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 Martha Kreutzer
09-6-2016 

"LONGEVOS", POR MARTHA KREUTZER

                                                                                                                                       

     

A los ochenta zafé de un infarto de miocardio gracias a dos “stents” que despejaron los atascos de mis corrientes sanguíneas; a  los ochenta y cinco, de un  cáncer de próstata, que me dejó vivo, pero con menos entusiasmo erótico que el de mi viejo siamés, castrado en su infancia; a los noventa, después de oscilar entre este y el otro mundo en terapia intensiva, sobreviví a la gripe A. De milagro, hace un mes, a los noventa y cinco, no me quebré cuando resbalé en el baño por pisar un jabón.  Por desgracia, se enteró Eugenia, la menor de mis primas que está viuda y tiene los hijos afuera. En seguida sintió que debía acompañarme. Me recordó que éramos los únicos primos que quedábamos vivos y propuso mudarse para vivir conmigo. No la alenté, más aún me esforcé en disuadirla, aunque en cierto modo su decisión me gratificaba. Euge fue una linda mujer; anda cerca de los ochenta, sigue inquieta, activa y se conserva bien. Siempre estuve un poco enamorado de ella.  En el campo, durante las noches de un verano, del que jamás hablamos, protagonizó varias incestuosas visitas a mi cuarto.

No sé por qué accedí. Mi hija también me había insistido en que viviera con ella en el campo. Nunca me atrajo la vida rural. Soy un hombre urbano y disfruto de cierta soledad. Además, estaba tranquilo con Ramona y Lucy. Las dos muchachas hacen las compras, limpian la casa, me dan de comer y me dejan en paz.  Mi vida cambió. Euge tomó el control. A diferencia de sus hermanos y primos, ella no completó los estudios universitarios, no obtuvo como nosotros diplomas de honor, ni premios de postgrados, ni distinciones. Pero, con el mismo ímpetu familiar, se especializó, como ahora comprobé, en organizar placares ajenos, lo que no sería grave, sino se dedicara también a organizar vidas ajenas.  Sin duda, antes consagraba ese caudal de energía a su marido e hijos.  Ellos ya no están a su lado y me ha convertido en su objetivo actual.

Todas las mañanas a las siete, Ramona me traía a la cama un café doble bien cargado. Oía las noticias y leía el diario sin que nadie me importunara. Ahora, Euge que también madruga, se aparece en mi cuarto y empieza con su cantinela.

—Tu desayuno es insalubre. Al verlo me pregunto ¿por qué, querido Diego, no incluís jugos, cereales, frutas, vitaminas y algún antioxidante?

Aún no se animó a prohibirme el café, pero con insistencia pretende que trague una mezcla inmunda de cereales con leche, como si fuera un bebe, y me habla loas de un té de hierbas que huele a pis de gato.

Naturista vegetariana, me contempla horrorizada durante las comidas, como si el hombre de Nederthal se hubiera sentado a la mesa junto a ella.  No soporta verme devorar las costillitas de cerdo a la riojana saltadas con panceta o la pata de cordero a la cazadora que Ramona prepara a mi gusto, bien condimentada.

—¿Por qué, querido Diego, no comprendes que los adultos mayores no deben ingerir más de dos porciones de apenas 90 gramos de proteína?

No padezco de presión alta, sin embargo ella ansía eliminar por completo la sal en mi cocina.

Contengo mi fastidio. A lo largo de mi vida he intentado expresarme con delicadeza, en especial dirigiéndome al sexo femenino.  Hay que reconocer que con ella no es fácil. Aunque sé que su intención no puede ser mejor, siempre estoy a punto de echar mano a ese repertorio vulgar, que usan los deslenguados de mis nietos y, aunque a ella le suene rudo, poner punto final a tanta intromisión.

Soy un hombre metódico. Todos los días, antes del almuerzo, a eso de las once, acostumbro a caminar unas cuadras por Callao hasta Quintana. Allí paso unos minutos a ver al último de mis viejos amigos. Está postrado, respira con dificultad. Le cuento las novedades políticas —estuvimos afiliados al mismo partido—, comento las noticias y los acontecimientos de familia. Me escucha, sin hablar.  Cuando me despido, sonríe, me guiña un ojo, aprieta mi mano con cariño y murmura “te espero mañana”.  Sabe que nunca falto.  Cuando él muera, ya no me quedarán contemporáneos.

Este viernes empeoró el tiempo.  Me disponía a salir, con sobretodo, piloto, bufanda, sombrero, bien pertrechado para afrontar el frío y la lluvia. Eugenia quiso impedírmelo. Me tomó de un brazo y se interpuso en la puerta.

—¿Por qué, querido Diego, vas a cometer la locura de salir hoy? No puedo permitirte esta imprudencia.

Me contuve, nada le dije; solo la aparté con el paraguas (tal vez un poco bruscamente) y le dirigí una de esas miradas significativas que alguna vez impusieron respeto en las discusiones parlamentarias.

Ya había parado de llover cuando dejé a mi amigo y salí a la calle. No quise volver en seguida a casa.  Como siempre con la tormenta, me dolía el viejo desgarro del hombro y sentí la puntada en el talón del pie derecho. Resignado, aguanté las molestias y caminé lentamente hasta el club.  Allí decidí quedarme a almorzar. En cuanto entré al comedor, se me acercó un anciano sonriendo. A pesar de tanto tiempo sin vernos, me reconoció. Quince años menor que yo, había sido mi alumno en la facultad. Lo invité a mi mesa, conversamos largamente. Me alegró haber recordado su nombre y el de algún otro de su grupo. En la despedida intercambiamos tarjetas y quedamos en encontrarnos el mismo día de la semana siguiente.  En el camino de vuelta, me detuve a comprar unas medias en un negocio; después estuve curioseando en una librería y no entré a casa hasta las seis de la tarde.

Eugenia actuó como si nada hubiera pasado y se empeñó en mostrarse cariñosa.  Con todo, no aguantó sin criticarme algo: esta vez, le tocó a mi afición a tomar un vaso de whisky antes de las comidas.

—¿Por qué, querido Diego, no tomás por las noches una copa de tinto, nada más,  como recomendaba  el doctor Favaloro?

Con esfuerzo pude convencerla de las bondades para la salud del mosto de cereales y al fin aceptó acompañarme con un whisky. “Apenas para probarlo”, me advirtió.  Se tomó dos, se le pusieron los ojos brillantes, se acaloró, se quitó el chaleco, quedó con una blusa transparente demasiado escotada que dejaba entrever el desmoronamiento de unos senos otrora turgentes. Durante la comida, me sobresaltó sentir su pie que rozaba mis piernas por debajo de la mesa. Después, alargó el acostumbrado beso de “buenas noches” y le añadió una mirada provocativa, todas maniobras que, en otros tiempos, habrían encendido unos fuegos hoy definitivamente extinguidos.

Esa noche me dormí pensando cómo enviarla de vuelta a su casa, elegantemente, sin ofenderla. Algo debía hacer para recuperar mi libertad. Desde la infancia tuve suerte: había sobrevivido a una conmoción cerebral por la caída de un caballo, de joven a un accidente de auto, de viejo al infarto, al cáncer, a la gripe A, pero… ¿lograría sobrevivir a la invasión de mi prima? La respuesta era dudosa.

A la mañana siguiente, con mi voz más dulce, hablé a Eugenia de la conveniencia de buscarse una ocupación interesante para una mujer capaz como ella. Le sugerí, por ejemplo, perfeccionar su Inglés. Le señalé que le serviría para comunicarse mejor con sus nueras y nietos americanos. Le mostré la propaganda de un curso que aparecía en el diario. Mentí afirmando que tenía buenas referencias de ese instituto. Igual no prestó la menor atención.  En cambió me aleccionó sobre las ventajas de comer entre 25 y 30 gramos de fibras para mejorar el movimiento de mi tubo digestivo, algo deficiente a mi edad. El comentario me enojó.  Me pareció el colmo de indignante que se inmiscuyera hasta en mis idas al baño.

A la hora del té nos reunimos en mi escritorio. A raíz de un libro de auto ayuda que se publicitaba en el diario, se me ocurrió anunciarle que, con los años, ante la cercanía de la muerte, yo necesitaría disponer, cada vez más, de momentos de solitaria meditación. Añadí que en un futuro próximo me dedicaría a repasar la historia de mi vida. Escribiría mis memorias, una tarea que, le señalé con énfasis, requiere la máxima soledad. Hasta cité a Modiano y le repetí: “escribir es la más solitaria de las actividades”.  Distraída, asintió con un desinterés que me obligó a ser más directo.

Le recordé su casa de Belgrano y le aconsejé darse una vuelta por ese departamento tan elegante, pleno de objetos valiosos y donde las lindísimas plantas de su balcón languidecerían sin el cuidado de sus manos. Eludí referirme al espantoso e histérico salchicha que dejó solo, a cargo de su mucama, porque me negué terminantemente a recibirlo en mi casa.

Si captó mis insinuaciones, no lo demostró. Inmutable, con una amplia sonrisa, mi prima tomó la tetera y se sirvió otra taza. En ese instante apareció Ramona con aire triunfal. Como un soldado victorioso portando la cabeza de su enemigo, nos trajo un plato repleto de medias lunas recién horneadas. Me encantan las medias lunas y ya le había hincado el diente a una de ellas, cuando mi prima me interpeló en tono autoritario:

—¡Qué inconsciencia! ¿Pero es que no terminás de comprender el peligro del colesterol y los triglicéridos?  Hasta el cansancio me pregunto, ¿por qué, querido Diego, te negás a lo evidente?

Enrojecí. Ella había traspuesto el límite de lo tolerable. Soltar la media luna habría sido capitular.  Pese al riesgo de resultar ofensivo, acepté que no me quedaba más que dar un fin cortante al asunto. Me acordé de esas palabras tan vulgares como incisivas que usan mis nietos entre ellos y le zampé:

—¡Prima Euge, ante todo te canto que el colesterol y los triglicéridos me importan un pomo! Y hasta el cansancio yo también me pregunto: ¿Por qué, querida Euge, no te vas a la mierda?

 

 

 

 

 

   
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