemente al horror de lo cotidiano, y es el no poder olvidar este horror que está ahí, expectante y larvado, lo que lo enfurece y enfurece el contenido de sus cantos, obligándolo a insultar y a odiar todo lo que atente contra su única posibilidad de salvación: la victoria de su equipo. Este grado cero de existencia, esta reabsorción en la masa de la hinchada, se impone como un deber y como una adicción, y es también el círculo vicioso de donde el hincha no puede salir.

 

“Mis brazos que se agitan no son mis brazos

Ni es mi garganta afónica la que grita gol,

Somos-todos-gol-de-Boca

Somos todos,

Y yo ya no soy yo,

 

Soy de Boca!

Soy de Boca!”

 

 

Al final del poema el hincha enumera a todos los jugadores de su equipo como si invocara santos: Abbondanzieri, Schiavi, Burdisso, Jeréz, Ibarra,

Cagna, Battaglia,…. Memorizar cada uno de los nombres es la prueba de su fidelidad a Boca, la clave de su pertenencia a algo más poderoso que lo protegerá de la intemperie.  

Es claro el orgullo del hincha por un conocimiento que es inútil pero que es aceptado como un fin en sí mismo. Perderse y desaparecer  en la admiración por el equipo parece ser la única vía de acceso. Lo que no queda claro es a donde se accede.  

 

     

CONTINUARÁ…. 

   
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