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 Mariana Blousson
05-8-2016 

"UNA FLOR DE PLÁSTICO EN UN FRASCO DE MAYONESA", POR MARIANA BLOUSSON

 

A mí no me gustaba el invierno de Comodoro, a menudo nevaba y al mirar afuera lo único que se veía eran copos de nieve cayendo sobre las casas, las ramas de los árboles y algunos autos estacionados en la calle, silenciando cualquier murmullo o ruido porque todas las ventanas estaban cerradas. El viento ululaba y nos empujaba cuando salíamos, haciendo que la nieve volara y se metiera en todas partes. En cambio, en primavera, las hojas de los árboles se veían más resplandecientes, como si acabaran de bañarse. La ciudad no estaba tan amordazada, se oía música o se podía robar la conversación de algún vecino. Es cierto que se perdía un poco más el anonimato, pero a mí me parecía que eso era mucho mejor y sobre todo, la alegría que traían las tardes más largas, la brisa agradable y los encuentros, fortuitos o no, en las terrazas, hacían que los días transcurrieran con más felicidad. Yo no conocía bien a Ernesto, pero vivía enfrente de mi casa y lo veía entrar y salir todos los días. Sabía todos sus horarios y movimientos porque la ventana de mi cocina estaba justamente enfrente de su casa. En verano, me era más fácil ver parte de sus cabellos oscuros, adivinar los momentos en que leía algún libro o veía televisión, y también cuando estudiaba, porque veía su cuerpo esbelto doblado sobre los libros. Más adelante, supe que mi vecino prefería el invierno porque le daba menos ganas de holgazanear, se apuraba para llegar temprano a su casa y ocuparse de sus estudios en vez de quedarse tomando cerveza en la terraza de un bar. Había decidido terminar su carrera ese año para dejar su trabajo de vendedor en una librería, e irse a Buenos Aires donde un tío lejano le había ofrecido entrar a su estudio de abogacía. No le prestaba más atención que a cualquier otro de los chicos que conocía, era el hecho de tenerlo tan a mano lo que me hacía estar al tanto de lo que hacía. Supe que era solitario porque nunca lo vi llevar a nadie a su casa, ni hombre ni mujer; vivía solo en esa casa pequeña, con la puerta de madera barnizada y las rejas pintadas de verde oscuro. El ambiente que mejor se veía desde mi casa, era el de la cocina, quizá porque no cerraba nunca las persianas, y las cortinas parecían ser de un voile muy fino y translúcido que dejaba que se viera a través de ellas. Yo espiaba cuando él se iba, y de todas las cosas que veía, las cacerolas, el reloj de madera colgado en la pared, los frascos de acero inoxidable donde guardaba el azúcar y la harina, lo que más me llamaba la atención era una flor de plástico celeste en un frasco de mayonesa. Había otros vecinos en mi cuadra. Una familia coreana que tenía un supermercado en pleno barrio del Once. Dejaban a sus dos hijos a cargo de una señora mayor que parecía ser la abuela. Yo los veía cuando a la mañana caminaban agarrados de la mano hacia la parada del colectivo, mientras yo ordenaba mi cocina y me preparaba para salir. Mi trabajo era bastante rutinario pero no tenía que viajar lejos y eso me dejaba más tiempo libre para poder estudiar. Ya estaba en segundo año de la carrera de Repostería y aunque la mayoría de las materias eran prácticas, había otras como Nutrición y Composición de los alimentos que necesitaban lectura y estudio. Los coreanos no eran simpáticos. No se podía ver bien la casa desde la mía pero cada vez que pasaba por su puerta sentía un olor bastante desagradable. El tacho de basura siempre estaba demasiado lleno y no les importaba si parte de él se derramaba en la vereda atrayendo perros hambrientos que probablemente habían sido abandonados en la calle. Del otro lado de mi casa, vivía una señora mayor con su hija soltera. Había enviudado hace muchos años y desde entonces salía poco, casi siempre acompañada por su hija que era fea y solterona. A mí me caía bien la viejita, con su pelo entrecano y sus aros de perlas que colgaban de sus orejas dando la impresión de que las partirían en cualquier momento. Un día vi a Ernesto volver corriendo a su casa con cara de preocupación. Ni siquiera había tenido tiempo de tomar el subte que lo acercaba a su trabajo. Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza, la hornalla de gas mal cerrada, la puerta de la heladera abierta, algo que necesitaba y había dejado atrás. Pero no era nada de eso. El problema era que se había olvidado de dejarle la comida a un gatito que yo no sabía desde qué momento tenía en su casa. Días después, me sorprendí cuando una noche lo vi cruzar la calle con él en brazos y venir a mi casa. Me preguntó si podía dejarlo conmigo los días que llegaba tarde porque tenía clases en la Universidad. No quería que el gato estuviera solo durante tantas horas. En ese momento pude observarlo bien: su pelo negro refulgía con la luz blanca de la lámpara que colgaba del techo de mi cocina, su boca se veía enérgica y eso le daba un aspecto de fortaleza poco usual, tenía brazos largos y entreví debajo de su camisa que su torso estaba bastante trabajado. No dudé en decirle que sí. La idea de entablar algún tipo de relación con él no me disgustaba. Los coreanos eran ruidosos cuando estaban en su casa. Hablaban casi a los gritos. Habían puesto un kiosko en una ventana porque la suba de los alquileres los había obligado a dejar el local del Once. Lo tenían abierto casi todo el día y gran parte de la noche, vendían desde cigarrillos y caramelos hasta agujas e hilo de coser, sin olvidar los artículos de limpieza que era lo que más se llevaban junto con las botellas de cerveza. Al único tacho de basura que tenían hubo que agregarle otro más grande para tirar la mercadería que se echaba a perder. A pesar de eso, gran parte de alimentos no perecederos caían a la calle y a la vereda, ensuciándolo todo sin que a ellos les importara ni intentaran resolverlo. El olor nauseabundo de comida en descomposición empezó a esparcirse por la cuadra y yo esperaba que alguien tomara la decisión de obligarlos a mantener limpios los espacios comunes. Yo imaginaba que sería Ernesto el que se ocuparía, ya que ni yo, ni la viejita ni la solterona podríamos hacerlo. Pero él parecía estar cada vez más apurado, llegaba todavía más tarde y más cansado. No parecía importarle ese olor que cada día se incrementaba. Cuando venía a buscar su gato, yo notaba cómo su cara iba desmejorando. Las ojeras se habían pronunciado, su pelo negro parecía haber perdido la fuerza y el volumen que tenían antes. Sin embargo, el amor por el animal no había disminuido. Era evidente el cariño que le tenía. Una noche una jauría de perros apareció en el barrio atraída por el olor a la comida que caía del basurero de los coreanos. Los vi pelearse y tironear ferozmente de restos semi descompuestos de cosas que me era imposible reconocer. Los ladridos, primero de excitación, luego las peleas cada vez más frecuentes, empezaron a interrumpir el sueño de los vecinos de la cuadra, sin que nadie hiciera nada por ponerles fin. Creo, sinceramente, que todos esperábamos que fuera Ernesto el que enfrentara al coreano. Sin embargo, parecía que a él no molestaba nada de lo que pasaba, jamás me dijo una palabra sobre el tema las veces que venía a buscar su gato. A mí me gustaba tenerlo en casa. Era suave y de pelo claro, con ojos casi tan amarillos como las flores de las tipas, y los bigotes, tan largos que pasaba interminables momentos estirándoselos. Parecía tener cierto apego conmigo y le gustaba subirse al sillón bordó de mi estar y mirar para afuera. Se movía poco, pero cuando lo hacía, era con gran elegancia. Los perros callejeros que asolaban el barrio, lejos de amedrentarse por los golpes que algún vecino de la otra cuadra les había dado, empezaron a venir también de día. Los coreanos se habían limitado a alejar un poco los tachos para evitar que estuvieran cerca de su kiosko y los animales con sus ladridos lograran que las ventas disminuyeran. Los perros eran cada vez más salvajes, destruían todo lo que agarraban con sus bocas, dejando los restos tirados por ahí lo que hizo que proliferaran hormigas y otra clase de insectos desagradables. Una tarde, la puerta de la casa de Ernesto quedó mal cerrada. Estaba lavando unos platos cuando vi a su gato salir sigilosamente y empezar a deambular por el jardín. Lo vi correr y treparse a un árbol. Los perros lo habían olido y se fueron acercando de a poco, como un ejército que no quiere alertar a su enemigo. Cuando bajó, se abalanzaron sobre él y empezaron a correrlo. Llegué tarde para salvarlo, lo encontré sangrando en el jardín, desmembrado a mordiscones y casi muerto. Lo levanté como pude y lo llevé a casa. Murió enseguida. Lo envolví en una toalla blanca mientras las lágrimas me corrían por la cara. No supe qué decirle a Ernesto. Simplemente se lo entregué, así como estaba, envuelto adentro de la caja, con su carita apenas distinguible. Él me miró azorado y vi la tristeza reflejándose en sus ojos oscuros. Sin decirme nada se fue, llevando al pobre gato muerto a su casa. Me sorprendió su mala cara, por su aliento me di cuenta de que estaba borracho y ese olor persistió toda la noche en la oscuridad de mi casa. Las cosas cambiaron a partir de entonces. Empezó a pasar más tiempo en su casa. Terminó el semestre en la facultad y tenía más tiempo libre hasta que empezara su curso de verano. Se lo veía muy decaído y empecé a temer que cayera en una depresión. Nada parecía sorprenderlo, pasaba horas sentado mirando la tele y no salía salvo para ir a trabajar. Ahora que sin el gato, casi no tenía contacto conmigo salvo algún saludo lejano o un movimiento de cabeza cuando nos cruzábamos. Me di cuenta de que se iba al verlo desarmar su biblioteca, guardar fotos y los pocos adornos que tenía en unos cajones de mimbre que seguramente le había traído la mudadora. No volví a verlo. Al día siguiente había desaparecido. Me dolió que no se hubiera despedido, pero era evidente que nunca hubo nada entre nosotros. No pude recordar un solo momento en el que él hubiera demostrado el más mínimo interés por mí. También pensé que lo que yo sabía de él no alcanzaba ni siquiera para conocerlo, y que lo único que habíamos tenido en común había sido el gato. Miré por la ventana. La cocina estaba vacía. Sólo quedaba de él una flor de plástico dentro de un frasco de mayonesa.

   
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