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 Mariana Blousson
24-11-2016 

"LA HUERTA DE ANDY", POR MARIANA BLOUSSON

 

       Arrancó el último yuyo de su huerta antes de que cayera el sol. La observó con placer después del enorme esfuerzo que le había costado hacerla. Los tomates estaban para cosechar, las zanahorias se asomaban entre la tierra y también había melones y frutillas listos para ser comidos.

       Andy vivía en esa casa hacía cinco años por la pasión que le despertaba la naturaleza que influyó mucho en su decisión a pesar de la oposición de los miembros de su familia. 

       Vas a estar muy sola -decían. Demasiado aislada. Sobre todo en tu caso.

       Se hizo de noche rápidamente. El color del cielo cambió, dejando paso al brillo de unas estrellas sobre el tapiz negro que se había formado en una esquina anunciando tormenta. Andy trató de apurar la llegada a su casa. No le era fácil desplazarse por la última parte del camino que llevaba a la huerta. Estaba cubierta de pedregullo y la silla de ruedas se atrancaba en varias lugares impidiendo el avance. ¿Qué apuro tenía, al fin y al cabo, si llegaba, comía, y se acostaba sola?

       Años atrás no había sido así. Tenía un novio que la quería, y ella estaba segura de que con el tiempo llegaría el casamiento. Pero  la vida real no es como en la películas hollyboodedenses que se encuentran y enamoran, se casan y viven felices para siempre.

       Ahora estaba llegando a la puerta de su casa. La esperaban sus perras labradoras. Sus hermanos detestaban la idea de saberla sola allí, en esa casa enorme, de piedra gris y pisos de parquet de roble heredada de sus padres. Pero a Andy ya no le importaba lo que la gente pensara, creía que no entendían, o mejor dicho, no querían entender. Se mofaba de ellos internamente, de las cosas absurdas por las que se preocupaban y las que los frustraban. Esa casa, su jardín y su huerta eran su vida y no permitiría que nadie se las quitara.

 

       No sabía nada de Lucio al principio, pero poco a poco lo fue conociendo más, y aquella tarde en que había ido a la ferretería a comprar una nueva manguera, lo vio. Estaba en primer lugar, pegado al mostrador, y ella pensó que nunca se había fijado en la forma en que se paraba cuando no estaba trabajando. En un primer momento no dijo nada, se limitó a acomodarse en el lugar que le correspondía, y esperar. Pero pasó poco tiempo hasta que la gente empezó a abrir paso para dejarla pasar.

       -No tienen que hacerlo -dijo. El hecho de estar en una silla de ruedas no me hace diferente a ustedes. Al contrario, espero con más comodidad.

       Lucio reconoció su voz enseguida y también su orgullo. Enseguida se dio vuelta y la invitó a acercarse.

        - Andy ¿qué estás buscando?

        - Una manguera. La que tengo se rompió.

        - ¿Cuál? no me di cuenta.

       Porque no es la que se usa en la huerta. Es una que uso para regar las plantas que están cerca de la casa. Los dietes, las salvias, los jazmines. Todos los recovecos que el riego no cubre.

        - ¿Y de qué grosor es? Te la puedo llevar esta tarde.

        -  Dale, dos y medio. Dale. Me viene bárbaro que me la traigas. Mil gracias.

Dio vuelta su silla y se dirigió a la camioneta que usaba para ir a hacer las compras. Decidió que ese día almorzaría en el shopping, ninguno de sus sobrinos la iría a visitar, y le atraía el ruido de la gente y las vidrieras que mostraban la ropa nueva de esa temporada. Era lunes, pero mucha gente había decidido salir a pasear y empujar cochecitos a través de la muchedumbre habitual, un torrente espeso circulando entre las puertas automáticas.

        Lucio entró a trabajar en el jardín dos meses antes. Había cursado unos años de Agronomía, pero no pudo terminarlos porque tenía que trabajar y mantenerse, su madre había muerto poco después de que su padre los había abandonado. Era joven, pero lejos de parecer ingenuo, o alguien que trabaja solo para sobrevivir, siempre daba la impresión de apreciar su trabajo. Hasta en los días helados del invierno o los más cálidos en verano, y parecía que no quería que nada que valiera la pena se le escapara de las manos. Era alegre y conversador, y Andy disfrutaba de su compañía.

       A veces almorzaban juntos debajo de la pérgola de glicinas, intercambiando alguna que otra confidencia. Ella le contaba de su infancia en el campo de Balcarce, donde las sierras se insinuaban seguras en la distancia. Miles de plantas de lavanda rodeaban la casa que se alzaba sobre unas enormes rocas, ofreciendo increíbles vistas al atardecer.

       Él le contó de su pasión por el cine. Cuando era niño, su abuelo lo llevaba todos los domingos a la única sala que había en el pueblo del interior donde vivía. Soñaba con esos días mágicos mientras se dormía sobre su escritorio en el colegio, rogando para que terminara la semana. Su padre le traía de vez en cuando, revistas con fotos de sus actores preferidos que él disfrutaba enormemente.

       Junto con Andy revivieron viejos éxitos como Melody, la película británica de los 70`s acerca de los primeros amores, y tararearon la canción que los Bee Gees hicieron tan famosa. También vieron Love Story con Ryan O´Neal y Ali Mc Graw ¡Cuántas lágrimas habían derramado frente a esa tragedia! ‘’El Gattopardo’’ con Claudia Cardinale y Delon. ¡Doctor Zhivago! La lista era interminable y así después de terminar su trabajo en la huerta, Lucio se sacaba los zapatos, se cambiaba de ropa y se sentaba con Andy frente a la pantalla.  Ella notó que parecía transfigurarse cuando veía las películas que amaba, algunas las conocía, y otras no tanto. Lo miraba fijamente, sorprendida, mientras él movía su cuerpo como en trance, como si dejara de ser quien era para transformarse en el héroe de alguna de ellas.

       Cuando se acercó el invierno y los días se volvieron más cortos, Andy lo invitó a tomar el té. La chimenea ardía en el living cubierto de madera de fresno, y ella insistía en hacerle preguntas sobre su familia. Le sorprendió que ni una vez nombrara a su madre. Lo que más le interesaba era saber qué significaba ser hijo único, ella que tenía tantos hermanos. A él, en cambio, le gustaba que  le contara sobre su niñez en Balcarce y sus juegos infantiles con sus hermanas.

 

 

       Andy siempre se quedaba horas afuera con la tijera de podar recortando ramas, y sacando los yuyos que crecían entre las plantas, moviéndose entre ellas con pericia, pero la ausencia de Lucio hizo que la descuidada enredadera entrara por las ventanas de la casa, y extendiera su abrazo trepando hasta las tejas que levantaba con sus pequeñas garras. Las ramas bajas de los pinos sin cortar se habían acercado, oscureciendo los cuartos de la planta baja. Y cuando el sol bajaba, sus sombras extrañas entraban al salón de estar. Por las noches, encendía el fuego y se sentaba al lado de la chimenea. A veces pensaba qué terrible era estar sola a los cuarenta. Había estado sola demasiado tiempo. Se puso la mano en el rostro y recordó. Recordó el alivio de un aliento cálido en la frente.

       Fue una conjetura al azar, pensó. Pero era evidente que esa suposición había herido a Lucio. Él sabía que su madre había engañado a su padre. Cuando uno la ve volver con el cabello despeinado, la camisa mal abrochada y en los ojos destellos de conspiración, no hay que ser un genio para darse cuenta de lo que está pasando. Lucio le contó que rezaba para que su padre los dejara, y así poder quedarse solo con ella y sacarla de su equivocación. También contó que solía ponerse de rodillas y rezar el rosario pidiendo a la Virgen que su madre abandonara a su amante. Tanto la quiso que el día que se murió estuvo a punto de tirarse al río, dijo.

 

     -Incesto, Lucio. Esa clase de amor se llama incesto.

Él se dio vuelta para clavarle unos ojos centelleantes mientras el resto de su cuerpo parecía muerto. No dijo nada. Solo se levantó, caminó hasta la puerta y se fue.

Tiempo después, Andy comenzó  a pensar que ella había sido la causa principal del alejamiento de Lucio. Que su modo de actuar, de una estupidez demoledora, no había dejado ningún resquicio para que volviera. Se habían hecho buenos amigos, cierto, pero debió tener en cuenta que era una amistad frágil, reciente, y podía venirse abajo en cualquier momento a causa de cualquier desacuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   
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