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 Maria Eugenia Castagnola
30-8-2015 

"REVELACION DE UN INFIERNO", POR MARIA EUGENIA CASTAGNOLA

Las remesas para los estudios y vivir casi holgadamente llegaban en forma periódica al Banco de París; de hecho, Magdalena no abrigaba dudas acerca de la puntualidad con que recibiría su dinero.

Se trataba de una suma importante considerando que su padre, Nicola, era albañil y Rina, su madre, costurera de un pueblo ubicuo y similar a tantos otros de la geografía argentina. Las pocas veces en que se veía obligada a pronunciar su lugar de nacimiento, lo hacía con acento francés. Sonaba mejor así, lo mismo que su nombre: Madeleine, como  L´Eglise Sainte-Marie-Madeleine, situada en uno de los barrios más opulentos de la Ciudad Luz.

Amaba a Nicola, un italiano inmigrante y analfabeto con pocas ideas pero claras, entre ellas, que debía huir de ese nido de ratas. De otra forma, nunca llegaría a nada como le había sucedido a él.

Con Rina en cambio, la relación era distinta. Magdalena le reprochaba pesimismo o en todo caso, exceso de cautela al planear el mañana. Su madre era una desilusión anticipada.

Le llevó mucho tiempo comprender que era Rina el pivote gracias al cual las más nimias tareas de la rutina adquirían el ritmo puntual de un mecanismo sincronizado. Siempre con una labor entre manos y en abnegado silencio -silencios en los que Magdalena leía desaprobación -  cumplía una ley no escrita que atemperaba las ilusiones vencidas. Prueba de ello, era el dedicado orden con que mantenía la casa, cumplía con su trabajo y aún, gestos inútiles pero que revelaban su paciente amor como el ramo de lirios que ponía y renovaba periódicamente, en su habitación. Pero su padre era entusiasta, miraba con esperanza el futuro y sobre todo y en forma arrobada, la miraba a ella.

Magdalena se había destacado en los estudios universitarios y medalla de oro mediante, tal como lo expresaba Nicola, "I dottori della lUniversità" le ofrecieron un postgrado en otra universidad francesa "molto importante", pero cuyo nombre no sabía pronunciar. ¡La mia figlia, Maddalena, Dottoressa de LUniversità di Francia!" "¡Cuánto tiempo le sirvió el tema para presumir con sus amigos! No cabía en sí del orgullo.

Hacía muchos años que Rina tenía los ojos consumidos por la máquina de coser y la salud pública, mes a mes, la amenazaba con una inminente operación de cataratas que nunca sucedía. Mientras trabajaba, sólo pensaba en su hija, en qué sería de ella en un mundo extraño. Cuando escuchaba a Nicola expresarse tan seguro de la suerte que acompañaría a Magdalena, Rina quedaba abandonada a la soledad de sus temores pero nada decía. La habían acostumbrado al silencio. 

Entretanto e ignorando la eficacia de su propósito, hacía lo propio de muchas madres cuyos hijos habían partido detrás de una quimera o un posible destino: Cuidarlos con el pensamiento, crearles un aura de protección, un escudo contra la desventura mientras ella misma evanescía de su propia existencia.

Nicola, a los pocos meses de la partida de Magdalena, murió de un súbito pero eficaz infarto mientras trabajaba en un anodino edificio, tanto como la tumba que lo acogió, como la gente que acudió al entierro a consolar a una viuda a quien envidiaban por poseer un sueño en ultramar.

El único rédito que obtuvo Rina gracias a la muerte de Nicola, fue la conmiseración de la salud pública que finalmente, la ungió con la esperada operación de cataratas. De esa forma, pudo seguir enviando las remesas a Magdalena. Nunca le informó del deceso de su padre por qué el desinterés de su hija por ellos se había dilatado en un tiempo que superaba la distancia. Sólo enviaba someros informes sobre su adelanto en el postgrado, refrendados por la invariable e impostergable decisión de visitarlos a la brevedad. Siempre y cuando su economía lo permitiera.

Magdalena se había entregado al glamour de París. Producto de una relación casual con un compañero de estudios, -ella lo denominaba "circunstancias de la vida"- quedó embarazada y tuvo su hijo sola. Bautizó a la "circunstancia" con el nombre de su padre, Nicola. Luego, dejó los estudios porque su crianza la obligaba a trabajar duramente, a pesar de las precisas remesas. Pero había decidido no presentarse como una fracasada. Al fin y al cabo, la distancia la resguardaba.

Pasados más de siete años envió a su casa una tesis fraguada que la convertía en la supuesta Dottoressa  que su padre tanto ambicionaba. De esa forma y aunque fuera falso, saldaba una deuda con él.

_________________________________________________________________________

Hay oportunidades en que el dolor que hemos infligido sobre todo a quienes decimos amar, revela nuestra cruel condición. Basta una palabra, un gesto, una omisión con o sin consciencia de dañar, basta una fugaz distracción para que caigan las máscaras y queden al descubierto nuestros infiernos. Y la revelación de los míos, los dejé por escrito.

Hoy sé que renunciaría a lo más preciado por revocar el dolor que injustamente provoqué, pero con frecuencia, la vida nos niega la posibilidad de otra ronda de cartas, de barajar de nuevo y desandar la ofensa inmerecida y ya sin posible reparación. 

Pasados diez años desde que me había ido a París, las cartas de mamá comenzaron a escasear. Luego recibí la noticia de que se encontraba mal de salud y decidí volver a mis pagos. Tal vez, fuera la última vez que viera a mis padres con vida.

Me encontré con la muerte de papá sucedida tanto tiempo atrás, el reciente fallecimiento de mamá y la tardía lucidez de que había sido ella quien había mantenido mis supuestos estudios todos esos años. Ya en casa, recordé lo protegida que me sentía cuando sus moradores vivían, protección que no volví a experimentar nunca más; una casa cálidamente ordenada, los lirios de siempre en mi habitación -ya marchitos- y en el cuarto de mis padres, sobre la mesita de luz de mamá, la falsa tesis del falso doctorado con un lirio también caduco, sobre ella. La había olvidado por completo; no recordaba ni la dedicatoria.

La leí y me sentí mareada, como en un laberinto difuso donde me perdía sin remedio. Lo único visible era el rostro de mamá, leyendo esa corta instancia que me envilece y que rezaba: "A mi padre, quién hizo posible lo que soy"    

 

   
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