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 Teresa Domínguez
31-3-2017 

"DE TRISTEZAS Y ALEGRÍAS", POR TERESA DOMÍNGUEZ

Nunca fui de ir por la vida derrochando alegría. No sé por qué ni cuándo lo supe. Pero me gustaba más escuchar que hablar. Alguno de mis amigos me definiría como tímido e introvertido. Quizá porque me extasiaba ante una bella obra de arte o quedar suspendido en silencio frente a algún fenómeno de la naturaleza. O porque prefería vivir las experiencias intensamente más que contarlas. Otros pensaban que había nacido en un siglo equivocado por mi romanticismo y falta de practicidad. Sin embargo, yo me sentía conforme con cómo era y traté siempre de adaptarme al grupo de amigos. Y aunque cada uno siguió su camino, nos veíamos con frecuencia. Algunos ya casados y con hijos. Yo tuve varias amigas en la facultad, una que otra aventura, pero no descubrí en ninguna predilección amorosa.

                Hasta que apareció Sonya. Esa pequeña diabla me enloqueció totalmente. Más que por su aspecto físico, me atraía su frescura, su espontaneidad e inteligencia. Es evidente que en mí funcionó, según dicen, como los polos opuestos que se atraen. Activa y desenfadada, revoloteaba entre mis amigos despertando suspicaces comentarios. Los solteros_ especialmente_ se le insinuaron atrevidos. Ella los miraba y trataba a todos con soltura sin distinguir su estado civil, ganándose los celos de las casadas. Aun así, su risa coqueta e inconfundible los alentaba. Creí entrever una mirada sensual que apetecía a más de uno. Solo puedo decir que despertó en mí todos los sentidos. Y decidí conquistarla a costa de todo_ incluso pelearme con cualquiera_ y comencé mi plan. No hizo falta mucho esfuerzo_ que por cierto me costaba_ porque fue ella la que inició el juego de la seducción al ver que estaba rendido a sus pies.

                Iniciamos nuestra relación que viví intensamente. La colmaba de mimos y regalos: estaba dispuesto a todo con tal de ganarme su amor. Sonya no sólo los aceptaba encantada, sino que nada parecía alcanzarle. Siempre solía reclamar más. Mi dicha era tan profunda que accedía a todo. Con frecuencia la llevaba de compras, a cenar en los restaurantes de lujo más renombrados, a sesiones de spa y relax. Todo y más también, incluso me pidió una extensión de mi tarjeta de crédito que accedí por supuesto. Me bastaba con gozar de su amor y su presencia en mi vida. No podía creer la extraña simbiosis que experimenté: nada fuera de ella. Tal era mi felicidad que ni mis amigos ni mi familia contaban. Era para mí una fiesta. 

          Con el tiempo, algunos de mis amigos me advirtieron que habían notado detalles preocupantes, que sus mujeres les habían aconsejado tomar distancia. Impulsados por su cariño de amistad hacia mí, me aconsejaban poner una cuota de racionalidad y mesura. Desoí todas las críticas _incluso de mi familia_ y seguí adelante; mi dicha era absoluta porque por primera vez me sentía pleno.

           La primera chispa ardió enmarcada por sus excesivos gastos en ropa, calzado y perfumes. Desinteligencias acerca de la necesidad en redecorar el departamento. Aunque no hacía falta, le di el gusto. Pensé en un capricho momentáneo o porque adujo estar aburrida y necesitada de ocuparse en algo. Pero luego surgieron temas más preocupantes. Se negaba a reunirse con mis amigos o ponerse de mal talante con alguna cuestión familiar. Ya eran muchas alertas. Debía aplicar el freno de mano para no ir a fondo. Le comenté mis inquietudes y me pareció ver una actitud comprensiva. Fuimos a alguna reunión con mi círculo de amigos, que no fueron del todo logradas. Sonya se comportó provocativa y sensual con varios de ellos. No solo despertó mi rechazo, sino que le reproché haber bebido demasiado. Discutimos. Para recomponer la situación tirante, le propuse disfrutar un fin de semana según su elección. Así lo hicimos y volvimos renovados. Esa misma semana_ luego de una noche fogosa_ me mostró un folleto y señalándome un pequeño auto rojo me dijo con voz melosa “quiero que me lo compres”. Con un nudo en la garganta y sin poder modular palabra, comenzaron a caer varias fichas. Farfullé un “vemos”. Esa maldita noche no pude cerrar los ojos: pasaron por mi mente secuencias anteriores. Comencé a culparme: quizá no quise ver enceguecido por mis sentimientos.

            Un día me asusté mucho: no contestaba su celular. Fui a casa antes de terminar mi horario laboral. Sorprendida me miró y adujo haberlo olvidado en casa al salir a caminar. Le pedí que tuviera cuidado, que lo llevara siempre porque me producía angustia. A la semana siguiente volvió a suceder. Callé. Fue inevitable preguntarme: ¿Lo hará para castigarme?. No tuve espacio para la respuesta. Un día regresé tras una jornada de trabajo y de entrada me llamó la atención no ver sus cosas que solía dejar en el comedor. Fui a la cocina, sucia y desprolija pero sin asomo de ella. El baño en las mismas condiciones. Ya con absoluta incredulidad me dirigí al dormitorio. Entré al vestidor y me vi desencajado   en el espejo. Cómo no estarlo si sus cajones estaban vacíos. Sus perchas desnudas, olvidadas en el piso. Sus estantes sin perfumes ni cosméticos. Nada. Y lo peor mis camisas, las corbatas, el calzado, todo lo mío despatarrado, pisoteado. No pude salir de mi asombro. Me senté en la banqueta desolado aun con el abrigo puesto, sosteniendo la valija con la computadora y la mirada perdida en el vacío.

             Otra vez solo…en el desierto.                                                 

   
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