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 Hector Auletta
08-6-2016 

"VERÓNICA, EN CONCIERTO", POR HÉCTOR AULETTA

I

José González de la Fuente, sentado en el sillón de su escritorio, estiró al mismo tiempo brazos y piernas, intentando eliminar los restos del sopor instalado en su cuerpo desde el almuerzo. Se incorporó, caminó unos pasos por el amplio despacho y se detuvo frente al ventanal. El celeste violáceo de los jacarandaes en flor de Plaza Lavalle se extendía a sus pies. Al final de esa singular alfombra, brillante por el sol de la tarde, resplandecía el Teatro Colón. Apreciar desde su escritorio ese templo de la música clásica, de la que era devoto y a la vez un experto, había sido la razón principal que lo decidió a comprar su oficina.

En realidad, el “de la Fuente” no era original. Fue un agregado hecho después de recibirse. Toda la vida odió ser solamente José González,  un nombre demasiado vulgar que no hacía juego con sus ambiciones y que  le había valido no pocas bromas de sus amigos en las épocas en que la crueldad de la adolescencia suele encontrar cualquier motivo para martirizar al prójimo.

Cuando fue a tramitar el título decidió modificarse el apellido. Tomó el de su madre, Fuentes, y lo adoptó,  camuflándolo para asegurarse un poco más de lustre. Un lustre que ahora brillaba desde la gran chapa de bronce que decoraba la puerta de su estudio. “José González de la Fuente & asociados, Abogados”, decía.

A los cuarenta y siete años y con casi veinte de profesión, podía considerarse satisfecho. Luego de algunas idas y vueltas iniciales, decidió que ni los desalojos ni las ejecuciones de cheques sin fondos sería lo suyo. Se dedicó al derecho penal.

Comenzó defendiendo delincuentes de poca monta, pero su habilidad y los éxitos profesionales le fueron granjeando cierto prestigio. Llegaron asuntos más importantes, delitos económicos de grandes empresarios, ladrones de guante blanco, evasores, violaciones aduaneras y otras lindezas por el estilo. Asuntos que le permitieron asegurarse un futuro sin apremios económicos.

Se casó muy joven con la mejor amiga de una compañera de facultad. Luego de doce años de matrimonio y dos hijos de once y nueve respectivamente, se divorció.  Mantenía una relación cordial y civilizada con su ex, a quien le había dejado el amplio chalet del barrio privado donde vivían, el auto y una importante cuenta bancaria, asegurándose que los tres mantuvieran un muy buen nivel de vida. Además, era un padre presente y dedicado.

Decidió alquilar un elegante departamento frente a la plaza Vicente López. Desde allí estaba a tiro de caminata de la mayoría de los lugares donde necesitaba llegar: el estudio, Tribunales, el Colón. Podía haberlo comprado, pero no era partidario de  inmovilizar sumas importantes en ladrillos. Prefería las inversiones financieras, más rentables y difíciles de controlar. 

Por principios –e imagen- de la Fuente elegía las causas en las que intervenía. Rechazaba sistemáticamente dos tipos de delitos: los sexuales y los vinculados al narcotráfico.  A los ojos de los demás eso lo convirtió en un penalista  “serio”, de los que no abundan,  una presunción que le permitió incrementar el nivel de sus honorarios. Daba clases en la facultad y, pese a las ofertas recibidas, nunca quiso intentar suerte en la magistratura. No le interesaba. La libertad y la adrenalina de la calle lo divertían más.

Había recibido una llamada telefónica de una tal Verónica Ramírez: le pedía  una  entrevista. Se presentó como la mujer de Fernando Karlic, un personaje tan famoso como siniestro, cuyos antecedentes conocía a través de la prensa y el run run de los pasillos. El hombre había amasado una fortuna con negocios claramente turbios. Entre ellos, se lo acusaba de encabezar una organización dedicada al contrabando de cocaína. Después de mucho tiempo, su suerte cambió y lo detuvieron en un frustrado embarque de droga en el puerto de Campana. Ahora estaba preso, a la espera del juicio oral que se celebraría en un par de meses.

En un primer momento se resistió a recibirla, aclarándole que no solía aceptar causas de narcotráfico. Sin embargo, la insistencia de ella y algo que percibió en su voz, algo que no sólo le resultaba imposible explicar sino que ni siquiera llegaba a comprender, lo hicieron ceder. La había citado para esa tarde.

De la Fuente se apartó de la ventana y caminó hasta el juego de sillones que estaban en un rincón del despacho. Conectó el equipo de audio con un volumen suave, seleccionó el concierto N° 2 para piano y orquesta de Brahms y se sentó. Apoyó los pies en la mesa ratona y cerró los ojos. Arrullado por la música y sin poder sacarse de la cabeza la voz grave y bella de su inminente visitante, se durmió.

Lo despertó, impertinente, el zumbido del interno. Miró el reloj. Habían pasado veinte minutos. Desconectó la música, levantó el teléfono y escuchó a su secretaria.

-Doctor, está la señora Ramírez con un acompañante.

-Dígale que me esperen un momento, por favor- respondió.

Fue hasta el baño, se lavó la cara, acomodó su camisa dentro del pantalón y se ajustó el nudo de la corbata. Volvió al despacho, tomó el teléfono y dio la orden.

-Que pasen.

Desde el primer momento que los conocía, de la Fuente solía utilizar con sus clientes una impertérrita cara de póquer que no traslucía emoción alguna. Esta vez, en cambio, su rostro no pudo disimular la sorpresa y el impacto que la presencia de su potencial clienta le habían provocado.  Mucho más joven de lo imaginado –tendría unos treinta años- elegante, bellísima y con una figura que envidiaría cualquier modelo publicitaria, toda ella trasuntaba una cierta impudicia casual que le daba un aire absolutamente sexy. Nunca una mujer lo había conmovido tanto.   

Acostumbrada a provocar ese tipo de reacciones, ella extendió la mano para saludarlo, presentándose.

- Verónica Ramírez, mucho gusto.

Había percibido la inconfundible mezcla de admiración y deseo que emergía de la mirada del abogado y decidió poner distancia.

-La mujer de Fernando Karlic- agregó, con calculada frialdad.

 

II

Mientras tomaban asiento alrededor de su escritorio, de la Fuente le echó un disimulado vistazo al acompañante de Verónica. Morocho, alto y delgado, llevaba una carpeta en la mano derecha y estaba vestido con sobriedad. Saco sport, jean y una camisa blanca que, desabrochada hasta el tercer botón, dejaba ver un gran crucifijo plateado colgando del cuello. El rostro anguloso no parecía ser demasiado generoso a la hora de demostrar emociones. Perspicaz, ella advirtió la mirada del abogado y se apresuró a presentarlo.

-Carlos Gaitán, el secretario de Fernando.

-Mucho gusto, doctor. Me llaman “el chino”-agregó el otro con una sonrisa hierática, al tiempo que le estrechaba la mano con demasiada fuerza.

Un rato después de la Fuente comprendió el porqué del apodo. Aunque Gaitán casi no intervino durante la conversación que mantuvieron con Verónica, tampoco se perdió un solo detalle. Para concentrarse en la charla entrecerró instintivamente los ojos, que se transformaron así en dos ranuras levemente dispuestas en diagonal en su rostro, desde cuyo interior un par de vivaces pupilas grises la seguían palabra por palabra y gesto por gesto.

-¿En qué puedo serle útil, señora?- preguntó de la Fuente, procurando darle el necesario matiz profesional al encuentro.

Ella comenzó explicándole que Karlic no estaba conforme con la actuación de los abogados que lo habían asistido hasta entonces y que, ante la inminencia del juicio, le había encomendado visitarlo para interesarlo en su defensa.

-¿Por qué a mí?- inquirió de la Fuente con forzada modestia. -En Buenos Aires hay excelentes penalistas- agregó, intentando eludir el ofrecimiento.

-Nosotros queremos al mejor- respondió ella.

El elogio lo sorprendió, estimulando su vanidad. Sin darle tiempo a la réplica, Verónica cambió abruptamente el ángulo de la charla.

-¿Puedo fumar?- preguntó.

Aunque había abandonado el hábito hacía años, él no se animó a negarse. Recostada en el respaldo del sillón giratorio, ella cruzó las piernas haciendo que la ajustada falda que llevaba se deslizara un poco más allá de la frontera de la prudencia. Abrió la cartera y sacó un cigarrillo. De sus épocas de fumador el abogado mantenía un viejo encendedor de escritorio como elemento decorativo. Lo tomó y le ofreció fuego. En un gesto provocador, como si estuvieran solos, Verónica puso el cigarrillo entre sus labios, se inclinó hacia delante, le tomó la mano y, sin dejar de mirarlo a los ojos, la guió hasta encender el cigarrillo. Recién entonces lo soltó, sin desviar su mirada de la de él. De la Fuente no pudo reprimir una erección.

Furioso consigo mismo, sentía que se estaba comportando como un adolescente. Se daba cuenta de que, al revés que siempre, no era él sino su interlocutora quien manejaba el clima y los tiempos de la entrevista. Lo peor era que no podía evitarlo. Incómodo, intentó encauzar la conversación.

-Como le adelanté, señora, no es mi costumbre aceptar este tipo de asuntos y no encuentro ningún motivo para hacer una excepción.

-Estamos dispuestos a esforzarnos para que la haga- sostuvo ella, dejando de lado toda postura seductora y adoptando una pose de negociante.

-¿Cuáles serían sus honorarios, doctor?- preguntó, directa.

De la Fuente  sintió que retornaba a su zona de confort. Finalmente todo comenzaba a encuadrarse en los parámetros que mejor manejaba. Antes de que llegaran había imaginado esa pregunta y tenía preparada una respuesta contundente para que los visitantes desistieran de contratarlo.

-Trescientos cincuenta mil dólares- dijo sin que se le moviera un pelo. -Diez mil para estudiar la causa, noventa mil más si acepto la defensa y doscientos cincuenta mil en caso de obtener la absolución.

La cifra no pareció conmover a Verónica.

-Es un presupuesto que podemos manejar- respondió. Introdujo la mano en la cartera, sacó un sobre blanco y lo dejó sobre el escritorio.

-Acá hay diez mil dólares- agregó. -No necesitamos recibo- Miró a su acompañante.

-Chino, el escrito, por favor.

Gaitán le entregó otro sobre, más grande y de papel madera, que llevaba en la carpeta. Así como lo recibió, Verónica se lo dio al abogado.

-Verá, doctor. Como éramos optimistas respecto de su respuesta, vinimos preparados- dijo sonriente. Le dejo un escrito firmado por Fernando designándolo defensor, para que no pierda tiempo ni tenga inconvenientes en el juzgado- concluyó.

Los dos visitantes se pusieron de pie. Ella le entregó una tarjeta.

-Aquí están los números de mi teléfono particular y del móvil para que me contacte en cualquier momento que lo necesite. Los suyos ya los tengo. Fue un gusto conocerlo, doctor. Espero que tengamos suerte.

Saludaron al abogado y salieron del despacho. Cuando quedó solo, de la Fuente tuvo la extraña sensación que Verónica había manejado toda la reunión, como la directora de una orquesta en la que él había sido tan solo un instrumento.

No iba a ser la última vez.  

 

III

La primera oportunidad que tuvo de la Fuente de ver a Karlic en persona fue en el locutorio de la cárcel, un cuartucho insoportablemente caluroso en verano y helado en invierno, dividido a la mitad por una pared con un cristal sucio. Era el lugar donde los abogados se entrevistaban con sus clientes, separados por el vidrio y comunicándose a través de un auricular negro parecido a un teléfono antiguo.

Antes de la entrevista de la Fuente estaba algo nervioso. No era éste el tipo de cliente que acostumbraba atender. No se trataba de un ladrón de guante blanco ni de un financista sorprendido en alguna operación turbia. Fernando Karlic era un verdadero hampón y él carecía de experiencia respecto de cómo debía encarar la conversación. No tenía idea de con qué se iba a encontrar. 

Karlic tendría unos cuarenta y cinco años. Llevaba más de dos preso y se le notaba. De estatura superior a la normal, mantenía el porte que mostraban las fotografías  y videos de la época de su detención, pero se lo veía más delgado. Su musculatura, que asomaba desde abajo de las mangas cortas de su remera, había perdido vigor al igual que la mirada, algo apagada. El cabello había tomado un color grisáceo y comenzaba a ralearse. El rostro, de estilo balcánico y con una barba de varios días, parecía cortado a cuchillo. Sus rasgos revelaban una dureza que el encierro sin dudas había acentuado.   

-Buenos días, Fernando ¿cómo está?- le preguntó con amabilidad, intentando  disipar la tensión que sentía flotar en el aire.

-Aquí estoy. La cárcel no está mal, pero es la cárcel- contestó Karlic, con indiferencia.

De la Fuente comenzó diciéndole que había estudiado la causa. Luego, durante casi media hora le confió a su cliente ciertos pormenores, comentándole por fin que, según su criterio, tenía buenas posibilidades en el juicio oral. Intentaba profundizar en la estrategia de defensa que tenía pensado desarrollar cuando Karlic lo interrumpió abruptamente.

-Vea, doc. Confío en usted. No me explique nada. Haga lo que tenga que hacer para sacarme de aquí- dijo.

De la Fuente registró ese inesperado voto de confianza y comenzó a sentirse más cómodo.

-Con Verónica analizamos mucho en quién podía asistirnos en esta instancia. Conocemos su trayectoria y sabemos de su honestidad. La elección no fue azarosa. Estamos seguros de que no nos equivocamos- dijo Karlic, terminando la conversación.

Se levantó y le solicitó al guardia volver a la celda. Antes de salir del locutorio levantó la mano para saludar al abogado y le guiñó un ojo.

De la Fuente sintió que había aprobado el examen.

 

IV

Como siempre que tenía a cargo asuntos complicados, comenzó a quedarse en el estudio trabajando hasta tarde. Le rendía mucho más hacerlo en soledad, rodeado del silencio y la tranquilidad de la madrugada que en medio del frenesí del día, con consultas, visitas y llamadas telefónicas interrumpiendo en forma constante.

Desde que decidió aceptar la defensa se había entrevistado varias veces con Verónica, con la excusa de interiorizarse en detalle de los asuntos de Karlic que pudieran serle útiles para su tarea. Al principio la acompañaba Gaitán, pero en las últimas oportunidades había venido sola. De la Fuente sabía tratar a las mujeres y por pinta, posición social, o por lo que fuera, no le costaba tener éxito con ellas. Sin embargo, con Verónica era distinto. Se sentía algo acobardado, tal vez por la atracción que  le provocaba, porque era la mujer de un delincuente de la calaña de Karlic, o quizás por ambas cosas. Ella se había dado cuenta de la situación y se movía con comodidad. Constantemente jugaba a la seducción, yendo y viniendo. No podía decirse que tuviera una actitud histérica, porque para eso hubiera sido necesario que de la Fuente se le hubiera insinuado, pero sin duda disfrutaba con la indecisión del abogado.  

Esa noche ya habían pasado un par de semanas desde la entrevista en la cárcel. Terminaba de cenar en forma muy frugal sobre la misma mesa de reuniones donde se apilaban y desparramaban las innumerables fotocopias que había extraído de la causa, cuando lo sobresaltó el sonido del portero eléctrico.

Miró el reloj. Era casi medianoche y llovía. No tenía idea quién podría ser a esa hora. Levantó el auricular y, sorprendido, escuchó la voz de Verónica Ramírez preguntando si podía subir. Sin dudarlo un instante, accionó el botón para abrir la puerta.

Estaba hermosa como siempre. La llovizna le había humedecido el cabello, lo que la volvía más sensual todavía. De la Fuente la ayudó a quitarse el impermeable, aprovechando esa cercanía para aspirar su suave perfume. Como si hubiera salido de apuro, Verónica llevaba  un sencillo jogging de algodón, una remera y zapatillas. Nunca la había visto así, vestida de entrecasa, y eso lo atrajo aún más. Ella caminó unos pasos, dejó los cigarrillos y el encendedor sobre la mesa ratona y se sentó en el sillón de tres cuerpos del despacho. Él la imitó, sentándose a su lado. Verónica comenzó a hablar sin aguardar que le preguntaran nada.

-Tengo miedo, José- dijo con una familiaridad imprevista. –Desde que Fernando está preso vivo sola en esa casona gigante y me siento mal. Estoy segura que alguien, no sé quién ni por qué, me está vigilando. No tengo a nadie a quien recurrir para sentirme cuidada, protegida.  

-¿Y Gaitán? –atinó a preguntar de la Fuente, descolocado por el tono y el contenido de la incipiente conversación.

-Mirá - dijo ella, utilizando un tuteo repentino que cancelaba definitivamente las distancias. -Gaitán, la mucama y otro guardaespaldas duermen en las dependencias de servicio de la casa, pero responden a Fernando. Y van a hacer únicamente lo que él les ordene, sea lo que sea. Yo no cuento. Necesito alguien que me entienda y me ayude.    

-Si puedo hacer algo, estoy a tu disposición- respondió él con timidez.

Sin pensarlo, instintivamente, la tomó de la mano. Como si lo hubiera estado aguardando, con un movimiento suave pero firme Verónica lo atrajo hacia ella. Él se dejó llevar hasta sentir la presencia cálida de su cuerpo de mujer a través de la levedad de la vestimenta, la abrazó e intentó besarla. Ella no se resistió. Sin dejar de hacerlo, de la Fuente  la fue recostando con suavidad sobre el sillón. Deshacerse del jogging que llevaba le resultó mucho más sencillo que lo que hubiera costado hacerlo con cualquier otra ropa.

No era la primera vez que ese sillón se transformaba en testigo y protagonista involuntario de un encuentro sexual. Pero esa noche fue distinto. De la Fuente sintió que había allí algo más que una mera satisfacción ocasional. Y mientras se abrigaba con el calor que emergía del cuerpo desnudo de Verónica acurrucado contra el suyo, imaginó que, impensadamente, haber aceptado la defensa de Karlic podía darle un vuelco a su vida. 

En un intervalo del amor, Verónica encendió un cigarrillo y le contó su historia. Nacida en un pueblo ignoto del interior de la provincia de Buenos Aires, huérfana de madre y abandonada por su padre, Karlic la había rescatado a los dieciséis años a los tiros de un prostíbulo donde la habían ingresado por la fuerza a los quince. La llevó a vivir con él. La cuidó, la mantuvo y la obligó a terminar la escuela secundaria. Recién la transformó en su mujer cuando ella tenía diecinueve, doce años atrás. No le hizo faltar nada. Por el contrario, le concedía lo que ella quisiera con el único requisito que siguiera a su lado. Agradecida aunque no enamorada, no tenía idea cómo hacer para intentar otra vida, ni tampoco estaba convencida de que le conviniera. También temía por las consecuencias que pudiera traerle esa decisión.

Durante todo el período en que estuvo preparando la defensa, los encuentros con Verónica se sucedieron. Trasladó las sesiones de trabajo nocturno a su departamento, donde tres o cuatro veces por semana ella iba a pasar la noche. De la Fuente disfrutaba plenamente de esos encuentros, a pesar de que no dejaba de temer la reacción de Karlic en el eventual caso que se enterara. Sin embargo, ese miedo, lejos de frenarlo, lo impulsaba a seguir adelante. Lo clandestino de la relación la tornaba cada vez más apasionada. Comenzó  a imaginar un futuro compartido lejos de Buenos Aires, tal vez en otro país. Cuando se animó a comentárselo,  ella pareció entusiasmarse. Acordaron postergar el proyecto para después de concluir con el  devenir judicial.

La noche antes del inicio del juicio de la Fuente no pudo pegar un ojo. Mientras ella dormía profundamente a su lado, las dudas lo carcomían y alimentaban su insomnio. Consciente de que no sólo la suerte de su cliente, sino la suya propia estaban exclusivamente en sus manos, la indecisión lo torturaba. ¿Qué tenía que hacer? ¿Cumplir su responsabilidad profesional y lograr la absolución de Karlic? Si hacía bien su trabajo, Verónica volvería con el hampón. El futuro que anhelaba se tornaría improbable y difícil de concretar, además de peligroso. En cambio, si actuaba según su propia conveniencia, la condena de su cliente le facilitaría la concreción de sus sueños. Pero por otra parte, la libertad de Karlic le permitiría  comprobar la sinceridad del amor que Verónica le había jurado durante esos meses.

Con la encrucijada sin resolver se hicieron las cuatro de la mañana. Decidió despertarla para que se marchara y llegara al tribunal desde su casa, evitando cualquier tipo de  sospecha. El comienzo de la audiencia estaba programado para las diez. Ella se vistió, bajó a la calle y tomó un taxi.

Cuando vio arrancar al auto, el chino Gaitán se levantó parsimoniosamente del banco de la plaza donde había permanecido toda la noche, subió al suyo y partió con destino desconocido.

 

V

Como por arte de magia, las dudas de de la Fuente se disiparon ni bien entró a la sala de audiencias. En ese preciso instante tuvo la certeza que iba a cumplir la mejor defensa de su vida profesional.

Aunque tenía doscientas cincuenta mil poderosas razones para hacerlo, el solo hecho de ingresar en ese ámbito le hizo aflorar el espíritu de competencia que todo abogado que se precie debe tener. Tenía que ganar, y para hacerlo estaba dispuesto a doblegar a su rival como fuera. Pero además, en su fuero íntimo sentía que estaba ante la oportunidad de demostrarle a Verónica que no se había equivocado cuando dijo que él era el mejor. Y eso era casi más importante que la montaña de dinero que podía ganar.

El juicio duró una semana. Con precisión quirúrgica, de la Fuente destruyó una tras otra las pruebas, presunciones e indicios que inculpaban a Karlic. Finalmente llegó el momento de los alegatos. En contraposición con el del fiscal, el suyo fue brillante.

El veredicto fue tan previsible como inevitable. Karlic fue absuelto de culpa y cargo “sin que el proceso afectara su buen nombre y honor”. Aunque la fiscalía seguramente iba a apelar, la actuación de la defensa fue de una perfección y una contundencia tales que había sellado la suerte del recurso aún antes de que se interpusiera.

Hasta ese momento, de la Fuente jamás había visto sonreír a Karlic. Éste, agradecido, lo abrazó con entusiasmo. Verónica, por su parte, estaba radiante y se la veía feliz, tal vez demasiado para el gusto del abogado. Ella le estrechó la mano agradeciéndole la libertad de su esposo.

-En la semana le hago llegar lo suyo, doc- le dijo Karlic, antes de perderse por la puerta de la sala de audiencias con Verónica colgada del brazo.

De la Fuente se quedó de pie al lado del estrado. Mientras observaba cómo se marchaban,  lentamente comenzó a experimentar dos sentimientos distintos. El primero de ellos alguna vez lo había sentido. El otro, hasta entonces no lo conocía.

Lo invadieron la envidia y los celos.

 

VI

Karlic cumplió su palabra. Unos días después el chino Gaitán se presentó en el estudio con una mochila conteniendo los doscientos cincuenta mil dólares comprometidos por el éxito de la defensa. 

Cobrar semejante suma de dinero fue la única satisfacción que experimentó de la Fuente después del juicio. Se sentía triste. Extrañaba a Verónica, a quien no había vuelto a ver desde aquél día. Le pareció lógico que las primeras semanas ella guardara silencio y por prudencia evitó tomar la iniciativa de llamarla. Pero había pasado más de un mes y no había intentado contactarlo de ninguna manera. Las promesas formuladas entre arrumacos y sábanas compartidas en las noches de pasión comenzaban a esfumarse lentamente. A esa altura nada hacía prever que Verónica tuviera intenciones de concretarlas en algún tiempo más o menos cercano.

Luego de un par de meses sin noticias de ningún tipo, una tarde se presentó en el estudio el chino Gaitán. Extrañado, de la Fuente lo hizo pasar.

- Buenas, doc- saludó Gaitán mientras le apretaba la mano con la excesiva fuerza con que acostumbraba a hacerlo.

- ¿A qué debo el honor, Chino? – preguntó de la Fuente con simulada cortesía, ni bien se pudo librar del incómodo saludo.

– Vengo de parte de Don Fernando. Quiere invitarlo a cenar esta noche en su casa con él y la señora, para festejar el resultado del juicio.

Le pareció raro que Karlic organizara una cena de celebración tanto tiempo después del juicio. Además, todavía faltaba la apelación del fiscal, aunque sabía, y así le había asegurado a su cliente, que las posibilidades de revertir el resultado eran muy remotas. No obstante, muerto de ganas de volver a ver a Verónica, no se hizo rogar.

- Con mucho gusto ¿A qué hora?

 - A las diez, doc – respondió Gaitán, haciéndole doler nuevamente la mano en la despedida.

Ansioso, a las diez de la noche en punto de la Fuente estacionó el auto frente al portón de la casona donde vivía Karlic, en La Horqueta. El predio donde estaba emplazada no debía tener menos de media manzana. Rodeaba el perímetro del terreno un muro de ladrillo de dos metros y medio de altura con tres hilos de fino alambre en su parte superior, evidenciando la existencia de un sistema electrificado de seguridad. La entrada estaba en una calle lateral, estrecha y escasamente iluminada.

Ni bien se aproximó a la puerta, un potente foco iluminó el lugar. Tocó el timbre y a través del portero eléctrico una voz metálica le indicó que ingresara con el automóvil, mientras se abrían lentamente las dos hojas del portón.   

Un angosto camino de grava atravesaba un jardín bien cuidado y arbolado que conducía hasta un pequeño playón frente a la puerta de la casona. Allí lo estaba aguardando lo que de la Fuente supuso que sería el otro guardaespaldas del que hablaba Verónica, o quizás un mayordomo o algo por el estilo. Alto y de doble ancho, imaginó que el tipo bien podría haber sido, años atrás, tercera línea de alguno de los clubes de rugby de la zona. Vestido con traje negro y corbata, la cabeza grande, cuadrada y con cabello muy cortito se asentaba sobre un cuello y un tórax de un grosor y tamaño tales que daba la impresión que en cualquier momento la camisa, la corbata y el traje iban a estallar.

El gigante lo condujo a una recepción donde lo estaba esperando Gaitán.

-Puntualidad inglesa, ¿eh, doc? Así me gusta. Pase por acá- lo invitó, sin estrecharle la mano esta vez, para alivio de de la Fuente.

Ingresaron en un pasillo que llevaba a una especie de living amplio, tenuemente iluminado. En un sillón de gran tamaño estaban sentados Karlic y Verónica, que parecían estar esperándolo. Al verlo entrar, los dos se pararon. El primero, sonriente, lo saludó con una efusividad desacostumbrada. Verónica, esquivando la mirada, le extendió la mano.

De la Fuente se dio cuenta que algo raro pasaba, pero no tuvo la seguridad de que así era hasta que sintió cómo el gorila que lo había recibido a la entrada lo tomaba desde atrás con una fuerza inaudita e irresistible, inmovilizándolo. Tampoco tuvo demasiado tiempo para comprender lo que sucedía. Gaitán lo desmayó de un violento culatazo.

 

VII

Cuando recuperó el conocimiento, lo primero que de la Fuente sintió fue un dolor agudo que le perforaba la cabeza. Un penetrante olor a humedad invadía sus fosas nasales, provocándole náuseas. Intentó mover las manos. No pudo. Las tenía sujetas a su espalda con un precinto plástico que le impedía todo movimiento. Sonaba una música algo lejana. Con precisión de entendido identificó sin dificultad la sonata Claro de Luna de Beethoven.

Con esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentado. Miró a su alrededor. El lugar, sombrío, tenía dos pequeñas claraboyas cercanas al cielo raso.  Supuso con acierto que estaba en un sótano. Frente suyo Karlic, flanqueado por Gaitán y el gorila, formaban un trío nada tranquilizador. El hampón lo miraba con una sonrisa cínica. A las espaldas de éste alcanzó a advertir la presencia de Verónica.

-Como usted sabe, doc, soy un hombre de negocios. Baso todo mi accionar en dos principios: la buena fe y la confianza. No podría trabajar de otra forma- comenzó diciendo Karlic. -Por eso me indigna cuando no se me corresponde de la misma manera.

-Y mucho más indignante me resulta que alguien, abusando de esa confianza que le dispenso, intente apropiarse de algún bien que me pertenece- agregó, tomando de un brazo a Verónica y colocándola a su lado, bien de frente al abogado, que permanecía sentado y observando la escena sin entender demasiado todavía.

- En mi actividad, cuando pasa algo así, es fundamental establecer prioridades- siguió. –Yo primero me dedico a recuperar lo que es mío y a asegurarme que no puedan volver a quitármelo. Después sí, es el momento de cobrar la factura. Y ahora es su turno de pagar, doc.

De inmediato lo miró a Gaitán. Sin que mediara una palabra, el chino extrajo de entre su ropa una pistola y se la entregó. Karlic accionó la corredera, poniendo una bala en la recámara.

-Aunque en este caso no es justo que usted cargue con toda la cuenta. Hay alguien que, por haberse pasado de la raya, tiene que colaborar- dijo mirando a Verónica, a quien tenía asida firmemente por el brazo.

–Hacelo vos- le ordenó, extendiéndole la mano con el arma. Cabizbaja y lloriqueando, ella intentó una débil resistencia.

-Dije que lo hagas vos, carajo- volvió a ordenar Karlic, subiendo el tono y sin dejar el menor lugar para la réplica.

Entonces sucedió algo extraño. La música, antes lejana, comenzó a sonar con mayor intensidad. Verónica pareció calmarse con una rapidez que no se correspondía con su reacción anterior. Sin rastros de lágrimas en sus ojos ni apartar un segundo su mirada de los del abogado, con un gesto idéntico al día que se conocieron y ella encendió el cigarrillo en su despacho, tomó la pistola con ambas manos y la levantó apuntándolo, lista para la ejecución.

Y fue en ese preciso momento cuando José González de la Fuente volvió a experimentar la misma sensación que lo había invadido en aquella oportunidad. Esa sensación que ahora se transformaba en una dolorosa certeza. Comprendió, justo antes del final, que todo ese concierto había sido ejecutado por una orquesta dirigida por otro, en la que él había sido nada más que un instrumento.

 

   
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Shuartzberg, Valeria Laura (8)
Solanas, Hector (51)
Stasevich, Daniel (8)
Tabbush, Roberto (6)
Tarsitano, A. (7)
Teran, Juana (1)
Tezanos Pinto, María (54)
Ulas, Gabriela (1)
Valente, Susana (8)
Vazquez, Silvia
Villarino, Jorge (4)
Viola, Maria
Volonteri, Clelia (2)
Zorraquin, Lucrecia (7)
Zuain, Edgardo (2)
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