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 Mario Lion
05-5-2016 

"ELENA", POR MARIO LION

Sé que cuando termine de poner esta inyección en tres o cuatro minutos, aparecerá en el rostro de este anciano una sonrisa, una última sonrisa. Será una muerte feliz, como sus parientes, sus amigos y él mismo lo deseaban. Entonces mi misión estará cumplida nuevamente.

Aunque ya no puedo calcular cuántas veces he protagonizado esta ceremonia, siempre me voy con la misma sensación: una felicidad transgresora, clandestina y tal vez por eso mismo, sublime.

Todo comenzó hace unos diez años, cuando mi madre agonizaba en la cama de un hospital y sus gritos de dolor eran difíciles de calmar. Antes de su enfermedad, cuando todavía estaba sana, me había confesado, mientras compartíamos unos mates,  su secreto deseo de morirse bien, sin sufrimientos.   A los ochenta y dos años hacía sus balances de lo vivido y le quedaba por cumplir ese anhelo que yo comprendía aunque me doliera escucharla.

Esas palabras y los ojos húmedos que la acompañaron resonaban con frecuencia en mí, me abstraían. Me propuse, en el laboratorio que manejaba, encontrar esa fórmula que le permitiera un buen sueño final. Irse bien de este mundo, sin el resentimiento que  le provocaba la visión de su propia vejez y, como ella decía, el deterioro tan hiriente de su dignidad.

Trabajé muchas horas fuera de los horarios habituales. Soy químico y podía arreglármelas solo, sin ayudantes ni nadie que pudiera sospechar sobre los resultados que buscaba. La enfermedad de mi madre se declaró en ese ínterin y al agravarse, no tuve otra alternativa que experimentar el resultado de mi esfuerzo. Y fue exitoso. Aquella primera inyección había logrado su paz y por qué no decirlo, también la mía. Mi madre murió con una sonrisa, como lo había deseado y durante los días que siguieron ese fue mi consuelo, recordar su cara sonriente luego de haberla visto padecer por largos meses. 

Con las sucesivas experiencias creí que las personas recobraban en ese instante final una dignidad, que los hacía sentir bien. No era la muerte a lo que temían, sino al deterioro.

 

 

 

Con Ernesto, mi amigo de la infancia, compartíamos todo. Sin embargo, a pesar de la confianza de nuestra relación no me atreví a contarle, en ese momento,  mi hallazgo ni el efecto que producía. Sólo lo hice cuando me confesó angustiado, que su padre a quien tanto quería y que había cumplido noventa y dos años, ya no tenía deseos de vivir.

Conocía a Don Gío, como le decíamos todos los del barrio, desde mi niñez.  Era un tipo querible. Nos venía a ver cuando jugábamos a la pelota en el potrero y protagonizábamos el clásico con los muchachos del Barrio La Chancha, apodado así por la carnicera que les proveía de camisetas y pelotas a los rivales de toda la vida.

Don Gío se emocionaba con mis goles y los de Ernesto, la dupla de delanteros que rompíamos los arcos de los que se nos oponían. Por cada gol que hacíamos nos compraba un paquete de figuritas de fútbol y no faltó el gran día en que nos compró la pelota de cuero, un tesoro para esos tiempos, con el reiterado pedido de que el regalo fuera compartido: “sólo para los goleadores” nos dijo acariciándonos las cabezas con sus manos grandes y pesadas.

Cuando Ernesto me contó su situación, fui a visitar a su padre.  Se puso muy contento de verme, aunque su vista había desmejorado mucho y tenía que acercarme para que pudiera ver mi rostro. Acarició mi cabeza, pero sus manos ya no eran aquellas. Más temblorosas y frágiles no dejaban de transmitir ese amor de tipo bueno que siempre tuvo.

-Decime Jorgito, vos que sos profesional, un tipo inteligente ¿para qué sirve vivir tanto? Estoy muy viejo, ya casi no puedo valerme por mí mismo. Aunque nadie me lo diga soy una molestia para todos. ¿Para qué sirve?

-No diga eso Don Gío. Ud. sabe que está rodeado de afecto, somos muchos los que lo queremos y lo respetamos. Los viejos son los referentes, son la guía del grupo.

-Bah. ¿qué vas a decir vos? Apenas me veo en el espejo, pero ese que está ahí no soy yo. ¡y cómo duele ser eso!

Seguro que mi presencia lo había sensibilizado y soltó algunas lágrimas.

Comencé a visitarlo una vez por semana. Charlábamos generalmente sobre su vida, los recuerdos que nos unían. Siempre sobrevolaba su tristeza en todas las conversaciones.

-Si mañana no estoy, no te hagas problema. Para mí mejor. Todos los recuerdos que me llevo son buenos. Ojalá no esté, estoy tan cansado…..

Después de cada visita  se me nublaban los ojos y me compadecía de su sufrimiento.

Una tarde Ernesto me encaró y me pidió llorando que hiciera algo por su padre.

-¿por tu padre o por vos?

-Por los dos, pero creo que es más por él. No puedo ser tan egoísta de querer tenerlo a cualquier precio. Que viva así tan infeliz es cruel. Además lo que fue bueno para tu madre puede ser bueno para mi viejo ¿o no?

-¿a qué te referís?

-Vos sabés muy bien, a la”vacuna” que inventaste. No te hagas el boludo.

Sólo atiné a mirarlo. No le contesté.

-Hablemos mañana - le dije. Pensalo Jorge. Lo que te pido es por amor a él. Dejé pasar un par de días. Sabía que no podía decirle que no a Ernesto y tal vez por eso evitaba responder. Un sábado a la tarde vino a mi casa. Está bien lo voy a hacer por él y por vos.

-Bien. ¿y cómo es?

Lo pensé un rato.

-Lo mejor es que a la noche le des una pastilla para dormir. A las dos horas me hacés entrar, yo le doy la inyección y eso es todo. Él ni se entera. Estará dormido.

-Y ese producto, ¿no deja rastros?

-Ninguno. Ya lo comprobé. Es un sueño profundo. Todas las funciones se detienen al mismo tiempo. No hay dolor de ningún tipo.

Ernesto estaba triste y aliviado. Nos quedamos un largo rato en silencio.

-¿te parece mañana a la noche?-le propuse.

- ¿tan rápido? – me dijo

-Si. Tiene que ser así. No prolonguemos su agonía.

Al día siguiente hicimos como lo habíamos planificado. Le pedí a Ernesto quedarme sólo con su padre antes de darle la inyección.  Le dí un beso a Don Gío y lo infiltré en la vena. Unos segundos después esbozó una sonrisa y una leve exhalación. Era un hombre en paz.

Ernesto ingresó enseguida, había estado espiando me dijo. Al ver a su padre lloró desconsoladamente abrazándolo y también nos abrazamos.

-Gracias - me dijo- fue un buen final, como lo quiso siempre. Quedarse dormido y chau.

 

Nunca imaginé lo que sobrevendría  con el tiempo. Ernesto creyó ver un acto piadoso, como en verdad lo era y estaba convencido de que había gente que también merecía terminar sus días así, durmiendo, yéndose en paz como se había ido su padre.

-Es un acto de  amor.

-Date cuenta que hay gente a la que le puede caer mal. No debiste comentarlo.

-Sólo lo hice con gente amiga y en situaciones muy similares a la de nuestros viejos.

Así fue que de parte de él y sólo de parte de él, venía gente a pedirme que tuviera piedad por sus seres queridos.

Aunque la situación se tornaba peligrosa para mí, no podía negarme. Sólo lo hice dos veces. Fue cuando supe que alguno de los hijos era creyente de  alguna fe religiosa y eso  con el tiempo me traería problemas.  No hubieran perdonado que el final lo determine una persona y a la larga me habrían condenado.

Era mi deber conservar un silencio prudente, salvaguardar mi identidad. Vivía en cuatro lugares diferentes para evitar ser fácil de encontrar en caso de que alguien malinterpretara mis actos.

Para mi sorpresa nunca tuve ninguna denuncia en diez años. Nunca sospeché que habría tanta gente solicitándome que los ayudara a sobrellevar el final de la vida de sus seres queridos.

Una tarde, como tantas otras, alguien me dejó un mensaje en uno de mis celulares. Acudí al bar en donde me citó. Era una señora de unos setenta años. Me contó, entre sollozos, que su hija de cuarenta y dos tenía una enfermedad degenerativa y que sólo respiraba, que nada se podía hacer para salvarla. Ella me suplicó que hiciera algo por su hija,  era madre de dos criaturas que no podían verla porque el cuadro era dramático. No pude negarme.

Ya había desarrollado un método, necesitaba establecer con los pacientes alguna relación, mirarlos a los ojos, leer en ellos su deseo, detectar esa infelicidad que justificara el final que me pedían. 

La visité a Elena, estaba en una habitación aislada en su casa, con cuidados intensivos. Respiraba, pero también miraba. Era muy bella. Cuando abrió sus ojos celestes, enormes, sufridos, no supe cómo presentarme. Sólo atiné a decir, soy amigo de tu madre, pero ella pareció entender.  Salí de esa habitación, apenas saludé y quedé en contactarme.

Esos ojos no me abandonaron durante varios días. Era una mirada diferente a la de otros pacientes. Siempre creí que los ancianos deseaban un final sin dolor y  los ayudé a mitigarlo, pero Elena no sé si deseaba morir. O tal vez era yo el que no podía terminar con tanta belleza, con su juventud frustrada.

 

 

 

 

 

   
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