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 Martha Kreutzer
14-7-2016 

"LA INCONCLUSA", POR MARTHAK KREUTZER

 

 

 Lo seguí al escritorio, su lugar preferido para tratar lo que llamaba “cosas serias”. Me dirigió una sonrisa tensa que le devolví tratando de detener el temblor de uno de mis párpados. Era un tic que me aparecía desde que me tocó Logaritmos en un examen de Matemáticas.  Él cruzó los brazos y se repantigó en el sillón que había sido del abuelo, un mamotreto imponente, como el trono de un emperador bizantino.

—Y bien, hijo, ¿qué has pensado de tu futuro? —me zampó sin prolegómenos.  Se me doblaron las rodillas y me habría caído si no fuera porque alcancé a sentarme. Sin esperar mucho me repitió la pregunta con una voz de trueno, tipo la de Jehová ordenándole a Abraham sacrificar a su hijo.

Se me planteaba un problema grave. ¿Qué pensaba yo de mi futuro? Nada. ¿Qué planes tenía? Ninguno. Y supuse que no quedaría muy conforme si le confesaba que todos mis proyectos no iban más allá del próximo domingo.  Me quedé mirándolo sin saber que decir.  Pensé que sería astuto fingir que dudaba entre serias alternativas. Con el mentón apoyado en un puño, adopté un aire de honda meditación, como si me debatiera entre dos grandes desafíos.  No debí lograr ese efecto, porque me dijo con rudeza:

—No te hagas el gil. Me refiero a si tenés alguna idea de lo que vas a hacer ahora que terminaste el bachillerato, o pensás seguir…

 “Boludeando” quiso decir, pero calló.  Siempre se abstuvo de lo que llamaba “un lenguaje vulgar”.   Añoré como nunca tener un padre más piola, como los de mis amigos.  El destino no lo quiso. Fui el único hijo del segundo matrimonio de mi madre viuda con otro viudo, un estanciero añoso que conoció en la Sociedad Rural.  Ese fue mi padre, un hombre estructurado, austero por no decir tacaño, juicioso y que, por supuesto, esperaba que yo eligiera una carrera formal: derecho, ingeniería, arquitectura.  Comprendí que si en ese momento nombraba a cualquiera de ellas, no habría vuelta atrás. Él jamás perdonaba que alguien faltara a su palabra. Me estrujé la mente buscando una salida y no sé cómo me animé a decirle:

—Es que, antes, querría viajar unos meses.

—¿Y después?

—Después… dedicarme a escribir.

Tragó saliva, enrojeció y se quedó mirándome largo rato.  El silencio se hizo pesado, irrespirable, cargado de desaprobación. Al fin preguntó:

—Y dedicarte a escribir… ¿qué? 

—Una novela —alcancé a contestar. El temblor de mi ojo izquierdo pasó al derecho.  

Me acordé de que a él le gustaba Ricardo Güiraldes y agregué:

—Pienso escribir una historia relacionada con el campo, algo así como un Don Segundo Sombra actualizado.

Prendió un cigarrillo, largó el humo y dijo que lo del viaje no le parecía mala idea, que me daría un año para reflexionar sobre la conveniencia de dedicarme a las Letras. Al mismo tiempo, yo debería demostrar mis condiciones como escritor.

Me contuve para no saltar de alegría. Creí que el futuro se abría ante mí, que el universo se me brindaba en todo su esplendor.  Pensé en Hemingway y sonreí anticipando locas noches de música, mujeres y tragos en New York, Londres, Paris, Venecia o Roma.  Por desgracia, mi padre aclaró que, por el momento, mi viaje sería al campo. Con una sonrisa irónica, añadió que el resto del mundo me aguardaría para cuando cumpliera veintidós años. Intenté consolarme. Empezaba el verano y si me mandaba a Las Margaritas, no muy lejos de Pinamar y Cariló, podría resultar divertido.  Otra vana ilusión: él decidió que, para concentrarme en mi novela, nada sería mejor que Las Aguadas, en el norte de Santa Fe, bordeando  el límite con el Chaco.

El interrogatorio había finalizado. Me estrechó la mano y se fue a dormir.

Le había mentido en lo de mi vocación literaria. Me gustaba leer, me había ido más o menos bien con las materias relacionadas con las Letras, pero no sentía vocación alguna para la literatura, ni para otra profesión. Quería simplemente que me dejaran tranquilo, que me permitieran vivir a mi manera. “Smart, but lazy”, me había catalogado Miss Geoghegan, la profesora de Inglés. La irlandesa era bastante limitada, pero conmigo no se equivocó, al menos en lo de perezoso.

Yo no conocía Las Aguadas, un campo que la familia no frecuentaba y que me sorprendió encontrar mejor de lo esperado. La casona, de gruesas paredes y techos altos, un poco descuidada, era confortable.  Al casco lo rodeaba un monte espeso con flores y pájaros de colores extraños. En su conjunto, el lugar me pareció pintoresco, pese a que en ese momento de mi vida poco me atraía la contemplación de la flora o de la fauna autóctona.  Tampoco me interesaba el trabajo en el campo, dedicado a la explotación del quebracho. Al fin de la primera semana, de puro aburrimiento, probé de escribir.  El texto me brotó con facilidad. Al releerlo me gustó y, entusiasmado, seguí escribiendo.  Después, claro, surgieron las dudas.  Descubrí que no me limitaba a situarme en el lugar del que relata una historia, sino que caía continuamente en la tentación de hacer comentarios y juicios sobre el argumento en ciernes. No aguantaba sin intervenir en la trama para opinar sobre los protagonistas y sus posibles decisiones. Nunca había leído una novela semejante y me preguntaba si esas interferencias serían aceptables.  También resultaba extraño que me mantuviera clavado en una especie de extenso prólogo y no arrancara, pese a que la novela ya llevaba más de cien carillas. 

Hay que reconocer en mi descargo que Las Aguadas no era un lugar ideal para un escritor inspirado: en los mejores momentos de creatividad se cortaba la corriente eléctrica.  El  grupo electrógeno funcionaba caprichosamente y muchas veces temí que arruinara mi computadora. Por suerte, sobrevivió gracias al regulador de voltaje que Pedro, el capataz, colocó para protegerla.

Mi resignación y buen humor duraron poco. Después de unas semanas empecé añorar mi vida anterior.  Me sentía como un exilado y masticaba resentimiento. Comía solo en el enorme y sombrío comedor. Aunque dormía bien, al despertar me acosaban ideas siniestras que me avergonzaban y llenaban de culpa.  Odiaba a mi padre y repudiaba el carácter sumiso de mi madre, sometida a la voluntad tiránica de ese marido autoritario.  Llegué hasta la herejía de desearle una pronta viudez, algo que, dada la avanzada edad de su marido, mi padre, podría ocurrir naturalmente, sin necesidad de que yo apresurara el desenlace.

La casa no era demasiado opresiva, pero me abrumaba su silencio, solo interrumpido por las campanadas de un viejo reloj carrillón, al que nunca conseguí poner en hora. Llegué a odiar esa maquinaria intrincada con su juego de pesas y péndulo, que callaba días enteros o producía, a destiempo, unos sonoros tañidos que siempre me sobresaltaban.

Harto de tanta soledad, sin hacerme rogar acepté la invitación de Pedro, el capataz y de Malvina, su mujer, a comer con ellos en la vivienda que les asignó mi padre, a pasos de la casa principal. Estaban solos, les caí bien, sus hijos trabajaban en la ciudad y me adoptaron por completo.

A veces, recibían a vecinos amigos. El que con más frecuencia los visitaba era el propietario de una granja lindante. Viudo desde unos meses atrás, el pobre no conseguía sobreponerse a la pérdida de su mujer, víctima de una enfermedad fulminante. En su lecho de muerte, ella le había hecho jurar que la visitaría diariamente en su tumba. La promesa lo obligaba a trasladarse cientos de kilómetros hasta el cementerio de Reconquista donde se hallaba la bóveda familiar, ya que el municipio, no le había permitido enterrar el cadáver de su mujer en el jardín de la granja. Nosotros tratábamos de animarlo. Lo invitábamos a nuestras partidas de cartas y a las incursiones de pesca al Paraná. A menudo comíamos juntos.

 Una noche, durante la sobremesa, después de largos rodeos, el viudo nos confió que, para comunicarse con su mujer, había consultado a una médium. Se trataba de Madame Renard, la farmacéutica del pueblo que presidía la sociedad Alma Errática, dedicada al espiritismo.  Dispuesto a aprender sus secretos, nuestro amigo tomaba clases con la médium y su grupo. Aún no se había graduado, pero ya sabía cómo colocar las manos sobre una mesa de tres patas, al tiempo que pronunciaba ciertas invocaciones a fin de establecer la conexión con el otro mundo. No era sencillo.  Las fórmulas variaban según el movimiento astral. Él las había anotado en una hoja de papel que mostró tímidamente. Ofrecí hacerle copias con la impresora. No aceptó. En cambio, nos pidió ayuda para conseguir algo imprescindible: una mesa de tres patas.

En lo de Pedro, las mesas eran como todas, de cuatro, pero a Malvina se le ocurrió que, talvez, en la casa principal, entre tantos muebles viejos, encontraríamos una.  Así fue, en el altillo, apareció la mesa. Nadie de mi familia tenía la menor idea de su existencia de modo que, sin más, se la regalé al viudo.

Siempre listo para el brindis, Pedro descorchó otra botella de tinto para celebrar el hallazgo mientras, emocionado y sonriente, el viudo no paraba de agradecer. Me alegró ayudarlo, pero después me preocupó que la mesa no cumpliera sus expectativas. Yo no podía garantizarle que, pese a sus tres patas, sirviera para las ciencias ocultas. Él me tranquilizó: la intuía perfecta. En especial, le había gustado que fuera una pieza antigua por la energía cósmica que, según Madame Renard, se concentraba en los muebles a lo largo de los años.  Acaso incitado por los últimos tragos, le sugerí probarla ahí mismo.

Malvina me miró con aire de reproche. Dijo que ya era muy tarde y que se avecinaba una tormenta.  En cambio, Pedro, divertido, sostuvo que no podíamos perder la ocasión de ver una mesa espiritista en funcionamiento.  Al oír que se le ofrecía la oportunidad de hablar con su mujer, el viudo aceptó de inmediato. Nos explicó que el hallazgo de la mesa había sido providencial, pues tenía urgencia en definir algunos temas sobre los que ella, en las sesiones de Mme. Renard, se había mostrado muy ambigua.

Sin duda, nuestro amigo conocía detalladamente cada paso. De entrada, hizo oscurecer la habitación: sólo dejó una lámpara de pantalla oscura que proyectaba una luz tenebrosa, muy apropiada para las circunstancias. En cuanto nos sentamos en torno a la mesa, el viudo nos rogó que apoyáramos las manos sobre ella y dejáramos errar a nuestra mente. Con los ojos cerrados, intentando divagar, se me escapó un eructo ronco, que sonó como un ladrido de perro viejo. Pedro soltó la risa. Avergonzado, contraje el estómago e intenté controlarme durante un silencio que me pareció interminable. Nunca creí en espiritismos, pero me recorrió un frío estremecimiento cuando, con voz tétrica, ese marido desconsolado dirigió su ruego a la morada de los muertos:

—¡Invoco al espíritu de la que en vida fue Josefa Iturberri!  Mercurio está en conjunción con Júpiter y la luna en cuarto creciente. Te llamo, alma de Josefa, en mi nombre y el de todos los astros del universo.

La mesa no dio señales de vida.

 El viudo aguardó unos instantes y nos pidió que nosotros también la llamáramos. 

—Preséntate, Josefa —alcancé a decir con voz temblorosa cuando llegó mi turno.

Oímos unos truenos. En seguida el aguacero se desplomó con fuerza y el viento sacudió las persianas.  Nervioso, nuestro amigo repitió el llamado crispando las manos sobre la mesa. El capataz, que no paraba de hacer guiños, simuló un ataque de tos para esconder la risa.  Malvina nos dirigía miradas fulminantes.

  La falta de respuesta no desanimó al viudo:

—¡Josefa Iturberri! ¡Preséntate! —clamó con más fuerza— Y por los Santos Difuntos comunícate con nosotros!  ¡Te necesitamos!

Me pregunté si Josefa, atendiendo sus compromisos en el otro mundo, desoía deliberadamente los llamados, o si ese mueble de mi familia se negaba a traducir los mensajes del más allá. De cualquier modo, dejé de sentirme impresionado. Tomé consciencia de lo absurdo de apoyar las manos en una mesa de tres patas, llamando a una señora muerta.  Basta, me dije, terminemos con esto de gritarle al alma de Josefa y resolví anunciar con cortesía que ya era tarde, que la mesa demostraba no ser apta para el espiritismo.

—Sí, suspendamos la sesión— apoyó Malvina.

Un trueno más fuerte nos sacudió, el viejo reloj carrillón hizo sonar las campanadas de las doce, al tiempo que, demudados, vimos que la mesa empezaba a moverse.

—¿Sos vos Josefa? —esperanzado, preguntó nuestro amigo.

 La mesa dio un corcovo. Dejó claro que era Josefa la que respondía. Malvina palideció, Pedro dejó de reírse. 

—Debo hacerte una pregunta, querida esposa. Tratá de recordar tus últimos días en la granja.

La mesa dio un otro corcovo.

—Hacé memoria, es muy importante que recuerdes. Concentrate en la granja. Decime, Josefa, pensalo bien, ¿le diste la vacuna a los chanchos?

La mesa dio un firme brinco de asentimiento.

—Menos mal —dijo el viudo visiblemente aliviado—.  Es que no me animaba a aplicarles la segunda dosis.  Pero no te vayas todavía. Esto es más importante. Después te dejaré descansar en paz. Escuchá con atención.  Quiero pedirte, muy querida esposa, que me liberes del juramento que te hice, lo de ir a verte todos los días al cementerio.

La mesa se sacudió furiosamente y emprendió una serie de saltos violentos. Nos asustamos de verdad. No podíamos dominarla. Me costaba respirar. Con esfuerzo tomé una bocanada de aire. Nuestras manos, extendidas sobre la mesa, temblaban de miedo.

—Tranquilizate, no te ofendas, amor mío. Es por la nafta: ya llevo gastados tres tanques llenos para llegar al cementerio. Acordate, Josefa, en vida nunca aprobaste el despilfarro. ¿Me liberás de la promesa? A la bóveda iré los domingos, es el único día que pasa la kombi.

Al fin, la mesa dio un respingo de aceptación.

La tensión en el aire pareció disolverse.  Satisfecho, el viudo nos miró sonriendo.

—Por mí parte he terminado. ¿No quieren ustedes preguntar algo? —nos propuso.

Acepté en seguida, pensé unos segundos y pregunté a Josefa si podría viajar por el mundo como lo había planeado.

La mesa produjo un suave corcoveo. Fue una delicada afirmación.

—Como ves, querido amigo, tus deseos se cumplirán. Mi Josefa no miente —el viudo me miró con los ojos brillantes y, dirigiéndose a los demás, agregó—.  Bueno, si nadie quiere seguir, procederemos a cerrar la sesión.

 No nos fue fácil: Josefa se negaba a retirarse. Los cuatro apretábamos las manos con fuerza contra la mesa.  Era inútil.  Me dolían los brazos. Pedro se agitaba.  Los cuatro nos mirábamos azorados.

—Concentrémonos, no intentemos luchar contra los poderes ocultos y repitamos juntos —suplicó el viudo—. Josefa Iturberri, no seas terca, vete, regresa al mundo de los muertos y descansa en paz.

Como la mesa no paraba de bambolearse, él se apartó de las fórmulas clásicas para gritarle a su mujer que se fuera de una buena vez. Al fin, nos pidió que encendiéramos las luces. En cuanto retiramos las manos y se iluminó el cuarto, la mesa se detuvo.

—Lo siento, es que mi Josefa siempre fue testaruda —se justificó, mirándonos con una sonrisa culpable.

-Ha sido una experiencia interesante —dije, sólo para cortar el silencio.

Malvina afirmó que a ella más que interesante le parecía escalofriante.  La lluvia había disminuido.  Comenzamos a despedirnos. El viudo otra vez nos agradeció y se dispuso a irse sin mostrar el menor interés en llevarse la mesa. Me alarmó que creyera que yo seguiría propiciando esas sesiones, como si mi casa fuera el oráculo de Delphos.

—Déjeme que le ayude a llevar la mesa hasta su camioneta —le dije diplomáticamente. La respuesta me desconcertó.

—No saben cuánto agradezco a los tres lo que hoy han hecho por mí. Pero, a la mesa, queridos amigos, ya no la necesito. No tengo nada más que preguntar a mi Josefa. Me preocupaba, sobre todo, lo de la nafta. ¡Si vieran lo que pagué en la estación de servicio!  Ahora estoy tranquilo y a ella, dejémosla, que descanse en paz! 

—Estoy de acuerdo —dijo Malvina—. No hay que perturbar a los finados.

—Sí, que los muertos descansen en paz, pero por las dudas que le surja otra pregunta, no se olvide de la mesa —le dije al viudo y, decidido a no quedarme con ese mueble inquieto, antes que reaccionara, se la cargué en la camioneta.

Hasta hoy nuestro escéptico capataz sostiene que su amigo viudo, trastornado por la pena, era quien movía la mesa. No obstante, en lo que respecta a mi pregunta sobre mis andanzas por el mundo, tal como predijo el ánima de Josefa, las cumplí.  Claro que no se trató del viaje juvenil que había soñado.  Estaba cerca de los cincuenta cuando pisé Europa por primera vez. Fue después de recibir la herencia de mi padre que murió a los noventa y nueve. Nunca me perdonó mi holgazanería, mi incapacidad para concluir algo, pero no me desheredó. En cuanto a mi novela, le puse como título “La inconclusa”, porque nunca pasó de su larguísimo comienzo de trescientas páginas, abundante en disquisiciones. No la hice publicar. Preferí no saber si era demasiado mala. La creí muy original y estaba equivocado: ya otros habían escrito una novela inconclusa. Entre ellos, Macedonio Fernández.  Él la llamó La novela que comienza.

 

 

 

 

 

 

   
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