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 Ignacio Llorente
15-6-2016 

"CARRERA DE CUADRERA", POR IGNACIO LLORENTE

 

“La Juntada” era una fiesta. Un caserío perdido en la pampa; no era el mundo, era una parte de parte del mundo. Al mediodía, con el sol a pique, se fueron arrimando  lugareños y  forasteros de pueblos vecinos. En un monte de paraísos, desnudos por el invierno y al lado del  camino real, se montó una casilla de chapas y un largo mostrador donde se despachaban las bebidas, vino tinto y soda. Varios paisanos  arrimados a un gran fuego asaban  largas ristras de chorizos desparramadas como cuentas de un rosario sobre la parrilla. El calor y el vino les habían hecho efecto; tenían los ojos rasgados como puñaladas en una lata. Una jauría de perros famélicos y hediondos se paseaba buscando restos de comida.

Las carreras estaban prohibidas pero no faltaba nadie: el intendente, el comisario, el médico y el cura párroco; el padre Lucio Buenaventura. Su  sotana de lana negra dejaba ver los soquetes grises y unas alpargatas blancas, un ancho sombrero de paja cubría su cabeza. Petiso, tenía el aspecto de un espantapájaros. Fue destinado al paraje hace treinta años y el obispo parecía haberse olvidado de él. Su fervor apostólico de cura recién ordenado se había oxidado con las lluvias, era uno más.

Los contrincantes eran una yegua llamada Forajida, y un padrillo, Satanás. La diferencia de alzada era notable; la yegua parecía una potranca al lado del padrillo. A pesar de la aparente ventaja, muchos paisanos sostenían que era un rayo. Invicta, iba por su cuarta carrera. El padrillo, un veterano con más de veinte carreras ganadas. Decían que había corrido en Palermo (las presunciones en los pueblos volaban como las polillas). Al intentar saltar un alambrado, perdió un ojo; le pusieron una esfera de madera blanca. Se veía como un huevo duro en una boca abierta. La visión reducida, le permitía correr mejor según el decir de su dueño.

La pista se extendía por un potrero, trescientos metros de largo marcados por ramas. Dos palos altos señalaban la línea de partida y dos bolsas de papas, la llegada.

La concurrencia se dividió en grupos, discutían animadamente las posibilidades de cada caballo; Se empezaron a cruzar las apuestas. El cura, apostaba empecinadamente a favor de la yegua, Forajida. Las fuerzas del mal no prevalecerán se decía para sí, recordando el nombre de Satanás. El juego lo tenía atrapado: lotería, quiniela, rifas y cuando podía algún truco por dinero.

Los organizadores designaron los jueces: el comisario como responsable de la largada, el bizco Braulio y el carnicero Amílcar verificaban la llegada.

Los caballos apareados en un trote ligero pero contenido se dirigieron a la largada. Luego de varios intentos fallidos porque uno se adelantaba al otro, se sintió como un alarido  el grito: “Largaron”. Dos sonoros rebencazos y los animales saltaron disparados hacia delante. Parecían dos galgos corriendo una liebre. La carrera era pareja y se aproximaron a la llegada sin sacarse ventajas. Faltando unos treinta metros, el jinete de Forajida revoleó el rebenque y se lo cruzó violentamente en la cara a su contricante. La puteada retumbó en el monte. Cruzaron la llegada delineada por las bolsas de papas; los jinetes se trenzaron en una violenta discusión mientras se internaban en el monte .

La multitud, ansiosa, avanzaba en forma compacta por la pista; querían  conocer el resultado para cobrar las apuestas.

-----Bizco ¿quién ganó?, preguntó en un susurro Amílcar agazapado detrás de la bolsa de papas.

------ No sé….no sé …llegaron juntitos, dijo el Bizco pálido por el susto.

-----La puta que te parió, ya sé pero ¿quién ganó?

-----Los…lo….los….do…do…dos, tartamudeó el Bizco.

---- Rajemos…. rajemos,  nos cagan a palos por inútiles.

Salieron corriendo y se perdieron en la espesura del maizal. Al no encontrarlos, los apostadores de cada caballo se atribuyeron el triunfo. De las discusiones se pasó a las manos y en un tris, la gresca fue descomunal. El cura la pasó mal, varios energúmenos le reclamaban el dinero e intentaron pegarle; en el entrevero alguien le manoteó el sombrero de paja. El comisario lo protegió hasta que llegó la policía y los ánimos se calmaron.

Ensimismado, el padre Buenaventura se encaminó hacia la iglesia cuando recordó la letra del salmo treinta y tres como una premonición:

“Ellos me enfrentaron en un día nefasto,

pero el Señor fue mi apoyo

me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me ama.”

 

Tuvo la certeza de contar con la protección divina y fue al quinielero a jugarle al 33.

 

 

 

 

 

                                                       

   
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