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 Fernando Fuseo
05-5-2015 

"VOCES", POR FERNANDO FUSSEO

 

Iba  caminando, había  dicho basta, me  sentía  ahogado, angustiado. Esas  voces  que  me  perseguían  día y noche  ya  no  me  encontrarían  más. La determinación  estaba  tomada. Con  Josefina,  vimos  la   posibilidad  de   irnos juntos  buscando nuevos  momentos ¿por qué  no una nueva  vida? sin  tantos conflictos, pero sí con soledades necesarias para la reflexión.

¿Qué es lo que había  pasado? Josefina  dejó a mi  mejor  amigo  por mí,  lindo sentido de la amistad me planteaba permanente.

Mis hijos no querían saber nada conmigo, porque  decían  que por mi  culpa  su madre los había abandonado y se había ido con mi jefe. Mi suegra decía que yo era un degenerado, y  que  por mí  no  pudo  rehacer  su vida con ese señor un poco  mayor,  porque  tenía  que   atender a  los niños  de su hija, dado que yo pensaba que no eran  míos,  alguno  sacó la  tez  negra y  el  pelo colorado y  los otros tres  tampoco   se parecían  entre  sí  y  tampoco a mí, pero de cualquier forma me había encariñado con  ellos y  los  trataba  como  si fueran míos.

Mi jefe decía que tuvo la necesidad de irse con  mi mujer  para que no quedara desamparada  (uno  de mis hijos se parecía a él)  aunque  yo  nunca  dije  nada, porque era mi jefe.

Mi  madre, que  ya  a esa  altura  desvariaba  un poco,  comentaba que  me había casado  con  una atorrante y  esa era  la  razón por  la cual   me había  ido con la mujer de mi mejor amigo, y que mis hijos, que no se  parecían a mi,  se  tuvieron "que criar con  esa   mujer   gorda  y  ordinaría,  con ojos  negros, cuando  todos los nenes habían salido con ojos claros".

Mis dos hermanas, como si lo hubieran hablado entre ellas, opinaban que yo era un  pobre tipo que nunca supe elegir bien, que  siempre las mujeres se reían de mí y  que si  la primera era una  loca  por  todos lados, la segunda  era peor  por largar al marido por mí, un tipo espléndido con plata y  muy buen mozo siendo  ella una vieja.

Realmente a mí no me importaba la opinión  de los que me rodeaban, familia o amigos, no quería seguir escuchando voces.

Josefina me decía "Juanjo, te pido mi chiquito que  nos olvidemos lo  que  dejamos atrás, tus hijos que según  me  decís no  son tuyos  sino de  ella,  tu jefe  que también es  de ella, mi  marido  que  vos  decías  tu  mejor  amigo  no  es  lo  que  él  piensa.  De  mis hombres  anteriores,   que   si  bien  fueron  muchos, ninguno tan querido en mi  afecto  como   vos. La  diferencia  de  veinte  años de  edad   que   nos   llevamos serán de experiencia para  ser contigo  considerada y  amorosa. Verás  que  esos años de más que  tengo, servirán para  calmar tus voces. Siguiendo  querido  estos  consejos, de  aquí en  más la única voz que oirás será la mía".

Los  comentarios de José me  parecieron un  poco  fuertes, no me sonaron  bien. No me quería equivocar de  vuelta entonces  decidí que  en  vez de caminar con ella me pondría a correr  solo. Mientras pensaba que si  corría rápido las  voces  no   me  alcanzarían, me fui por  una  senda  que bordeaba un parque, nunca lo  había  hecho antes  y  nunca  lo  volveré hacer, de eso estoy  seguro. Apenas comencé   con    el  ejercicio   me    empezaron   a   doler   los   huesos,   yo  había  escuchado que lo que  dolía eran los  músculos  pero no  los  ojos,  las   pestañas, las uñas, en fin todo. Mi cuerpo siempre fue virgen respecto a los deportes.

No sé cómo será el dolor del alma, pero pienso que me sentía extraño, como si algo  celestial me  buscara  para  llevarme  definitivamente, quizá  para  darme un  mensaje  de  bienvenida  o para decirme que deje de correr, que eso es para los deportistas.

Pero esto fue sólo  una anécdota, dolorosa sí, pero no es el fondo  de la historia. El tema  fue que  después de  trescientos  metros,  que es todo   lo que alcance a correr,  cuando me estaba desmayando, siento que pasan al lado mío raudamente  unas  piernas  maravillosas,  pero  solas,  sin  nada  arriba, sin torso  ni  nada. Qué cosa, me dije, estas  piernas  que  van solas  parece  que con ningún  esfuerzo,  no  tienen   dolores   mientras   yo   que   estoy  por caer  para siempre, escuchando voces. Moriré pensando que el hecho de andar por ahí sin peso no te da molestias.

Claro, en  realidad era  bastante  lógico,  no  tienen  mi  abdomen ni  mis huesos largos que también pesan.

El  señor  de  la  ambulancia  que  llegó  con  toda  rapidez  me  dijo  que   no me preocupara  que   lo   que   me  estaba  pasando  era  un  ACV  chiquitito   que me impedía ver la parte de arriba  de esas  piernas, una  rubia teñida espectacular con  pechos  fuertes y  decididos cuando vio que   rodaba  a su  lado,  pensó que me  estaba por morir  de un síncope. Pero  lo que le llamó la  atención,  fue como le miraba  las piernas,  hablándoles con ternura como si estuvieran solas de ella.

Entiendo  que  se  pueda  pensar  que   me  estaba  volviendo  loco  por el ejercicio brutal que significaron esos trescientos metros. Un poco recuperado por lo menos  mentalmente me di cuenta que toda  la vida lo  que estuve  buscando fue, no  se si  unas piernas tan espectaculares,  pero si seguro algo sin torso ni nada arriba. El   problema fue  que  yo  nunca  me  llevé bien  con la  parte  de  arriba  de  las mujeres, siempre me resultaron seres muy complicados de entender.

El señor  de la  ambulancia  no quiso  saber  nada de  dejarme  en mi casa  y me llevo a un  sanatorio  de alta  complejidad. Apenas llegué  me desnudaron,  una  me sacó sangre, otra me colocó  un bracito como  el  que  usan los niños en  las  piletas   pero  que  se  inflaba  cada   rato,  la misma  me  empezó a  pegar  unos redondeles  extraños  en el  pecho que se conectaban  con  una manguera a  un televisor  que  hacía  unas  rayas  extrañas y  por último  me  encontré   con  un chupete  en el dedo índice, que  les  decía como  estaba el  oxígeno en la sangre. En eso apareció  una   neuróloga que  me empezó  a hacer  preguntas rarísimas donde estaba la nariz y que me  la tocara, me hacía  seguir  un lápiz con la vista, preguntas  desopilantes,  como,  si  sabía  dónde  estaba,   cómo  me  llamaba  y quién era  ella y  yo  confundido le decía  que  seguía escuchando voces.

De la guardia  donde estaba, en una camilla me llevaron a la unidad   coronaria separado  de otros   enfermos  por una  cortina. Yo  no había llegado bien, me sentía muy débil y por un problema de asepsia  me  volvieron  a  cambiar, el  nuevo    camisolín   tenía  unas  cintas    atrás  para   ser   atadas,   cosa  que se olvidaron de hacer y quedaron todas mis partes al  aire mientras caminaba unos metros  para  meterme  en la  cama. Oía  risas y  murmullos  de las enfermeras  (cuando no mujeres) que junto  a  mis   voces  me  molestaron sobremanera.   Me  puse  nervioso y pedí un papagayo  y  noté que  entre  ellas se  miraban  con  asombro  sin   entender  hasta  que  una,  mayor   mirándome con  lástima dijo, tráiganle un  orinal, parece que así  se dice ahora.

A  partir  de  ahí  la misma  rutina  durante  tres  días,  cada  hora   me   sacaban sangre, el   bracito  actuaba  solo   y  se   hinchaba  cada  quince  minutos,  como tomando  aire y  conteniéndolo durante  unos segundos que   parecían  eternos, el  chupete  del dedo  me  raspaba y  el  orinal   lo  dejaban  lejos   y  no  lo podía alcanzar. Al  despertarme   al   día  siguiente  de  la  internación  a   la  seis  de la mañana siento una voz de hombre muy dulce  que me dice, "Fer, te  tengo que hacer un hisopado,   uno   en  las   fosas   nasales  y  otro en el  recto ¿cual preferís primero?"  Lo miré, era   un enfermero  alto y  rubio y  me  pareció  muy delicado sin decirle  nada me di vuelta y me dormí hasta las ocho, pero no pasó nada.

Mientras  tanto  me  hacían   circular   por  cuanta   máquina   había,  tomógrafos  eco doppler  o   resonancia   pero  yo  seguía  sintiendo voces  y  la  neuróloga se  volvía  ya a esa altura  muy nerviosa   porque  no encontraba  nada, hasta que le  dije   que hacía  tres   años  que  las   sentía.  Me  miró   con  desprecio   como me  miraba mi  primera  mujer,  me  pareció  con  una  expresión  rara y  de  mala manera  en  el  acto me firmó el  alta dándome el teléfono de un psiquiatra para  que lo fuera a ver en forma urgente.

No  me  gustó  la  forma  en que  me  sacaron  de ese  sanatorio, por lo que  les perdí la confianza, y en ese mismo momento me decidí irme afuera,  donde todavía  no sabía, pero sería un lugar lejos, donde las voces no me encontraran.

El lugar elegido fue San Luis  en una  localidad llamada  Potrero de Funes  donde un amigo en una oportunidad me comentó que se habían visto aparatos volando en  círculos,  entre  las  cuatro   y    seis  de  la  madrugada. No era  mi  hora,  pero pensé   que  podía  hacer  el esfuerzo y  si tenía resultados  ¿ qué tal ?. Cuando se posaban  en tierra salían de las naves extraños seres, que no  eran humanos. Fue entonces que me dije, si los  de  aquí no  encuentran  la solución  a  mi  problema, probemos con los del mas allá.

Me alquilé un auto para  llegar al lugar  que me  imaginaba  un prado verde, todo ordenado, con el gobernador  junto  su  gabinete y una  multitud  con  los índices y pulgares  hacía  el  cielo  instando a  los  "Extra t" que bajaran, ofreciéndoles  la provincia como lugar de  residencia  por solo un quince  aunque se podría hablar y llegar a un diez, que era la costumbre.

Lo que en realidad me encontré fue un potrero sin nadie, ni  un alma, con latas  y botellas vacías al que no daba ganas de bajar de la estratósfera ni de ningún lado. Me fui a un hotel cerca de la zona.

En  la  recepción, una mujer,  raro  en  la noche, generalmente  son hombres, muy linda,  joven,  ojos  rasgados  celestes  tirando a  blancos  muy  profundos, pero lo más curioso, pechos erguidos, eran solo dos pero uno adelante y el otro atrás.

No    sabía  si     mirarle   los    ojos  o   el  pecho  de   adelante,  el   de atrás  no  se lo veía  No quería  dar  la impresión de un terráqueo baboso.

Estaba  convencido  que de acá  no  era, estuve con mis dos mujeres y   alguna otra, pero  nunca   con  una   así.   Entiendo   que  con  el  tiempo  todo   se cae  pero   que se traslade, no.

Su voz era gutural, pero agradable y seductora, como las nuestras cuando  quieren y eso me preocupó ¿no sería  que  era  de  estas latitudes  y  en vez de un  cirujano plástico la agarro un carnicero?

Me fui  a  dormir,  después de  cuatro horas de sueño, excitado me desperté  medio trastornado  pensando  que   había  soñado  o que  el viaje  tan  largo  me  hacía ver cosas. Para averiguarlo pedí el desayuno esperando verla nuevamente.    Pero no, apareció un ser parecido a los nuestros, los del norte, un  originario,  pero

raro, que tenía una especie  de  pantalón  babucha con  una  abertura  de costado o sea la bragueta arriba de la pierna pero de costado.

"Zas" me dije, el hotel esta tomado por  estos  seres  de  contextura rara,  mientras rápidamente  pensaba  como  harían  para  hacer  el  amor,  el  iría de costado,   que inconveniente y molesto y  ella  le daría  de  mamar a  sus niños  un rato adelante y otro atrás.

La atracción que  ella ejercía sobre mí, reconozco  era  muy  fuerte, pero no  dejaba de pensar como haríamos, yo de frente y ella de costado.

Decidí no  pensar  más en  sexo y  me dije quizá  podamos  ser  amigos, esa  voz tan arrolladora y  esa  mirada  tan  dulce con  esos  ojos blancos  no   la  encontraría  en ninguna de las nuestras.

Cuando  bajé la  señora  que  salió  de  la  cocina,  también  era  rara, como  era  más ancha, tipo boya, para no  decir  gorda,  su torso  era  como  uno  solo  sin  cintura y siempre con el mismo tipo de pechos.

Mientras tanto las voces  decían  cosas  inteligibles  y me vino a  la memoria  mis  anteriores  experiencias con mujeres y dije basta, no me puedo llevar con las de acá, que pasará con del más allá.

Tomé el  auto y sin  mirar para  atrás me fui, en  medio del trayecto  paro en una estación de  servicio  cuando de repente escucho  a  mi costado un  ruido  como que algún aparato electrónico se le estaba acabando la pila. Yo en mi llavero llevaba un pequeñísimo  grabador  regalo de mi jefe,  el  que   se había  ido  con  mi  mujer  que re-grababa todo a  su  alrededor, era de  esos espías pero que yo nunca  supe usar  pero lo llevaba encima por costumbre, esos de pila  eterna, ya que  estaba le  compré  una  de  esas  chiquitas,  pero  no  la  puse,  lo  iba  hacer  en  casa todavía me  faltaban  doscientos kilómetros  para llegar cundo me di cuenta que las voces habían desaparecido.

Paré el auto, me bajé y me puse a caminar. En la soledad del campo tampoco las escuchaba, no sería que  eran las del grabador con ese sonido gutural que parecían de ultratumba y que yo pensé que me perseguían. No tengo ningún comentario más que hacer.

 

   
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