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 Ignacio Llorente
13-9-2016 

"EL TETA", POR IGNACIO LLORENTE

El Teta

 

                                                                     

 

 

 

La almohada tenía un lunar, la cabecita del recién nacido. Leticia descansaba junto a él. Se había casado luego de un largo noviazgo con Atanor. Rubén fue el fruto de ese cariño tranquilo.

El médico le aconsejó que lo amamantara lo más posible. La leche materna es clave para la salud y el desarrollo del chico le dijo como un oráculo. Su precocidad asombró a todos, a los siete meses caminaba y a los ocho hablaba de corrido. Alto y gordo, parecía el tronco de un palo borracho. Es la alimentación, pensaba Leticia orgullosa. Pasado el año, el chico seguía prendido de los pechos de la madre; dos melones maduros.

La dicha de Leticia se vio nublada por la imprevista muerte de Atanor; un infarto la dejó viuda y se replegó en un dolor íntimo, sin estridencias. Obligada a trabajar medio día en un almacén de las afueras del pueblo, mitigó su dolor con una obsesiva dedicación al hijo. Rubén era Atanor y Atanor, Rubén. Lo mataba de cuidados. “No corras Rubén”, “No saltes Rubén”, “No salgas Rubén”.

Al cumplir tres años, todavía le seguía dando el pecho. La larga lactancia del chico suscitó comentarios. Los vecinos comenzaron a murmurar lugares comunes. “Atanor no lo hubiera permitido”, “Esta mujer ha perdido la cabeza”,  El chico va a ser maricón”. Ella porfiada, se resistía. Por pudor y decoro, una costurera amiga le modificó los corpiños, les cosió un capuchón adherido con velcro en las puntas. Se desabrochaba un botón de la camisa, descubría sus pezones en un santiamén y el hijo mamaba de pie. El sobrenombre le cayó como anillo al dedo: el Teta. El pueblo lo reconocía por el apodo y olvidaron su nombre original. Todo el mundo lo quería a pesar de esa deliciosa prepotencia que sólo se perdona a los jóvenes. Malcriado y consentido, vivía en el jardín de la indolencia; su ocupación era no hacer nada. Cuando se le daba por hablar no terminaba nunca, era inútil tratar de pararlo. No le hablaba a nadie sino que hablaba y hablaba. Obtuvo así su certificado de irresponsabilidad: espectador impasible de los dramas ajenos su único entretenimiento era comentar partidos de fútbol. Se imaginaba como relator deportivo. Decidió estudiar periodismo y partió para la ciudad, cansado de la chatura del pueblo. Un lugar inmune al progreso y sus consecuencias donde solo se quedaban los pobres y fracasados. Así pasaron varias semanas.

  Los ojos de Leticia quedaron vacíos y todo su rostro respiraba una profunda tristeza. Detrás de las palabras y gestos, habitaba la melancolía. Un día llegó una carta sin remitente.  Angustiada, recogió sus joyas: los anillos de compromiso, un valioso collar de perlas de su abuela y el prendedor de rubíes de su madre. Se fue a  ver al prestamista; un tipo flaco y oscuro. Los huesos parecían querer salirse de la piel. Tenía la cara de una anguila, lisa y oscura. Oscuro por fuera y por dentro. Con una mirada quirúrgica le pagó la mitad de su valor. Volvió a su casa y colocó con cuidado el dinero en un sobre, lo despachó y esperó ansiosamente. Recibió otra carta y fue al corralón del gitano que vendía toda clase de cachivaches; hacia allí partieron la cama matrimonial, el armario de su cuarto, el juego del comedor y los sillones del living. La casa vacía y repleta de silencio parecía un convento de clausura, ella dormitaba sobre un catre. A día siguiente colocó el dinero en un sobre y fue al correo. No había pasado una semana cuando recibe otra misiva. La abrió sobresaltada.

La noche empezaba a crecer cuando se enfundó en un vestido ajustado, abierto sobre el pecho y los muslos; el mismo que enloquecía a Atanor. Se pintó los labios, miró el cielo tenso y caminó hacia la casa de los farolitos rojos, al lado de la estación de servicio sobre la ruta al sur, el parador de los camioneros. Regresó al amanecer macerada por el cansancio y agotamiento. Ella pensó que en estas cosas cuanto más se piensa es peor; así sobornó su conciencia y sacó el aguijón de la culpa. Fueron siete largas noches. Nunca supo si la generosidad de los clientes o sus habilidades personales, fueron el origen de tanta plata. Planchó los billetes, armó varios fajos, los puso en un sobre marrón y los envió. Luego de unos días comenzó a impacientarse. Agotada por la espera, se quedó dormida.  Despertó cuando la luz recortó el marco de la puerta. Allí estaba la carta. "No mandes más plata. Mañana vuelvo. El Teta”. Leticia sonrió, exagerando su contento.

 

 

   
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