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 Martha Kreutzer
10-9-2015 

"LA INCONCLUSA", POR MARTHA KREUTZER

 

 Lo seguí al escritorio, su lugar preferido para tratar de lo que llamaba "cosas serias". Me dirigió una sonrisa tensa que le devolví intentando disimular el temblor de uno de mis párpados. Era un tic que me aparecía cuando estaba nervioso, desde que me tocó Logaritmos en el último examen de Matemáticas.  Él se repantigó en el viejo sillón de respaldo alto que había sido del abuelo y que parecía el trono de un emperador bizantino.

-Y bien, hijo, ¿qué has pensado de tu futuro? -me zampó sin prolegómenos y con voz de trueno.  Se me doblaron las rodillas que tenía juntas, tipo muchacha melindrosa, y me habría caído si no fuera porque alcancé a sentarme. Repitió la pregunta y esta vez me sonó peor, como la del mismo Jehová ordenando a Abrahan sacrificar a su hijo.

Se me presentaba un problema grave. ¿Qué pensaba yo de mi futuro? Nada.  ¿Qué planes tenía? Ninguno. Y supuse que no quedaría muy conforme si le confesaba mis proyectos no iban que más allá del próximo domingo.  Así que me quedé mirándolo, sin hablar.  Pensé que sería astuto fingir que dudaba entre serias alternativas. Tomé coraje, crucé las piernas, apoyé el mentón en un puño y adopté un aire de profunda meditación como si me debatiera entre dos grandes desafíos, largamente sopesados.  No debí lograr ese efecto porque me dijo con rudeza:

-Me refiero a si tenés alguna idea de lo que vas a hacer ahora que terminaste el bachillerato, o pensás seguir...

 "Boludeando" quiso decir, pero calló: siempre se abstuvo de lo que llamaba "vulgaridades".   Añoré como nunca tener un padre más piola, como los de mis amigos.  El destino no lo quiso. Fui el último de los hijos del segundo matrimonio de mi madre viuda con otro viudo, un estanciero rico y añoso que le presentaron en la Sociedad Rural.  Y ese fue mi padre, estructurado, poco afectivo, austero por no decir tacaño, juicioso que, por supuesto, esperaba que yo me decidiera por una carrera formal: derecho, ingeniería, arquitectura.  Comprendí que si nombraba a cualquiera de ellas, cavaría mi propia fosa; ya no habría vuelta atrás. Él jamás perdonaba que alguien faltara a su palabra o violase una promesa. Me estrujé la mente buscando una salida y no sé cómo me animé a decirle:

-Es que antes querría viajar unos meses.

-¿Y después?

-Después... dedicarme a escribir.

Tragó saliva, enrojeció y se quedó mirándome largo rato.  El silencio se hizo pesado, cargado de desaprobación. Al fin preguntó:

-¿Y dedicarte a escribir qué? 

-Una novela -alcancé a contestar. Mi ojo izquierdo persistía con el temblequeo.

Me acordé que a él le gustaba Ricardo Güiraldes y agregué:

-Pienso escribir una historia relacionada con el campo, algo así como un Don Segundo Sombra actualizado.

Prendió un cigarrillo, largó el humo y dijo que lo del viaje no le parecía mala idea, que me daría un año para reflexionar sobre la conveniencia de dedicarme a las Letras. Al mismo tiempo, yo debería demostrar si poseía condiciones como escritor.

Sentí una oleada de alegría. Creí que el futuro se me brindaba en todo su esplendor, pensé en Hemingway y sonreí anticipando mis locas noches de música, mujeres y tragos en New York, Londres, Paris, Venecia o Roma.  Por desgracia, mi padre aclaró que, por el momento, mi viaje sería al campo.  Con una sonrisa irónica añadió que el resto del mundo me esperaría para cuando cumpliera veintidós años. Traté de consolarme. Empezaba el verano y no estaría del todo mal si me mandaba a Las Margaritas, cerca de Pinamar y Cariló.  Otra vana esperanza: él decidió que, para concentrarme en mi novela, nada sería mejor que otro de sus campos, Las Aguadas, en el norte de Santa Fe, bordeando  el límite con el Chaco.

El interrogatorio había finalizado. Me estrechó la mano y se fue a dormir.

Le había mentido con lo de mi vocación literaria. Me gustaba leer y me ha había ido bien con las materias relacionadas con las Letras, pero, en realidad, no sentía vocación alguna para la literatura ni para ninguna otra actividad. Quería simplemente que me dejaran tranquilo, que me permitieran vivir a mi manera. "Smart, but lazy" había dicho de mí la profesora de inglés.  Era cierto, al menos en cuanto a lo de haragán.

No conocía Las Aguadas, un campo poco frecuentado por la familia. Al casco lo rodeaba un monte espeso, la casa, enorme, un poco descuidada, era confortable. El clima resultó mejor de lo esperado, el trabajo en la estancia se centraba en la explotación del quebrachal, la vegetación era exuberante, el Paraná estaba cerca  y en su conjunto el lugar, aun en ese momento de mi vida en que poco me interesaban los paisajes, me pareció pintoresco.  

De puro aburrimiento probé de escribir y algo logré. Al releer mi texto me pareció un poco raro. Yo no me limitaba a colocarme en el lugar de un ojo que registra una historia y la relata, sino que caía continuamente en la tentación de meterme en ella y hacer comentarios sobre el argumento, juicios sobre cada decisión que tomaba el protagonista, como si introdujera a otra persona en la ficción que con su parecer de algún modo la influía y cambiaba el curso de los acontecimientos.  También era extraño que me mantuviera clavado en el comienzo y no arrancara, pese a que la novela llevaba más de cien carillas de desarrollo. 

Cuando estaba más entusiasmado escribiendo, se cortaba la corriente eléctrica. El viejo grupo electrógeno funcionaba caprichosamente y muchas veces pensé que me había arruinado la computadora.

Después de un mes, empecé a sentirme demasiado solo. Dormía bien, pero al despertar me acosaban pensamientos siniestros. En esos momentos odiaba a mi padre y reprochaba a mi madre su carácter sumiso, sometida de buen grado a la voluntad tiránica de ese hombre autoritario.  Llegué a la herejía de desearle una pronta viudez, algo nada descabellado, que podría ocurrir naturalmente dada la avanzada edad de su marido.

 

 Eran tristes las comidas que me servía la mujer del puestero en el comedor desierto de la casona y, sin hacerme rogar, acepté la invitación de Raúl, el capataz y de Malvina, su mujer, a comer con ellos por las noches.  Eran mis vecinos más próximos. Originarios de la colonia alemana de Entre Ríos, sus hijos trabajaban en Reconquista, les caí bien, estaban solos en la vivienda que les asignó mi padre, a pasos de la casa principal y me adoptaron por completo. Con la mejor voluntad se esforzaron inútilmente conmigo: él, en interesarme en asuntos del campo, y ella, en preparar platos especiales para engordarme, porque me veía demasiado flaco.  Ambos me ayudaron a sobrellevar el destierro.

A veces recibían visitas, sobre todo la del viejo propietario de una granja lindante. Viudo desde unos meses atrás, el pobre no conseguía sobreponerse a la pérdida de su mujer que murió de una enfermedad fulminante después de una corta agonía. En su lecho de muerte, él le había jurado visitarla todos los días en su tumba, una promesa que lo obligaba a trasladarse cientos de kilómetros hasta el cementerio de Santa Fe donde se hallaba la bóveda familiar. Por disposiciones de sanidad, las autoridades municipales no le permitieron enterrar el cadáver en la granja, como él proponía para tenerla siempre cerca.

Apiadados, nosotros tratábamos de animarlo. Lo invitábamos a participar de nuestras partidas de cartas y de las excursiones de pesca. A la vuelta, acostumbrábamos a comer juntos los pescados que Malvina nos cocinaba sin quejarse. Una noche de lluvia, durante la sobremesa, el viudo nos confió que para hablar con su mujer había consultado a una médium francesa, Madame Renard, dueña de la farmacia del pueblo y presidente de la asociación San Basilio, un grupo de espiritistas.  Nuestro amigo tomaba clases para aprender los secretos del ocultismo. Aún no se había graduado de médium, pero sabía cómo apoyar las manos en una mesa de tres patas al tiempo que pronunciaba ciertas invocaciones para establecer la comunicación con el otro mundo. Las fórmulas variaban según las fases lunares o el movimiento astral. Él las había anotado en una hoja que me mostró. Me ofrecí a pasárselas en limpio y hacerle copias con la impresora. No aceptó, pero lo que sí le interesaba era conseguir una mesa de tres patas.

En lo de Raúl, el capataz, las mesas eran normales, pero Malvina pensó que, talvez, en la casa principal, entre tantos muebles, era posible que encontráramos una.  Así ocurrió.  Apareció la mesa. La plomearemos un poco y, como en mi familia nadie tenía la menor idea de su existencia, sin dudar más se la regalé al viudo

Temí que la mesa no se comportara según sus expectativas y le dije que lamentaba no poder garantizarle que serviría para las ciencias ocultas. Él la intuía perfecta. En especial le había gustado que fuera una pieza de antigua por la energía cósmica concentrada en el mueble a lo largo de los años.  De pronto, se me ocurrió que podíamos probar la mesa ahí mismo.

Malvina me miró con aire de reproche, dijo que era muy tarde y me hizo señas para que no insistiera. Divertido, Raúl largó una risita escéptica, y sostuvo que no podíamos perdernos la oportunidad de ver una mesa espiritista en funcionamiento.  El viudo se emocionó al oír que se le brindaba la ocasión de volver a hablar con su mujer. Debí refrenar su agradecimiento que llegó al extremo de intentar besarme las manos.  Nos explicó que él tenía urgencia en definir algunos temas sobre los que ella, en las sesiones de Mme. Renard, se había mostrado muy ambigua.

Sin duda, nuestro amigo había estudiado aplicadamente cada paso. Me hizo oscurecer la habitación, sólo quedó una lámpara de pantalla oscura que proyectaba una luz tenebrosa, muy apropiada para las circunstancias.  Nos sentamos en torno a la mesa. El viudo nos rogó que dejáramos vagar la mente y apoyáramos las manos sobre la mesa. Enfrente, lo tenía a Raúl que no paraba de hacerme guiños y reírse. Nunca creí en espiritismos, pero me recorrió un estremecimiento cuando con voz tétrica ese marido desconsolado dirigió su ruego a la morada de los muertos:

-¡Invoco al espíritu de la que en vida fue Josefa Iturriberrigorri!  La luna está en cuarto menguante y Júpiter en conjunción con Saturno.  Te invoco, alma de Josefa, ven en nombre de los astros del universo.

La mesa no dio señales de vida, mi capataz empezó a toser para disimular la risa, yo eructé sin quererlo y Malvina nos dirigió a los dos una mirada fulminante.  El viudo no se desanimó por la falta de respuesta:

-¡Josefa Iturriberrigorri! ¡Preséntate -clamó con más fuerza-, por San Basilio y los santos difuntos!

No sabíamos si Josefa estaba ocupada atendiendo sus compromisos en el otro mundo y desoía los llamados de su marido, o que la mesa de mi familia maliciosamente se negaba a traducir los mensajes del más allá. De cualquier modo, dejé de sentirme impresionado. Por el contrario, tomé conciencia de la ridiculez de apoyar las manos en la mesa de tres patas, llamando a una muerta. Me costó ignorar las muecas que seguía ensayando Raúl: me habría sido imposible contener la carcajada, y resolví que, luego de la próxima invocación, le diría al viudo que, evidentemente, la mesa no servía o que esa noche su mujer no le contestaba, así que suspenderíamos la sesión.  En ese momento la mesa empezó a moverse.

-¿Sos vos Josefa? -preguntó nuestro amigo, esperanzado.

 La mesa dio un corcovo. Dejó claro que era Josefa la que respondía.

-Debo hacerte una pregunta, querida esposa. Tratá de recordar aquellos días en la granja.

La mesa dio un corcovo.

-Hacé memoria y decime si le diste la última vacuna a los chanchos.

La mesa dio un corcovo.

-Menos mal. No me animaba a aplicarles la segunda dosis hasta saberlo con certeza.  No te vayas todavía, Josefa. Esto es más importante. Después no te entretengo más. Oíme con atención.  Quiero pedirte que me liberes del juramento que te hice, lo de ir a verte todos los días al cementerio.

La mesa dio violentos corcoveos.

-Tranquilizate, no te ofendas, amor mío.   Es por la nafta: ya llevo gastados tres tanques llenos para llegar al cementerio. Pensalo bien, nunca aprobaste el despilfarro. ¿Me liberas de la promesa? A la bóveda iré los domingos, el único día que pasa la kombi.

La mesa dio un salto de aceptación.

 Satisfecho, el viudo nos miró sonriendo.

-Por mí parte he terminado. ¿No quieren preguntar algo ustedes? -nos propuso.

Me apresuré a aceptar.  Pensé unos segundos y le pregunté a Josefa si podría viajar por el mundo como lo había planeado.

La mesa dio un corcovo.

-Como ves, querido amigo, tus deseos se cumplirán. Mi Josefa no miente. Y si nadie quiere seguir, procederé a cerrar la sesión.

 No resultó fácil: Josefa se negaba a retirarse. Apretábamos las manos con fuerza contra la mesa para que cesara de moverse.  Era inútil.  Me dolían los brazos, Raúl ya no se reía y los cuatro nos mirábamos azorados.

-Concentrémonos, no pretendamos luchar contra los poderes ocultos y repitamos juntos -suplicó el viudo-: Josefa Iturriberrigorri, no seas terca, descansa en paz.

La mesa continuó corcoveando.  Él, cada vez más nervioso, se apartó de las fórmulas clásicas para gritarle a su mujer que se fuera de una buena vez; luego, nos pidió que encendiéramos las luces. En cuanto retiramos las manos, la mesa paró.

-Lo siento, es que mi Josefa siempre fue inquieta -se justificó, mirándonos con una sonrisa culpable.

-Ha sido una experiencia interesante -dije por cortar el silencio.

Malvina afirmó que a ella le pareció más bien escalofriante.

Lo extraño fue que el viudo iniciaba la despedida sin mostrar interés en llevarse la mesa. Me preocupó que se creyera que yo iba a convertir mi casa en el oráculo de Delphos y que seguiría propiciando esas sesiones.

-Déjeme que le ayude a llevar la mesa hasta su camioneta - le dije diplomáticamente para que no se la olvidara. Me asombró la respuesta.

-No saben cuánto les agradezco a los tres lo que hoy han hecho por mí. A la mesa, queridos amigos, ya no la necesito. No tengo nada más que preguntarle a Josefa. Me preocupaba lo de la nafta. ¡Si vieran la última cuenta que pagué en la estación de servicio!  Ahora estoy tranquilo y a ella, dejémosla que descanse en paz. 

-Estoy de acuerdo -dijo Malvina-. A los muertos no hay que perturbarlos.

-Sí, que descansen en paz, pero igual, por las dudas que le surja otra pregunta, llévese la mesa -le dije decidido a no quedarme solo con ese mueble inquieto en la casa, y antes que reaccionara se la cargué en la camioneta.

 

Me quedó la incógnita sobre lo que en verdad pasó esa noche. Hasta hoy el capataz sostiene que el viudo estaba un poco loco y que era él mismo quien movía la mesa.  En lo que respecta a mis andanzas por el mundo, las cumplí tal como predijo el ánima de Josefa, pero no fue el viaje juvenil que imaginaba.  Estaba por los cincuenta cuando recorrí Europa por primera vez. Fue después de recibir la herencia de mi padre que murió a los noventa y nueve. Nunca me perdonó mi holgazanería, mi incapacidad para concluir algo, pero por suerte no me desheredó. En cuanto a mi novela, en cierto modo logré terminarla y le puse como título "La inconclusa", porque nunca pasó de su larguísimo comienzo de trescientas páginas. No la hice publicar. Tampoco supe si era más o menos buena. Eso sí, la creí muy original y por momentos me sentí un innovador.  Estaba equivocado: ya había escrito una novela inconclusa el gran Macedonio Fernández. Él la llamó La novela que comienza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   
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